El tiempo libre es limitado porque, al final, está marcado por el reloj. Sin embargo, considerarlo verdaderamente libre depende en gran medida de nosotros mismos. Las prioridades que asignamos a nuestro bienestar y crecimiento personal determinan cómo ese tiempo puede convertirse en una inversión valiosa. Cuando lo dedicamos a actividades que nos benefician, no solo recreamos nuestro cuerpo y mente, sino que también fortalecemos distintas áreas de nuestra vida y nuestro entorno en general.
Para lograrlo, en muchas ocasiones es necesario vencer ciertas limitaciones mentales: creencias que nos dicen que “no podemos”, que “no es para nosotros” o que “ya no es el momento”. Superarlas implica descubrir nuestra capacidad para aprender cosas nuevas y atrevernos a experimentar aquello que, en otras circunstancias, quizá nunca hubiéramos intentado.
Bailar es una de esas actividades que, para algunas personas —por influencia del entorno— resulta natural, mientras que para otras puede parecer sumamente complicada. Hay quienes nunca lo intentan y prefieren limitarse a observar, pero la experiencia no es la misma. No hay nada comparable a lanzarse a la aventura de explorar distintos ritmos y estilos, algunos más afines que otros, tal como ocurre con la ropa: no todo nos queda igual, pero siempre hay algo que nos favorece.
En lo personal, recuerdo a una prima que bailaba usando una cortina a manera de pareja, seguramente imitando a su madre. Ella había aprendido a dirigir como si fuera varón y fue quien me enseñó a mí. Disfruté profundamente esos momentos, que hoy atesoro, porque al final eso es lo que permanece de las personas: los instantes compartidos, lo que nos enseñan y, sobre todo, el ejemplo que nos inspira a disfrutar la vida.
Es común escuchar frases como “tengo un pie de palo”, “no tengo coordinación” o “la motricidad no es lo mío”. Sin embargo, hoy existen múltiples formas de aprender. La web ofrece innumerables tutoriales, aunque nada se compara con la experiencia de un salón de baile: ahí se practica, se convive, se disfruta y se perfecciona cada paso de manera natural.
En lugares como Atlacomulco, hacen falta más espacios dedicados al baile, como los que existen en la Ciudad de México, donde incluso las bandas en vivo van forjando una trayectoria reconocida. Aquí solemos esperar a celebraciones como fiestas de XV años, bodas o graduaciones para mostrar nuestros mejores pasos, y no debería ser así.
Siempre es posible buscar ese grupo de personas, reuniones familiares o encuentros con amigos que nos permitan “tirar la polilla”, como dice el dicho popular. No hay nada más grato que reunirse con quienes comparten nuestra generación y revivir aquellos pasos juveniles.
Pertenezco a una generación icónica: la música de los años ochenta nos marcó profundamente. No existían los antros como hoy los conocemos, sino las “discos”; no había internet ni aplicaciones para crear listas de reproducción. Nuestros amigos DJ mezclaban con discos de acetato o casetes. Aquella música y el baile de los ochenta definieron una época extraordinaria que hoy, gracias a la tecnología, podemos revivir con facilidad: basta un clic para reencontrarnos con esos sonidos o descubrir ritmos de otros países.
Algo verdaderamente fascinante de México es la amplitud y riqueza de sus expresiones musicales para bailar. En el norte, por ejemplo, las polcas y la música norteña funcionan como referentes culturales profundamente arraigados; en la región del Pacífico destacan las grandes bandas, mientras que en el sureste la Guelaguetza reúne a las distintas regiones de Oaxaca y se ha consolidado como un festival de proyección internacional.
El baile también adquiere un carácter sagrado en diversas tradiciones, como en la danza de los Voladores de Papantla, donde los participantes, imitando el vuelo de las aves, realizan un ritual ancestral de fertilidad para agradecer a los cuatro puntos cardinales y pedir lluvia y prosperidad.
A esta diversidad se suman expresiones emblemáticas como el Baile de los Viejitos de Michoacán, el Jarabe Tapatío de Jalisco, “La Iguana” de Guerrero, “El Venado” del norte del país o la Jarana Yucateca. La lista es interminable: el folclore mexicano ofrece un universo vibrante para disfrutar, celebrar y comprender la identidad cultural del país.
Si ya no es posible bailar como antes, basta con cerrar los ojos y disfrutar de los recuerdos. Pero si aún se puede, suba el volumen, practique en casa, relájese y recargue energía. Investigue, haga algunas llamadas para no ir solo o sola y anímese a comenzar esta gran aventura que es bailar.
Le aseguro que será una de las mejores maneras de invertir su tiempo libre.