Columna: ANECDOTARIO DE MI PUEBLO
Por Octavio Rojas García*
Este muy peculiar festejo se desarrollaba durante ocho o nueve horas, desde que los atlacomulquenses se trasladaban al predio-solar denominado “La Ascensión”, donde se conmemoraba precisamente la Ascensión de Nuestro Señor al Cielo. Se asistía a la santa misa que se celebrada a las 11:00 horas, y una vez terminado el oficio se recorría el lugar de seguramente unos cuatro mil metros cuadrados, en donde se iniciaba el degustar de las tradicionales “timushás” (tortillas) hechas con maíz, los tamalitos, el atolito y enchiladas verdes o rojas; en fin, había manjares para todos los gustos.
Inmediatamente después se iniciaba el peculiar juego de “Pares o Nones”, o “El Garambullo”. Para esto se utilizaban unos frijolitos rojos llamados “colorines”. Era un juego a la mejor hasta inocente, pero también muy divertido y que además algunos inquietos, me cuento, aprovechaban para acercarse a una muchachita de su gusto y decirle:

---¿Pares o nones?
Después, al aceptar el reto, se abría el puño que contenía los colorines y se procedía a contarlos para ver si en total formaban pares o eran nones. Esta era la oportunidad que se presentaba para acariciar la mano de la damita, procediendo después a pagar o recibir, según fuera el caso, las famosas semillas rojas. Con esta ingenua y sencilla actividad se podía demostrar la simpatía mutua, y así sucedieron varios casos en que nacieron hasta compromisos matrimoniales.

También se inventaron otros juegos, como lanzar a cierta distancia los colorines procurando que uno de ellos cayera en el hoyito, lo que significaba el triunfo y por tanto el derecho de recoger los colorines que estaban a su alrededor. Así, en esa simple acción se disfrutaba de una maravillosa verbena popular.
Pero adicional al desarrollo de esta tradicional y significativa fiesta, considero importante incluir el siguiente comentario. Como lo menciono antes, el predio en que se llevaba a cabo comprendía un área de tres o cuatro mil metros, mismo que tenía dos entradas: una por la calle de la Ascensión, que era por donde arribaban los asistentes a la fiesta y, obviamente, se entraba a la capilla donde estaba la imagen de Nuestro Señor de la Ascensión, donde se realizaba la romería popular. La otra entrada estaba por la calle Emiliano Zapata, que era la entrada a la casa que habitaba la mamá del señor Feliciano Ocaña, mejor conocido como el maestro “Charete”. Ellos eran quien se encargaban del cuidado y mantenimiento tanto del predio como de la capillita.
La señora, muy gentilmente y con la colaboración de varias de sus amistades, el día de la fiesta preparaban una suculenta comida que consistía, generalmente, en arroz, mole de guajolote y los clásicos frijolitos con su chile navegante, platillos que degustábamos sin costo de nuestra parte. A la muerte de la señora, su hijo el maestro “Charete” continuó con la tradición hasta su trágica muerte.

El siguiente año su empleado y socio, mi compadre y amigo Margarito Mendoza, trató de continuar con la tradición e invitó a un grupo de sus amigos para que participaran en la organización de los festejos. La respuesta fue positiva y así se hizo, pero el día de la celebración se pudo observar un malestar por parte de la familia del maestro “Charete”, lo que nos llevó a desistir y olvidarnos del tradicional evento.
Coincidentemente en el año de 1981, cuando en lo personal me desempeñaba en el cargo de Juez Menor Municipal en el Ayuntamiento presidido por Don Teodoro Mendoza Plata, un determinado día me llamó el señor presidente para solicitarme que lo acompañara para atender al Lic. Mario Colín Sánchez, Secretario de Educación y Cultura, quien tenía programada una visita al Santuario del Señor del Huerto y a la Capilla del Señor de la Ascensión.

Según esto, el objetivo del secretario era el de rescatar y desarrollar proyectos acerca del patrimonio cultural de Atlacomulco. Una vez realizado el recorrido nos enteramos de que ya contaba con la anuencia de la autoridad religiosa correspondiente, a fin de trasladar los retablos del Señor del Huerto hacia su hacienda para llevar a cabo el proyecto de dignificación de tan importante patrimonio cultural de Atlacomulco.
Por otra parte, la verdad es que se pudo observar cierto malestar en los descendientes del maestro “Charete”, y más lamentable fue que este importante y significativo proyecto del Lic. Mario Colín no se llevó a cabo, pues escasos días después, al visitar la ciudad de Cuernavaca, fue asaltado y herido gravemente, al grado de que perdió la vida y dejó inconclusos los trabajos.

Poco tiempo después su viuda, Doña María Asúnsulo, vendió a puerta cerrada la hacienda de Barbabosa, incluidos los retablos del Señor del Huerto, sin que, a la fecha, como ya se ha dicho y según tengo entendido, exista autoridad municipal o estatal que haya intervenido para rescatar este importante y legítimo patrimonio cultural de Atlacomulco.

*Extracto del libro LEYENDAS, ACONTECIMIENTOS, ANÉCDOTAS Y PERSONAJES DE ATLACOMULCO de Octavio Rojas García.

Imágenes ilustrativas Mural «Fiestas y Tradiciones de Atlacomulco» de la pintora Rosario Martínez.

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