Por: Dr. en C. Juan Martín Talavera-González*
Imagínese por un momento que cada bocado de comida que consume ha realizado un viaje extraordinario, un recorrido que comenzó mucho antes de que usted lo sostuviera en sus manos. Este viaje no lo hacen solos los alimentos, sino que están acompañados por miles de compañeros invisibles: los microbios. Estas pequeñas formas de vida, presentes en cada etapa de nuestro sistema alimentario, son esenciales para que la comida llegue a nuestra mesa, y su equilibrio determina no solo la calidad de lo que comemos, sino también nuestra salud y la del planeta.
Los microbios son organismos microscópicos que incluyen bacterias, hongos y otros seres vivos que no podemos ver a simple vista. Aunque a menudo los asociamos con enfermedades, la gran mayoría de ellos son beneficiosos e incluso indispensables para la vida tal como la conocemos. En el mundo de la alimentación, estos pequeños seres desempeñan papeles cruciales que van desde ayudar a las plantas a crecer hasta transformar la leche en yogurt o el pan en una hogaza esponjosa.
El viaje de los microbios comienza bajo nuestros pies, en el suelo. Contrario a lo que muchos piensan, la tierra no es simplemente "polvo inerte". Es un ecosistema vibrante, repleto de vida microbiana que trabaja incansablemente para mantener la fertilidad del suelo. Miles de millones de microbios viven en cada puñado de tierra, descomponiendo materia orgánica, reciclando nutrientes y formando alianzas simbióticas con las plantas. Algunos microbios, por ejemplo, ayudan a las legumbres como los frijoles y las lentejas a capturar nitrógeno del aire, un proceso que les proporciona un fertilizante natural sin necesidad de químicos. Otros protegen a las plantas contra sequías o suelos salinos, actuando como sus guardianes invisibles.
Cuando cultivamos alimentos, estos microbios del suelo viajan con las plantas, colonizando sus raíces, tallos e incluso las hojas. Algunos llegan a formar parte de lo que los científicos llaman el "microbioma comestible": la comunidad microbiana natural que encontramos en frutas y verduras frescas. Cuando consumimos estos alimentos sin procesar, especialmente si están cultivados de manera orgánica y manejados con cuidado, estamos ingiriendo estos microbios beneficiosos que pueden contribuir a la salud de nuestro propio sistema digestivo.
El viaje continúa cuando los animales de granja entran en escena. Las vacas, ovejas y otros animales consumen plantas que contienen estos microbios, incorporándolos a sus propios sistemas digestivos. Los microbiomas intestinales de estos animales son esenciales para su salud y productividad, ayudándoles a digerir mejor los alimentos y a crecer fuertes. Los científicos están descubriendo que al mejorar estos microbiomas mediante la adición de microbios beneficiosos a su alimento (como el ensilaje, un forraje fermentado), pueden aumentar la producción de leche, huevos o carne, reducir la necesidad de antibióticos y, sorprendentemente, disminuir la producción de metano, un potente gas de efecto invernadero.
Pero no todos los microbios son amigos. Algunos pueden causar enfermedades en plantas, animales o humanos, dañando cultivos o echando a perder alimentos. Se estima que entre el 25% y el 50% de los alimentos producidos a nivel mundial se desperdician antes de llegar a nuestros platos, y los microbios son una causa importante de este desperdicio. Sin embargo, la solución no es eliminar todos los microbios, sino aprender a manejarlos: fomentar los beneficiosos y controlar los dañinos.
Uno de los procesos más fascinantes donde los microbios brillan es la fermentación. Durante miles de años, los humanos hemos utilizado la acción controlada de bacterias y hongos para crear alimentos como el yogurt, el queso, el pan de masa madre, el kimchi y la salsa de soya. La fermentación no solo preserva los alimentos, sino que también mejora su sabor, textura y valor nutricional. Los alimentos fermentados contienen microbios vivos que pueden beneficiar nuestro microbioma intestinal, contribuyendo a una mejor digestión, un sistema inmunológico más fuerte y, en última instancia, a una mejor salud general.
Lo más fascinante es que todos estos microbiomas están interconectados en una red invisible pero poderosa. Los microbios del suelo viajan a las plantas, las plantas alimentan a los animales que transportan sus propios microbios, y estos animales devuelven nutrientes y microbios al suelo a través de sus desechos. Cuando consumimos alimentos de origen vegetal o animal, incorporamos parte de estos microbiomas a nuestro propio cuerpo. Este ciclo continuo significa que cualquier cambio en un eslabón de la cadena —como la pérdida de diversidad microbiana en el suelo o el uso excesivo de antibióticos en la ganadería— puede tener efectos en cascada que afectan a toda la cadena alimenticia, incluida nuestra salud.
La próxima vez que disfrute de un yogurt cremoso, un queso sabroso o una ensalada fresca, recuerde que no solo está saboreando alimentos, sino también una comunidad compleja de microbios que han viajado desde la tierra hasta su plato. Estos guardianes invisibles son esenciales para la vida en nuestro planeta, y aprender a trabajar con ellos, en lugar de contra ellos, podría ser la clave para un sistema alimentario más saludable, sostenible y resiliente.
La ciencia nos está enseñando que no se trata de eliminar los microbios, sino de equilibrarlos. Al fomentar la diversidad microbiana en nuestros suelos, en nuestros alimentos y en nuestros cuerpos, podemos cultivar cosechas más abundantes, desperdiciar menos alimentos, mejorar nuestra salud y proteger el medio ambiente. Desde la tierra que pisamos hasta el alimento que consumimos, todo está conectado por estos pequeños seres que, aunque invisibles, tienen un impacto gigantesco en nuestras vidas. Reconocer su importancia y aprender a coexistir con ellos no es solo una cuestión científica, sino un paso esencial hacia un futuro donde la alimentación sea sinónimo de salud para las personas y para el planeta.
Figura. Los microbios forman un ciclo continuo en nuestro sistema alimentario: desde el suelo colonizan plantas, pasan a animales que las consumen, regresan al suelo mediante el estiércol y finalmente llegan a nosotros al ingerir alimentos. Los humanos podemos influir en este delicado equilibrio mediante prácticas como el uso de composta, antibióticos o biofertilizantes, lo cual es esencial para la salud del suelo, las plantas, los animales y las personas. Este sistema interconectado demuestra que desde la tierra hasta nuestro plato, los microbios invisibles son fundamentales para la seguridad alimentaria y el bienestar humano.
Referencia: Fernández-Gómez, P., & Cotter, P. D. (2025). From Soil to Stomach: The Journey of Microbes in Food. Frontiers for Young Minds, 13, 1636068. https://doi.org/10.3389/frym.2025.1636068

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