Columna: DESDE LA BANQUETA
Por Gabriel Escalante Fat
«Tengo dos problemas para jugar al fútbol.
Uno es la pierna izquierda.
El otro es la pierna derecha.».
Roberto Fontanarrosa.
No soy aficionado al futbol. Pero de un deporte con tanta difusión es imposible mantenerse al margen.
“El juego del hombre”, como lo definió hace seis décadas el cronista Ángel Fernández, se extiende mucho más allá de las canchas. Es un fenómeno social, una actividad que enciende pasiones y un motivo para la unión o el distanciamiento entre personas.
Su alcance abarca todo el globo. No por nada la FIFA tiene más naciones afiliadas (211) que países miembros la ONU (193).
El primer Mundial del que tuve conciencia fue el México ’70, poco antes de cumplir 10 años de edad. Desde meses antes, se vivía en todas partes un ambiente futbolero. En la televisión, en la escuela, en los periódicos, en las calles.

Influenciado por mi hermano Sergio —quien a sus 22 años estaba seducido por el socialismo— inicialmente mi selección favorita era la de la Unión Soviética, aquellos que en el pecho lucían las siglas CCCP en alfabeto cirílico y que el ingenio mexicano tradujo como “Cucurrucucú Paloma” o “Corran, Cuidado con Pelé”.
Por otra parte, mi querida tía Lilia era una rendida fan de Brasil. El año anterior había visitado aquel maravilloso país y había hecho una muy linda amistad con una señora brasileña —Aspasia Andrade— originaria del estado de Minas Gerais, tierra natal del mítico Edson Arantes do Nascimento, el Rey Pelé. Así que ella hacía todo lo posible para que cambiara mis preferencias hacia la Verde-Amarelha, lo que consiguió sin muchos trámites.
Con sólo 16 selecciones participantes, divididas en cuatro grupos, era bastante sencillo memorizarlas, ubicarlas geográficamente en el globo terráqueo que teníamos en casa y —de la mano de mi padre— aprender un poco sobre cada país, desde los territorialmente enormes como la Unión Soviética y Brasil, hasta los diminutos como Israel, El Salvador y Uruguay. Selecciones poderosas como Inglaterra (el anterior campeón), Alemania Federal e Italia. Equipos desconocidos como Marruecos o nuestro diminuto hermano centroamericano, ya mencionado.

La Cruz Roja Mexicana hizo un concurso con un premio de un millón de pesos (unos 12 millones actuales), a quien acertara, en orden descendente, las posiciones de las 16 selecciones participantes. Y aunque en la familia estábamos muy entusiasmados participando con varios boletos, mi hermano hizo el cálculo de posibles combinaciones, que llegaba a casi 21 billones diferentes. Para que mi mente infantil pudiera entender la magnitud de la cifra, Sergio me dijo que para asegurar que alguien acertara al cien por ciento, cada uno de los 48 millones de mexicanos tendría que llenar 458,000 quinielas distintas. Por supuesto que nadie acertó a los 16 resultados y el premio se entregó a quien adivinó 13 posiciones.
Ya había contado aquí que, unas dos semanas antes del inicio del Mundial, durante una excursión escolar a Guanajuato, y gracias al tesón del profesor Joel Jiménez, pudimos asistir al final de un entrenamiento de la selección brasileña, que tenía su concentración en la capital guanajuatense y un grupo de niños pueblerinos de quinto grado pudimos ver a menos de dos metros de distancia (algunos de mis compañeros pudieron incluso tocar algunas manos), a los jugadores de la escuadra que se convertiría en tricampeona mundial.

Vi al menos la mitad de los 32 partidos de aquel mundial. No existía la televisión de paga y todos teníamos acceso a las transmisiones. Desde el partido inaugural México-URSS que terminó en empate a cero, pasando por la eliminación de nuestra selección en Toluca, frente a Italia por 4 a 1, hasta el “partido del siglo” que fue la semifinal entre Alemania Federal contra Italia.
Y, desde luego, los seis partidos de Brasil, en los que la magia de los pies de aquellos hombres, mitad futbolistas, mitad bailarines, movía el pesado balón de cuero Adidas Telstar.
Recomiendo ampliamente ver esta película documental, dirigida por Alberto Isaac, acerca de aquel Mundial. https://tubitv.com/es-mx/movies/563076/f-tbol-m-xico-70 ¡Pura nostalgia!

El Mundial Alemania ’74 me tomó encerrado en mi cuarto, con hepatitis. Así que yo veía partidos hasta el hartazgo. Me tocó aquella goliza de Yugoslavia sobre Zaire, 9 a 0 y disfruté, desde luego, con la impresionante Naranja Mecánica y su “futbol total” bajo el liderazgo de Johan Cruyff.
La Copa del Mundo celebrada en 1978, en Argentina, tuvo un poderoso componente político. La dictadura necesitaba el triunfo de su selección, para levantar el ánimo de su pueblo, quizá la afición más acendrada del mundo en materia futbolística. El evento habría de resultar un efectivo distractor ante las atrocidades que cometía la junta militar gobernante.

Los medios, en particular la omnipresente Televisa, habían hecho un pronóstico optimista respecto a las posibilidades de la selección mexicana, que volvía a un mundial después de 8 años, al ser eliminado en aquel hexagonal de Haití, de triste recuerdo.
A pesar de que nos había tocado un grupo durísimo —nada menos que el campeón y el tercer lugar del mundial anterior— a los aficionados les hicieron creer que la calificación de México podría darse si en el primer partido goleábamos a Túnez, en el segundo buscábamos un empate o una derrota por mínima diferencia frente a Alemania y en el tercero ganábamos a Polonia, de preferencia con dos goles de diferencia.
Cuentas alegres que se derrumbaron a las primeras de cambio, cuando Túnez derrotó a los ratones verdes 3-1 en Rosario, el 2 de junio. Cuatro días después, en Córdoba, Alemania ponía seis clavos más al ataúd mexicano y el 10 de ese mismo mes de junio, Polonia se encargó de arrojar tres pesadas paladas de tierra a las ilusiones tricolores.

El equipo de José Antonio Roca volvió de la tierra del churrasco y el bandoneón con cero triunfos, dos goles a favor y doce en contra. Quien al cabo de los años se convertiría en el mejor futbolista mexicano de la historia —Hugo Sánchez— hizo un papel intrascendente en Argentina.
Aunque no seguí muchos partidos, recuerdo con indignación el juego en el que Argentina derrotó a Perú por 6 goles a cero, a raíz de la visita del general Videla (presidente de la junta militar) y de Henry Kissinger (exsecretario de estado de EU) al vestidor peruano, en minutos previos al partido, en donde Videla les leyó a los jugadores una carta del dictador del Perú, Francisco Morales Bermúdez, en la que apelaba a la hermandad peruano-argentina; una velada amenaza para que se dejaran derrotar por un marcador abultado, que era la única forma que tenía la selección anfitriona de superar a Brasil y acceder a la final, que terminó ganando frente a Países Bajos.
El de España ’82 fue, según mis recuerdos, un gran mundial. La empresa para la que yo trabajaba en ese entonces, en la Ciudad de México, nos daba a los empleados muchas facilidades para ver los partidos, que se jugaban a las 9 de la mañana y a las 12 del medio día.

Por primera vez, se amplió el número de participantes de 16 a 24, divididos en 6 grupos. Yo confiaba en que Brasil ganaría sin problemas la copa que le había sido arrebatada cuatro años antes; los tres primeros partidos así lo auguraban, puesto que los sudamericanos los habían ganado todos, con un total de 10 goles a favor y 2 en contra. Pero la Verde-Amarelha cayó ante Italia —a la sazón el campeón— en la segunda ronda, cuando la Squadra Azzurra despertó de su letargo en la fase de grupos, en la que clasificó con 3 empates.
Sin lugar a dudas, el Mundial que más disfruté, en el que más pendiente de los equipos y sus resultados estuve y en el que tuve oportunidad, por única vez en mi vida de asistir a dos juegos en el estadio Jalisco: Brasil-Polonia, en octavos de final y Brasil-Francia, en cuartos, fue el México ‘86.

Además de la experiencia de ver futbol al máximo nivel en un escenario espléndido, lo más impactante fue el ambiente que hacían en Guadalajara 16,000 brasileños que al seguir a su selección, prácticamente colonizaron la Perla Tapatía.
Una cadena radiofónica brasileña contrató una estación de radio local, que transmitía en portugués 12 horas al día y por la que se emitían la mayoría de los partidos del Mundial.

Un periódico local, el “8 Columnas”, editaba una sección de cuatro páginas, también en portugués, con noticias tanto de Brasil como de México y, desde luego, acerca del campeonato de futbol, asegurando su circulación entre la comunidad visitante.
En una carpa se instaló una réplica del centro nocturno y sala de conciertos “Circo Voador”, de Rio de Janeiro, en donde había música brasileña en vivo, todas las noches.
La mañana que mis amigos y yo salimos del hotel rumbo al estadio, para el Brasil-Polonia, nos llamó la atención que todos los brasileños llevaban rollos de papel sanitario y nos preguntábamos para qué. El misterio se resolvió pronto: desde la tribuna alta del Jalisco —toda cubierta de camisetas amarillas—, al momento del silbatazo inicial, los espectadores dejaban caer el papel como si de gigantescas serpentinas se tratara, creando un espectáculo alucinante de unos pocos segundos de duración.
“¡Cómo no nos vamos a sentir a gusto en Guadalajara —escuché decir a un aficionado brasileño— si hasta los taxis son amarillos y azul!”

La tarde del 21 de junio cayeron dos baldes de agua helada para la afición. En Guadalajara, Brasil cayó ante Francia en penales, después de haber terminado los tiempos regulares y extra con empate a un gol. Unas horas después, en Monterrey, el Tri de Bora perdió ante Alemania Federal, por el mismo sistema de penales, tras haber empatado a ceros en los 120 minutos del partido.
Los mexicanos nos volcamos entonces a apoyar a Argentina, que en esa misma etapa de cuartos de final había derrotado a Inglaterra —la revancha de las Malvinas, decían unos— con los dos goles inolvidables de Maradona: el de “la mano de Dios” y la obra de arte y malabarismo en la que burló a 6 contrincantes ingleses antes de disparar hacia el arco.

El “mundial de Maradona” tuvo su cierre de oro en el Estadio Azteca el domingo 29 de junio.
A partir de ese momento, empecé a perder, poco a poco el interés en esos importantes eventos deportivos y sólo llegaba a ver algunos partidos que auguraban espectáculo, saliendo defraudado algunas ocasiones.
Después de Italia ’90, la FIFA se dedicó mucho más a hacer negocios billonarios, dejando en segundo plano la competencia deportiva y convirtiendo al aficionado en mero consumidor.

En el ’94, el Mundial se jugó en un país sin tradición futbolera. En consecuencia, las tribunas se llenaban mayormente con inmigrantes y visitantes. La final fue una de las más desangeladas que se recuerden, tras el empate a ceros entre Brasil e Italia, eternos rivales que tuvieron que dirimir el triunfo en tiros penales.

Francia ’98 reivindicó la figura del inmigrante africano: un “pie negro” —como llamaban despectivamente a los hijos de argelinos en Francia— fue la figura central de esa Copa, ayudando a derribar prejuicios raciales y xenófobos.

Corea – Japón, en 2002, fue el primer experimento para dividir el campeonato entre dos naciones. Gracias al desarrollo de ambos países, la organización fue impecable. Pero a mis ojos, la magia de esos eventos ya no tenía el brillo de antes.

Cuesta abajo en mi interés por los mundiales, llegó Qatar 2022. A pesar de haberse probado sobradamente que el procedimiento para la designación de la sede estuvo plagado de corrupción, a pesar de que hubo que mover el calendario para que el clima de aquel país árabe fuera soportable para los jugadores, a pesar de que los ocho estadios estaban concentrados en una misma área urbana en lugar de desplegados en la geografía de un país, a pesar de que la selección anfitriona nunca había participado en una Copa del Mundo… A pesar de los pesares, Qatar fue sede mundialista.

Y para colmo, una participación mediocre de la selección mexicana, con un apurado empate sin goles frente a Polonia, una derrota ante Argentina —que acabaría coronándose— y una agónica victoria sobre Arabia Saudita en la fase de grupos, para volver a nuestro país, una vez más, sin quinto partido… ni cuarto siquiera.
Creo que no vi ni un solo juego completo de ese mundial.
A partir del 11 de junio, dará principio el Mundial correspondiente a este año, con partidos a celebrarse en tres países distintos, uno de ellos el nuestro, que albergará 13 encuentros en tres sedes.

Además de los juegos de México (3 garantizados y dos más posibles) y quizás el de Uruguay contra España, el resto de los partidos serán francamente morralla. Usted, como espectador ¿Tendría interés en pagar una pequeña fortuna por asistir a un juego entre República del Congo contra Colombia? Porque los precios por entrar a los estadios es uno de los factores que abofetean al verdadero aficionado al futbol. Mientras que en 1986 un boleto para cuartos de final se conseguía en el equivalente a 50 dólares actuales (900 pesos), hoy los más económicos para fase de grupos superan los 3,000 pesos y de allí escalan hasta cifras astronómicas, si al espectador le interesa contratar una “experiencia” ya sea VIP o de “hospitalidad”.
Súmele usted que en las tres ciudades mundialistas mexicanas hay obras viales inconclusas que dificultarán la movilidad de los espectadores, que la enésima remodelación (parche) del Aeropuerto de la Ciudad de México no estará terminada a tiempo, que los partidos serán transmitidos en su mayoría por plataformas de paga, que al menos una docena de los equipos participantes son totalmente intrascendentes.

A pesar de todo ello, la FIFA cumplirá su objetivo de llenar sus supranacionales arcas, demostrando que Gianni Infantino tiene más poder que Antonio Guterres y que el insoportable Donald Trump hará suyo el éxito de este mundial.
Creo que nunca podremos repetir en México las experiencias inolvidables de 1970 y 1986, cuando las cosas, por ser más simples, eran mucho más valiosas.
FUTBOL Y LITERATURA
Se han escrito obras maravillosas alrededor del tema del futbol. Me vienen dos a la mente.

“Papeles en el viento”, del argentino Eduardo Sacheri, narra la historia del hermano y los mejores amigos del “Mono” quien, a su muerte prematura, ha dejado huérfana a una niña de unos diez años. En su afán de proteger a la pequeña, a la que adoran, descubren que el “Mono” ha invertido todo su patrimonio en la compra de la carta de un jugador de futbol que parecía una promesa, pero que en ese momento se mueve en míseros equipos de tercera división.
Los esfuerzos por recuperar la inversión del amigo muerto resultan en una verdadera prueba de amistad y lealtad, en la que el amor y el humor pueden más que la melancolía. En esta liga, la película basada en la novela:
“Memorias de un wing derecho”, de Roberto Fontanarrosa. Un cuento del humorista argentino que dio pie a la película animada “Metegol”, dirigida por el ganador del Oscar, José Juan Campanella. En esta liga, la lectura del cuento en la voz de Eduardo Sacheri.

Guadalajara, Jalisco, Mayo 27, 2026.
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