Por: Ana Ximena Monroy Martínez*
Espectáculos itinerantes son las ciudades, lugares a los que se ingresa mediante un clavado confiado y torpe, de los que se sale manchado o indemne.
Fatídicos lugares son las ciudades que abren las fauces rebosantes de humo y ruido, lo engullen todo y a todos, luego escupen y entonces nadie puede pretender fingir que es el mismo que cuando entró, el mismo de antes.
Curiosas creaturas son las ciudades porque contaminan el ser y la conciencia y clavan dudas donde antes solo había certezas, como esas molestas manchas de café sobre un inmaculado mantel blanco, cuidadosamente dispuesto sobre la mesa de la comodidad y el aplomo.

Hay una marea de rostros fácilmente olvidable que transita por las venas abiertas de una ciudad, rostros que son susceptibles de perderse en la negrura de la cotidianeidad, la prisa y lo mundano, pero hay en ocasiones leves gestos –delicados, flotantes, casi impalpables– que dejan una impronta en la memoria: un hombre que sonríe al pasar, unos maravillosos ojos verdes que parecen contener en sí mismos la única posible sustancia de la vida, la clave de todo, la belleza del entramado de la diversidad, voces en un número equiparable al de las estrellas, que dejan entrever toda una vida de sueños, esperanzas y afectos –algunos acertados, otros rotos– voces que dejan pistas.

Si en un lugar la frase “ama a tu prójimo como a ti mismo” tiene lógica y cabida es en una ciudad, para hacerla menos ajena, menos exacerbada, menos inaccesible, menos mortuoria.
Si en un lugar vale la pena amar es en una ciudad atestada, ricamente decorada, con su historia a cuestas, pesada y herrumbrosa, con sus gigantes de acero y metal enterrados en el suelo como juncos que sobresalen de un río, imprevisible, graciosa, aterradora.
Es de valientes internarse en grandes urbes como es de valientes internarse en corazones ajenos pues en todo momento existe la posibilidad de salir entre dolores, sangre y lágrimas o vivir en ellos en el culmen del éxtasis entre nubes de gozo, vapores de placer.
Resulta fácil hacer música en ciudades, escuchar música en ciudades, pintar cuadros, bailar, comer, beber, comprar, desesperar, entregarse a los vicios, vestir de forma extraña, totalmente descabellada y seguir siendo normal, romper esquemas, destrozar y seguir siendo aceptado con una indiferencia apabullante…todo lo anterior en ciudades.

En ciudades ¿quiénes son los demás para arrebatar el lugar que le corresponde a cada quien en la densa corriente de seres anónimos?
Resulta fácil ser anónimo en ciudades, esconderse detrás de la máscara de las masas, ser uno más, siempre un individuo más, como un número de serie, esconder sueños y aspiraciones personales detrás del velo del exceso de gente, detrás de la cortina de las omnipresentes masas.
Deshumanización: palabra larga, cruel y excesiva pero cuyos efectos resultan fáciles de vislumbrar en ciudades. He aquí lo imperativo que es observar a los congéneres en los amasijos de modernidad llamados ciudades…los que habitan, los que van y vienen.
Curiosos lugares son las ciudades donde el verbo “observar” es el único que puede proveer de utilidad la permanencia ahí.
Nadar en ciudades y no observar es como comer y no haber digerido.

De las manos de ciudades resbalan gentes con nombre y dirección, con sonrisa y ojos propios, cabelleras y ropas singulares.
Hay quizá una leve sombra de miedo, incertidumbre y disimulo en el hecho de observar personas de ciudad; cuando caminan, cuando ríen, cuando callan, cuando acaso muestran desdén y por supuesto, cuando miran, sonríen y aman.
Antídoto eficaz contra la deshumanización es la percepción de otros sueños, otras aspiraciones, otras máscaras, otros rostros, habilidades, compromisos, obligaciones, propósitos, y hasta otras maneras de respirar el aire cargado de perfumes de ciudad. Saber que nunca se es único y siempre se está acompañado, saber que nunca es uno solo, siempre están los demás y sus curiosas formas de interpretar o malinterpretar los azares de la vida.
Salvajes bestias son las ciudades que proveen materia al pensamiento, que sobrevuelan el suelo cenagoso de la reflexión, que ponen trampas al incauto y faltan a su palabra de honor.
Internarse en ciudades no deja de ser el método más efectivo para mirar a la humanidad a los ojos, o para mirarse a uno mismo al espejo y ver reflejado en él profundos secretos, debilidades, mentiras, miradas melancólicas y un rostro surcado de arrugas, debilitado por el ejercicio de vivir.
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