Por Gabriel Escalante Fat*
“No es tuya la derrota, Daniel,
no cabe en tu equipaje…”
Alberto Cortez
Desde que, hace pocos años, me propuse leer mil libros más en lo que me resta de vida (es decir, unos 50 por año), tengo muy claro cuál ha sido el mejor que ha pasado por mis manos cada año.
En 2022 fue quizás “El último en morir”, de Xavier Velasco; en 2023, “Un caballero en Moscú”, de Amor Towles; y en 2024, “El caballo dorado”, de Sergio Ramírez.

Llevo diez libros en este año que apenas inicia su segundo trimestre (el undécimo, un mamotreto de 800 páginas avanza poco a poco). Y me parece difícil que pueda encontrar, de aquí a diciembre, una novela tan perfecta y cautivante como “Demasiado lejos”, de Eduardo Sacheri, que acaba de aparecer el pasado sábado 1 de marzo. Comencé a leerla durante el recorrido en autobús que hice la tarde del lunes 3, entre Querétaro y Guadalajara, y la terminé a medio día del miércoles 5, porque simplemente no podía soltarla.
Sacheri, el autor más leído en Argentina, su país, y uno de los escritores en español más cautivantes de la actualidad, nos hizo esperar casi 4 años para entregarnos un texto magistral como el que encierran las poco menos de 400 páginas de “Demasiado lejos”, después de la publicación de la sensacional road novel “El funcionamiento general del mundo”, en junio de 2021.

Y no es que el autor se hubiese cruzado de brazos, todo lo contrario. En 2022 publicó “Los días de la revolución” un libro de historia sobre los años de transición entre el virreinato y la independencia de Argentina. Al año siguiente, sacó “Nosotros dos en la tormenta”, novela situada en 1975, año convulso de guerrillas y movimientos subversivos, que desencadenaron el golpe de Estado militar de 1976 que derrocó a Isabel Martínez de Perón, y que en lo personal me resultó un poco ajena. En 2023 vio la luz la segunda parte de su libro de historia, bajo el título “Los días de la violencia”, que narra las primeras tres décadas de una Argentina independiente que comienza a forjar su identidad.
En esta nueva novela, el autor toma uno de los pocos temas que —a su propio decir— unifican casi unánimemente a los argentinos: las Islas Malvinas, un pequeño archipiélago del Atlántico sur de 12,000 kilómetros cuadrados, situado a 650 kilómetros de la remota ciudad de Río Gallegos, en la Patagonia argentina, y que es posesión británica no autónoma desde 1843, bajo la figura de territorio de ultramar (Falkland Islands, les llaman ellos), y que está poblado por unos 5,000 habitantes, en su mayoría descendiente de inmigrantes escoceses y galeses que se dedican a la pesca, la agricultura, la cría de ovejas y el turismo, principalmente.

Al ser, originalmente, parte del Virreinato del Río de la Plata, dependiente de la Corona Española, pasó a ser parte de la República Argentina cuando ésta obtuvo su independencia, por lo que esta nación nunca ha reconocido la posesión británica, lograda —hay que decirlo— de una manera bastante abusiva. Por ello, el concepto “Malvinas argentinas”, es algo que los argentinos aprenden desde la escuela primaria y su territorio aparece en todos los mapas oficiales de aquel país sudamericano.
Demos ahora un salto hasta 1982, cuando movimientos sociales hacían tambalear a la dictadura militar que había derrocado al gobierno democrático seis años antes. El general Leopoldo Fortunato Galtieri, jefe de la Junta Militar, no podía estar tranquilo con las frecuentes manifestaciones ciudadanas que el gobierno tenía que reprimir antes de que los disturbios se generalizaran en todo el país.
Mientras tanto, con absoluto sigilo, se planeaba una acción bélica que —pensaban los militares— cohesionaría a toda la población en torno a sus dirigentes.

Y así fue que, en las primeras horas del 2 de abril de 1982, comenzó el desembarco argentino en Port Stanley (Puerto Argentino). A las 8:30 de la mañana, con 800 soldados en tierra y 2,000 más en camino, el gobernador de las islas, que sólo tenía para la defensa del territorio a un pequeño destacamento de la Marina Real Británica, aceptó rendirse. La noticia se conoció en Gran Bretaña —a 13,000 kilómetros de distancia— unas horas más tarde. Y mientras en la nación europea reinaba la confusión, en Buenos Aires se anunciaba en cadena nacional la recuperación de las Malvinas.

La guerra fue muy breve. La flota británica, compuesta por 127 embarcaciones (militares y civiles requisadas) empezó a arribar a las islas el 27 de abril y, 72 días después, el 14 de junio, con la toma de Port Stanley, Argentina se vio obligada a rendirse.
A pesar de su brevedad, el conflicto fue brutal. Más de 900 personas resultaron muertas (255 británicos, 649 argentinos y 3 habitantes isleños). El resultado fue totalmente contrario a los objetivos de la clase dirigente argentina, Galtieri fue depuesto cuatro días después de la rendición, dando paso a una etapa de transición que culminó en el restablecimiento de la democracia, con las elecciones del 30 de octubre de 1983 y la toma de posesión del presidente Raúl Alfonsín el 10 de diciembre de ese mismo año.

Paradójicamente, el impopular gobierno Conservador de Margareth Tatcher, quien al momento del conflicto tenía tres años como primera ministra de la Gran Bretaña y se tambaleaba en el cargo, ganó aceptación entre el electorado y triunfó holgadamente en las elecciones de 1983 y de 1987, dándole a la llamada “Dama de Hierro” un mandato de once años y medio, siendo la persona que ha detentado ese cargo por más tiempo en los últimos 125 años.

“Demasiado lejos” es una novela que, a pesar de que sucede paralelamente a la guerra, nunca “va” a las islas, no habla de batallas, ni de bajas humanas, ni de estrategias militares, ni de aviones Harrier, ni de destructores o submarinos.
“Demasiado lejos” trata de las personas que se quedaron en tierra firme, y que sin haber estado en la línea de fuego, gozaron y sufrieron con la absurda decisión de la guerra, con la tendenciosa información oficial y con la ominosa e inesperada derrota.
Ascassubi y Juárez, camarero y cocinero de la Casa Rosada, sede del gobierno argentino y testigos incidentales de decisiones trascendentes.
Solano, Weissman, Cullen y Alessandri, asiduos comensales del bar Asturias, propiedad del inmigrante Alonso, quienes discuten diariamente acerca de la guerra.
Alcira, tercera secretaria de la Cancillería, encargada de tomar nota y transcribir eternas juntas en las que se intenta resolver el conflicto a nivel diplomático, mientras las acciones militares se desarrollan.
Marisa y Carlos, los padres; Sandra y Andrea, las hermanas de Carlitos, recién liberado de su servicio militar y quien es convocado a alistarse en las tropas que irán a la guerra, al igual que sus amigos Conejo y Antonio, este último un chico sin familia, novio secreto de Magalí, hermana de Conejo e hija del propietario de un taller mecánico en donde trabajan los dos muchachos.
Molinero, un capitán de navío convertido en burócrata de medio pelo, sin siquiera una oficina propia, cuya imprudente astucia lo lleva a acercarse al primer círculo del poder y, con ello, a reavivar una monótona relación con Adelina, su esposa.
Alfredo, mayor del ejército, tío de Carlitos, a quien su hermana, madre del muchacho, ruega para que salve a su sobrino de ir a las islas.
Doña Mercedes, vecina de Azucena (madre de Magalí y Conejo), y la única persona en la cuadra que dispone de un teléfono en su casa.
Con estos veintitantos personajes, el autor borda la novela más humana que he leído en torno a una guerra. Una guerra sin sentido —como las han sido casi todas en la historia de la humanidad— con el agravante para ésta, de que fue planeada con el único objetivo de que un grupo de golpistas pudieran afianzarse en el poder. Una derrota doblemente dolorosa para el pueblo argentino, que se convirtió en un tema muy delicado y, en consecuencia, poco abordado en los recientes cuarenta años.
Y tenía que ser Eduardo Sacheri, escritor y profesor de historia, quien lograra, con este enfoque profundamente humano, una novela conmovedora que no podemos dejar de leer.
A DANIEL, UN CHICO DE LA GUERRA.
En 1985, dentro del álbum “Entre líneas”, el cantautor argentino Alberto Cortez incluyó la canción “A Daniel, un chico de la guerra”, inspirada en los miles de muchachos de entre 18 y 22 años que, por un disparate sangriento, se vieron obligados a vivir 10 semanas de sufrimiento y clima hostil en las islas lejanas. Aquí el link a la estupenda canción.
Guadalajara, Jalisco, Abril 02, 2025.
POST SCRIPTUM.
Este mediodía recibí, por correo, el libro “Leyendas, acontecimientos, anécdotas y personajes de Atlacomulco”, escrito el año pasado por Don Octavio Rojas García, uno de los hombres por quienes siento más respeto, aprecio y admiración, quien además es padre de quien quizá fue —por una combinación de circunstancias— el amigo más importante en mi vida, ausente de este plano desde hace 24 años, por una de esas inexplicables crueldades de la existencia.

Don Octavio, a sus 90 años, nos demuestra que la edad podrá mermar capacidades físicas en el ser humano, pero no el entusiasmo de compartir con sus paisanos pasajes de su longeva y productiva vida.
Este libro no es literatura. Es más importante aún, es microhistoria, aquella que nos atañe a los habitantes de cada barrio, de cada pueblo y de cada región de nuestra inmensa patria.
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