Por: Ximena Monroy*

Esta historia nuestra que transcurre en un planeta pequeño, azul, nuboso, solitario y algunas veces muy triste, está plagada de ciertos tipos de humanos, humanos de naturaleza impredecible cuyo temperamento se asemeja más al de un huracán que han sorteado innumerables veces: tempestuoso, incontrolable, infaliblemente desordenado.
Hay humanos que dan la impresión de haber nacido para asomar las narices al peligro, para renunciar a las comodidades asentadas en una existencia monótona y siempre libre de todo mal, del riesgo innecesario que plantean los cambios de rumbo.  A esta clase de humanos se les presentan a menudo las encrucijadas minuciosamente retorcidas de la ansiedad por cambiar el curso natural de los acontecimientos.
En esta ocasión el protagonista de la historia será un hombre perteneciente a esta categoría, de los nacidos para surcar los mares, que van por ahí descubriendo estrechos, inventando nombres para los océanos vírgenes y circunnavegando el globo.
El día que Fernando de Magallanes visitó al rey Manuel l de Portugal, el sol brillaba limpiamente sobre una reconfortante tela color azul profundo que contradecía por completo la desazón que anidaba como un águila en su corazón. Estaba ahí, en aquel intimidante palacio para solicitar la valiosa aprobación del monarca y a ser posible, su apoyo para embarcarse en una empresa nunca antes realizada por marinero alguno: arribar a las llamadas Islas de las especias o Islas Molucas (localizadas en la actual Indonesia) por la ruta oeste, es decir, por el extremo sur del recién descubierto continente americano; descubrimiento que había fascinado escasos años atrás a Magallanes quien admiraba el brillante y valiente trabajo de Cristóbal Colon.
Había dedicado largas horas al estudio de los mapas y globos olvidándose incluso de sí mismo, dejando de lado sus necesidades básicas y anhelando grabar a fuego su nombre en la historia. Aun recordaba –y cuando lo hacía, su corazón retumbaba en su pecho como un imperturbable tambor–el día en que había llegado a la conclusión de que acortar el viaje a las Molucas era, de hecho, posible si lograba encontrar un pequeño estrecho que atravesaba la punta sur de América.
Su hipótesis era el resultado de innumerables horas de trabajo sin descanso, por eso cuando finalmente le concedieron una breve audiencia con el rey –al cabo de una despiadada espera bajo los inmisericordes rayos del sol –se sintió íntimamente dolido al escuchar que dicha hazaña no le interesaba en lo absoluto, no estaba dispuesto a apoyarlo en modo alguno.
Meditaba de manera incansable acerca de la caprichosa naturaleza de los monarcas. De no ser Manuel l de Portugal, su rey, el rey de su amada nación, iría en busca del rey del país enemigo: España. España camisa blanca, una nación siempre tan hambrienta que podría devorarlo todo a su paso.
Carlos l de España y V del Sacro Imperio Romano aunque joven, estaba bien versado en las oscuras artes del poder y gobernaba implacablemente la mitad del mundo desde un palacio hermoso, ya inmortalizado en los cantares de esas tierras. Cuando oyó la flamante idea de Fernando de Magallanes, comenzó a tratarlo con una misteriosa amabilidad que hasta entonces le había negado por ser portugués, y por supuesto aceptó ayudarlo de buen grado.
Magallanes se alegró en el alma por haber visto materializado el primer paso hacia su sueño.
El 20 de septiembre de 1519 sin embargo, los nervios no hacían más que torturarlo y el aroma del intenso miedo que sentía opacaba con creces el armonioso perfume que despedía el mar esa mañana. El mar… nunca estuvo tan lindo y sereno con su vestido fabricado de blanca espuma, a la medida.
Una imponente flota compuesta por cinco naves y doscientos cincuenta hombres partió entonces del puerto de Sanlúcar de Barrameda, al sur de España, con la mirada puesta en el Atlántico. Al mando del buque insignia, la nao Trinidad, estaba él mismo, el impetuoso capitán portugués Fernando de Magallanes. En su interior se abría paso la borrasca de la duda, la inseguridad y el arrepentimiento, las ganas repentinas de cancelar todo y volverse a casa con su esposa para ver nacer al bebé que esperaba.
Demasiado tarde. Se encaminaba ya inexorablemente al cumplimiento del destino para el cual había sido señalado: convertirse en un titán de los mares. La grandeza siempre exige un alto precio que pagar: sacrificios.
Arrullados por el vaivén del mar, los marineros llegaron a la actual Bahía de Rio de Janeiro en diciembre de 1519. A partir de entonces, las pesadillas no hicieron otra cosa que sucederse.
Después de meses de desgastante búsqueda por la costa este de América del Sur, el estrecho que Magallanes había pronosticado descubrir no aparecía por ninguna parte.
El invierno llegó, peligroso y envuelto en un abrigo de piel de hielo. La tripulación tuvo que soportar su asfixiante yugo, durmiendo en la cubierta en condiciones de congelamiento, viendo al hambre crecer y a las raciones volverse demencialmente pequeñas. Uno de los barcos desertó y la idea de motín se instaló –con sus negras ojeras –en el ánimo de los marineros.
Cuando aquello empezaba a parecer el verdadero infierno en la Tierra, el estrecho apareció. Parecía sonreír, burlón.
Los tripulantes se sumieron en el caos de la alegría y al unísono corearon un solo nombre: Fernando. El portugués al que nadie creía.
¿Cómo se llamaría pues este nuevo paso? Todos estuvieron de acuerdo en que Estrecho de Magallanes era inmejorable.  
El 28 de noviembre de 1520 entraron en un inmenso océano al que se volvió de pronto indispensable bautizar. El honor de hacerlo le correspondió de nuevo al comandante de la expedición. Magallanes se sentía pleno. Por primera vez en mucho tiempo podía respirar profundamente la verdadera esencia de la paz. Mare Pacificum, dijo. Océano Pacífico
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