Columna: DESDE LA BANQUETA.
Por: Gabriel Escalante Fat*

La alegría por los hombres
que no abandonan su barca
aunque no abunde la pesca,
aunque la mar esté brava.

La tristeza por aquellos

que al primer trueno se espantan
y que recogen sus redes
por una nube que pasa…”

Alberto Cortez,

Fragmento de su canción

“Quien quiera beber conmigo”.

                Hace unos días me tupieron en Facebook por hacer unos comentarios duros —y un meme sarcástico— a raíz de la renuncia al PRI de uno más de sus distinguidos militantes en los ámbitos regional y estatal.

                El hoy expriista —hijo de uno de mis más queridos y admirados profesores de la prepa— es, como dice la canción: “uno de tantos, uno entre miles” que huyen del partido en el que desarrollaron su carrera política, en el que tejieron relaciones y alianzas y mediante el que consiguieron una posición económica sólida que hoy les permite tener solvencia y un futuro sin sobresaltos.
                Hasta hace pocos años —parafraseando a Salvador Allende— ser atlacomulquense y no ser priista era una contradicción hasta biológica.  Que un coterráneo alcanzara un alto puesto público se consideraba una fortuna colectiva, ya que, fiel a la regla no escrita del mítico Grupo Atlacomulco, ese funcionario acostumbraba colocar paisanos en los cargos de su círculo cercano. Una operación de ganar-ganar: el funcionario depositaba su confianza en personas conocidas de toda la vida; ellos, a su vez, solían corresponder con lealtad y empeño la confianza depositada y, bonus track, se extendía el entramado que conformaba este exclusivo club sin membresía formal ni más credencial que la que se llevaba virtualmente tatuada en la piel.
Enrique Peña Nieto. Presidente de México desde el 1 de diciembre de 2012 hasta el 30 de noviembre de 2018.
                La llegada de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República, fue el premio gordo de la lotería.  Sólo seis años después de que le truncaran arteramente sus sueños a Arturo Montiel Rojas, el joven político atlacomulquense, desarrollado bajo el ala del propio Arturo, alcanzaba lo que la cuna de Fabela había soñado por décadas: colocar en Los Pinos a un hijo de esta tierra.
El Pacto por México fue un acuerdo político nacional firmado el 2 de diciembre de 2012 por el presidente Enrique Peña Nieto y los líderes de los principales partidos políticos (PRI, PAN, PRD).
                Durante los primeros años del peñato, ser atlacomulquense abría más puertas que una American Express dorada. El PRI y el Grupo Atlacomulco habían logrado volver al poder y aquello sería el inicio de una nueva era de esplendor para el Revolucionario, el partido de las instituciones, que había sido parcialmente relegado por doce años. El nuevo grupo gobernante lo conseguía todo: desde noticias relevantes en los más destacados medios internacionales, como valiosas alianzas con sus otrora férreos opositores: el PAN y el PRD.  Tal vez en un exceso de optimismo, un amigo me dijo que el Pacto por México, firmado en el Castillo de Chapultepec en el segundo día del sexenio de Enrique Peña, equivalía a los Pactos de la Moncloa, signados en octubre de 1977 en Madrid y que aseguraron la transición democrática de la España del postfranquismo, transformando radicalmente aquel país que, en pocos años, alcanzó a sus vecinos europeos en desarrollo económico, calidad de vida, libertad y democracia.
La «Casa Blanca» de Enrique Peña Nieto fue un escándalo de corrupción revelado en 2014 sobre una mansión de casi 7 millones de dólares en Lomas de Chapultepec, CDMX
                Dos acontecimientos graves en un lapso de menos de dos meses (septiembre-noviembre de 2014) —la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa y el reportaje que cuestionó la legalidad de la “Casa Blanca” de Angélica Rivera— con un pésimo manejo político y mediático por parte del Gobierno Federal, fueron el punto de inflexión en el que un sexenio promisorio inició su declive mucho antes de lo que el calendario político tradicional marca en México. Antes de cumplir dos años en Los Pinos, el hijo predilecto de Atlacomulco quedó políticamente atado de manos. AMLO, en cambio, un fajador experto a quien muchos consideraban noqueado desde las elecciones de 2012, capitalizó perfectamente el enojo de la gente y renació con una fuerza que quizá ni sus más acérrimos seguidores esperaban.

                Lo que siguió después, todos lo sabemos. El PRI, en un intento de lavar su imagen, postuló a la presidencia a un funcionario capaz e intachable que no era priista y que resultó ser un candidato gris que no permeó en el grueso del electorado. El PAN tuvo que darle la candidatura a un tipo brillante brillante pero cuestionable, que estuvo más ocupado en demostrar la falsedad de los delitos que le imputaban, que en ganar la confianza de los votantes.

                El partido que seis años antes creía que estaba iniciando un largo segundo período dominante en la política mexicana, fue relegado a la tercera posición en la elección presidencial, con el 16% de los votos, y a una presencia legislativa de sólo 14 senadores y 45 diputados federales.
Delfina Gómez Álvarez. Gobernadora del Estado de México.
                Entre 2021 y 2023, el PRI perdió once gubernaturas, recuperó una (Durango) y conservó una (Coahuila, en coalición con el PAN y el PRD). La derrota más importante fue, sin discusión alguna, el Estado de México, otrora “la joya de la corona” y “el laboratorio electoral del país”, con una candidata que parecía que resultaría atractiva entre los votantes pero que, sin el apoyo del ejecutivo estatal, quedó 8 puntos porcentuales por detrás de la actual gobernadora, pese a que quedó demostrada su culpabilidad en delitos electorales y contra la Administración Pública.

                Y entonces, comenzó el éxodo masivo, acentuado con la repetición del triunfo morenista en las elecciones federales del 2024, en las que —tanto legalmente como con triquiñuelas avaladas por el Tribunal Electoral— Morena se quedó con todas las canicas: Ejecutivo, Legislativo —mayoría absoluta (mediante aliados) en Cámaras alta y baja— y, pronto, Judicial, con la elección de los acordeones, desprendida de la Reforma Judicial conseguida a través del dominio legislativo.

                Quienes ahora están dejando al PRI, pretenden apostar a la segura sumándose a Morena. ¿Qué mejor partido que la paraestatal electoral de la 4T, para revivir glorias pasadas? ¡Otra vez con una máquina electoral invencible!

                Los chapulines del bienestar vienen en todas las edades y jerarquías. Desde exgobernadores de prosapia hasta el síndico de mi pueblo, quien antes militó en el PRI, en el PAN y en MC, pasando por exalcaldes, excandidatos a todo tipo de cargos, exsecretarios de Estado… la cuenta es infinita.                

                El PAN tuvo dos profundas crisis: una en 1976, cuando los enfrentamientos internos no permitieron los consensos para nombrar un candidato presidencial. Otra en 1992, cuando distinguidos militantes del partido consideraron que Acción Nacional estaba perdiendo su esencia ideológica y renunciaron a él, formando el Foro Democrático y Doctrinario, que sería absorbido parcialmente por el PRD, su antípoda ideológica.
Vicente Fox Quesada. Se desempeñó como presidente de México desde el 1 de diciembre de 2000 hasta el 30 de noviembre de 2006.
                De esos conflictos y escisiones, el PAN salió fortalecido, sumó a personas que no habían participado nunca en política electoral, pero que ejercían liderazgos importantes, continuó teniendo procesos democráticos al interior, para elección tanto de comités directivos como candidatos y, paso a paso, fue ganando espacios de gobierno: la primera gubernatura reconocida, en 1989; la primera senaduría en 1991 y, en el año 2000, la primera alternancia en la Presidencia de la República, después de 71 años de hegemonía priista.

                Hoy el PAN, ciertamente, está en la lona y ha perdido nuevamente el rumbo. Pero el éxodo de militantes es mínimo en comparación con el tricolor.
Rafael Alejandro Moreno Cárdenas, popularmente conocido como «Alito» Moreno. Funge como dirigente nacional del Partido Revolucionario Institucional desde el 18 de agosto de 2019.
                En el PRI, en cambio, no se atisba reconstrucción o recuperación. Pareciera que la función principal de su actual presidente —que se inventó unas reelecciones mafufas que sólo encontraron tibia resistencia y más renuncias— es la de administrar los rescoldos del que fuera el mayor y más poderoso partido político de Latinoamérica en el siglo XX.  A Alejandro Moreno poco le importa la huída pragmática de quienes hace 10 o 12 años decían dejar la piel por su partido y juraban que había PRI para un nuevo, largo y luminoso período.  Quizá piense el político campechano que, entre menos burros más olotes y que, con suerte, quede PRI para medrar un par de sexenios más, desde un cómodo escaño o una sombría curul.  ¡De vergüenza! 

                Con todos sus defectos, vicios y corruptelas, el PRI fue el principal constructor de las instituciones mexicanas que hoy Morena y sus aliados están haciendo pedazos. Tuvo entre sus filas a mentes notables y a maestros de la política. Simplemente no merece tener un final como el que se avizora.

ACLARACIÓN

                Yo fui priista. Mi padre fue, desde su juventud, militante del PNR y murió, 69 años después, siendo consejero municipal del PRI. En mi casa no se concebía otro partido, aunque mi madre simpatizara con algunos miembros del PAN, particularmente con el escritor y periodista Gerardo Medina Valdés, su amigo de toda la vida.

                El PRI y la decisión de Arturo Montiel Rojas me llevaron a una regiduría en mi municipio, a los 24 años de edad.

                Disciplinarme con los lineamientos del PRI estatal en 1990, me dieron un cargo en el Ayuntamiento de mi pueblo en 1991, al que renuncié tres meses después, cuando vi que la administración municipal estaba plagada de ineficiencia y corrupción.

                Dejé el PRI en 1992, cuando sus dirigentes se negaron a escuchar a la militancia de El Oro, que clamaba por la defenestración del alcalde Eulogio Carpio.

                Dejé a un PRI que ganaba casi todo en México y en mi estado, para irme a un PAN que ofrecía más ilusiones que hechos concretos.

                Dejé a un PRI que me acercó a dos cargos bien pagados, para sumarme a un PAN que nos pedía una cuota mensual, trabajo sin remuneración, nuestros vehículos, combustibles y gastos, más todo lo que estuviéramos dispuestos a dar, por  la promesa de un cambio.

                Dejé a un PRI en el que mi familia y yo teníamos contactos al más alto nivel, por un PAN en donde encontraría, poco a poco, personas de gran valía que reconocerían mi trabajo, más que mis apellidos.

                Dejé a un PRI que, al año siguiente de haber salido, postuló al mejor candidato a la gubernatura estatal que yo hubiese imaginado, cercano también a mí y a mi familia, y permanecí en un PAN que tenía también a un gran candidato, sin la mínima posibilidad de triunfar, pero que me enseñó, con su ejemplo, mucho más de lo que él mismo piensa.

                Me siento orgulloso de haber sido un chapulín, completamente desinteresado. Espero que quienes están dejando ahora al PRI, hablen menos, hagan más y estén en paz con su conciencia.

Guadalajara, Jalisco. Abril 15, 2026.

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