Por: Ana Karen Flores*
La Semana Mundial de la Lactancia Materna, celebrada del 1 al 7 de agosto, es una campaña global impulsada por la Alianza Mundial pro Lactancia Materna, con el respaldo de la OMS y UNICEF. Su objetivo es fomentar, proteger y apoyar la lactancia materna como una práctica que mejora la salud y el bienestar tanto de lactantes como de personas lactantes.
En México, donde los niveles de desigualdad, pobreza y violencia estructural contra las mujeres persisten de forma alarmante, esta semana cobra una relevancia especial. Más allá de los beneficios nutricionales o inmunológicos, hablar de lactancia materna es hablar de derechos, de cuidados, de economía, de brechas de género y de justicia social.
Con una perspectiva de género, este artículo analiza el contexto mexicano, los obstáculos estructurales que enfrentan las mujeres lactantes, la cultura de desvalorización del trabajo de cuidado, y propone acciones urgentes que reconozcan a la lactancia como un acto profundamente político.
La lactancia materna ha sido promovida desde múltiples sectores como la forma óptima de alimentar a un bebé. Sin embargo, pocas veces se analiza quiénes pueden realmente ejercer ese derecho sin perder otros: el derecho al empleo digno, al descanso, a la salud mental, al reconocimiento económico y al tiempo propio.
Frecuentemente se plantea el discurso de que "todas las madres pueden amamantar" o que "amamantar es una elección personal". Estas afirmaciones, sin un análisis de contexto, invisibilizan las barreras estructurales que impiden que muchas mujeres puedan ejercer este derecho, al tiempo que perpetúan la idea de una maternidad sacrificada.
Amamantar no siempre es posible, ni deseado, ni seguro. En comunidades sin acceso a agua potable, en zonas con alta desnutrición, en condiciones de violencia obstétrica o doméstica, o bajo estrés tóxico por pobreza, la lactancia se convierte en una obligación sin apoyo.
Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2021, sólo el 28.6% de las niñas y niños menores de seis meses reciben lactancia materna exclusiva. Esta cifra, aunque superior a la de 2012 (14.5%), aún está muy por debajo de la meta de la OMS del 50% para 2025.
La lactancia prolongada (más allá de los seis meses) también cae rápidamente tras el primer año de vida del niño o niña, debido a la incorporación de las mujeres al trabajo formal o informal sin condiciones para amamantar.
Las tasas de lactancia varían según el nivel educativo, el ingreso económico, la región geográfica y el acceso a servicios de salud. En estados como Chiapas, Guerrero o Oaxaca, donde la pobreza estructural y el racismo institucionalizado golpean con más fuerza, la lactancia suele mantenerse por necesidad económica, pero sin acompañamiento institucional ni protección legal.
Mientras tanto, en sectores urbanos y de clase media, muchas mujeres enfrentan presiones opuestas: "amamantar en público es mal visto", "la lactancia interrumpe la carrera profesional", o "el cuerpo posparto debe recuperarse rápido".
Hablar de lactancia materna desde una perspectiva de género implica cuestionar las normas patriarcales que asignan a las mujeres la responsabilidad exclusiva del cuidado, naturalizando el sacrificio materno como un ideal femenino.
En México, las mujeres destinan en promedio más del doble de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. La lactancia es uno de los pilares de ese trabajo invisible: es tiempo, energía, desgaste físico y emocional. No es gratuita, aunque no se pague.
Esta situación se agrava con la precariedad laboral. Más del 56% de las mujeres mexicanas trabajan en la informalidad, sin acceso a licencias de maternidad, espacios de lactancia u horarios flexibles.
La violencia obstétrica sigue siendo una barrera crítica. Muchas mujeres son separadas de sus hijos al nacer, se les administra fórmula sin consentimiento, o se les culpa si no pueden amamantar. Este tipo de violencia institucional impide que se inicie o mantenga la lactancia de forma saludable.
Además, los sistemas de salud están profundamente medicalizados y desigualmente distribuidos. En algunas zonas rurales, las mujeres paren sin atención médica; en otras, son objeto de intervenciones innecesarias que afectan su capacidad de amamantar.
En México existen leyes y normas que supuestamente protegen el derecho a la lactancia: licencias de maternidad de 12 semanas, espacios de lactancia en lugares de trabajo, la Ley General de Salud que promueve la alimentación infantil adecuada.
También se ha prohibido la publicidad de sucedáneos de leche materna en instituciones de salud pública, conforme al Código Internacional de Comercialización de Sucedáneos de la Leche Materna.
Pero en la práctica, estas medidas son insuficientes. El cumplimiento es desigual, la vigilancia es débil y el enfoque sigue siendo asistencialista. Por ejemplo:
  • Las licencias de maternidad no se ajustan a los seis meses de lactancia exclusiva recomendados.
  • Las mujeres que trabajan por cuenta propia o en empleos informales no reciben ningún tipo de apoyo.
  • No hay sanciones efectivas contra las empresas que obstaculizan la lactancia.
Amamantar es resistir a un sistema que desvaloriza la vida, el cuidado, los cuerpos femeninos. Elegir lactar (o no hacerlo) debería ser una decisión libre, informada y acompañada. Para muchas mujeres, lograr mantener la lactancia es un acto político de afirmación, de poder, de transformación.
En diversas partes del país, las mujeres organizadas han levantado movimientos por el derecho a lactar dignamente:
  • Colectivos de doulas y parteras que acompañan la lactancia en comunidades indígenas.
  • Grupos de apoyo entre madres, como La Liga de la Leche México.
  • Campañas por salas de lactancia en universidades y espacios públicos.
La lactancia no es un asunto de mujeres solamente. Es una cuestión pública, política, colectiva. Implica revisar cómo cuidamos, a quién cuidamos, quién paga los costos del cuidado y cómo podemos construir un sistema más justo.
En México, hablar de lactancia materna no puede desligarse de las brechas de género, del racismo estructural, de la violencia obstétrica y de la economía del cuidado. Por ello, la Semana Mundial de la Lactancia Materna debe ser más que una campaña: debe ser un llamado a la acción multisectorial y feminista.
Porque sostener la vida —desde el primer alimento— no debería ser una carga individual, sino una responsabilidad compartida.
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