Columna: PULSO SOCIAL
Por: Arturo Allende González*

El silencio es paz y confort para el espíritu,

pero también, un importante incentivo para

la claridad mental y la creatividad.

La humanidad en general -salvo algunas comunidades y grupos de población-, vive inmersa en una vorágine, en una era turbulenta caracterizada por un ambiente acentuadamente estridente, marcado por la exageración y la intensidad ruidosa, incentivado por una transformación tecnológica acelerada, pero principalmente, por conductas humanas, especialmente por parte de jóvenes y adolescentes que van en contra de lo que pudiéramos calificar como un equilibrio de convivencia social tradicional.

El contexto escandaloso al que me refiero, que impera hoy por todas partes y que es un fastidio, no sólo para el oído, que ya de suyo es dañino por el alto volumen de decibelios (dB), sino también para el espíritu, tiene que ver con factores que le imponen al contexto cotidiano, un perfil estridente sumamente molesto para la presión sonora y para el sistema nervioso, que como bien se señala “nos encontramos inmersos en un mundo cargado de ruidos y sonidos que no da tiempo ni espera para la principal escucha: la de sí”, la de uno mismo.

Cito a continuación algunos ejemplos con altos decibelios de volumen.
  • Ciertos ritmos musicales como el rock metal pesado, fusiones experimentales, el reggaetón y la música de banda.
  • La publicidad comercial, la mercadotecnia de todo y más.
  • Sirenas de ambulancias y patrullas y claxon de autos.
  • Alarmas y sonidos estridentes asociados a sismos, simulacros, seguridad vecinal, despertadores y celulares.
  • Altos volúmenes en la radio y reproductores de música en las unidades de transporte público.
  • El ruido escandaloso del escape de las motocicletas, medio de transporte que en los últimos años ha proliferado por doquier en nuestro país, como enjambre automotor acentuadamente ruidoso, a consecuencia del exceso en su mecanismo de aceleración por parte de sus conductores.
  • Espectáculos y eventos sociales ambientados y/o amenizados con sonidos estruendosos.
Hace poco leí en una revista especializada de medicina, que estudios neurocientíficos destacan que el silencio no sólo es ausencia de ruido, sino una necesidad biológica que produce cambios estructurales y funcionales en el cerebro.

Entre los beneficios asociados al silencio hallados en dichas investigaciones, se encuentran los siguientes.
  • Neurogénesis (crecimiento de nuevas células cerebrales en el hipocampo).
  • Reducción de los niveles de cortisol (de la hormona del estrés).
  • Mejora en la toma de decisiones y negociación.
  • Claridad mental y reinicio cerebral.
  • Aumento de la creatividad.
  • Desarrollo del lenguaje infantil, el estudio demostró que las conversaciones bidireccioales (que requieren pausas y silencios para escuchar) son más efectivas para el desarrollo cerebral y del lenguaje en niños que la simple exposición al habla.
En una era tan ruidosa como en la que estamos viviendo, valdría la pena difundir por diversos medios, entre ellos, de manera enfática a través del Sistema Educativo Nacional, los beneficios del silencio, con la finalidad de incidir en la disminución de volúmenes que atentan contra el sistema auditivo, endocrino, cardiovascular y nervioso de la gente.

Algunos estudiosos del silencio señalan que:

“La cultura occidental es una cultura parlante en la que siempre se ha resaltado la voz, a la que le cuesta trabajo quedarse en silencio y escuchar, porque estas representan quietud, interiorización y atender primero al otro. El hablar, en cambio, constituye acción, expresión y dinamismo: al menos entre nosotros, los occidentales, tan reacios al silencio, las percepciones se convierten enseguida en juicio dentro de una actitud imperativa”.

“El silencio también puede representar un mecanismo de defensa y protección, porque no hay cómo oponerse y resistirse a él. Como no hay ni órdenes ni mandatos en el silencio, entonces, también puede estar emparentado a una actitud de cuidado, oposición o firmeza”:

“El silencio, siendo una regla ancestral, secular y milenaria, permite, ante todo, la escucha del otro. El silencio de sí mismo es como una pantalla para ver o como un filtro, o la condición primera para escuchar a cualquier persona, acallando las propias palabras y conteniendo el propio impulso de hablar: si no hay silencio para escuchar, no podemos fijarnos en lo que el otro nos dice. Para esto necesitamos todos los recursos a nuestra disposición, tratar de dejar de lado todo tipo de voces, ruidos y de sonidos tanto internos como externos”

“En nuestro contexto hay fobia hacia el silencio, porque nos incomoda y pareciera ser una necesidad rellenar todo con ruido y sonido. Esto se agudiza cuando la cosa, el objeto, la tecnología captura toda la atención en detrimento de la importancia del sujeto. Aunque no se trata de demonizar las formas modernas de comunicación, es necesario reconocer que toda la información que estamos manejando hoy en día, especialmente con las tecnologías digitales, ha provocado una subjetividad ansiosa y dispersa que de por sí, ha resultado ser muy útil a otros aspectos del mundo contemporáneo como la lógica del mercado, que nos quiere no satisfechos con nada, porque siempre queremos más de otra cosa, y aunque no sepamos lo que queramos, lo queremos ya.”

Ante el panorama anteriormente descrito, resulta oportuno emitir una voz de alerta sobre el impacto perjudicial que genera a las personas un ambiente estruendoso y en contraste, promover los beneficios que el silencio proporciona.

*CONTACTO FB: https://web.facebook.com/arturo.allendegonzalez

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