Por Gabriel Escalante Fat*

“Los campeones no están hechos en el gimnasio.

Los campeones están hechos de algo que tienen en su interior:

un deseo, un sueño, una visión…”

Muhammad Alí (Cassius Marcelus Clay)

Campeón olímpico en Roma 1960.

                Debe haber sido agosto de 1968, cuando una mañana acompañé a mi tía Lilia a casa de Don Antonio Trejo.  El objeto de la visita no era social –aunque mi tía y Angelita, la esposa del señor Trejo, tenían buena relación- sino ver personalmente el primer televisor a colores que había en El Oro.   Nuestro país vivía la fiebre previa a los Juegos Olímpicos México 68 y mi tía quería verlos a todo color.

                Nuestro anfitrión mostraba su tele con el orgullo de quien muestra un automóvil nuevo o un caballo consentido. Se trataba de un voluminoso aparato marca Philco, de tipo consola, con patas y dos voluminosas bocinas flanqueando la pantalla de 25 pulgadas.  Transmitían en ese momento una competencia de natación, quizá una eliminatoria previa a los Olímpicos.  Después de un delicado movimiento de perillas, Don Antonio determinó que la imagen era óptima.  Yo miraba, a través de mis infantiles ojos, un verdadero prodigio; porque una cosa era haber visto los televisores en las tiendas de la Ciudad de México y otra muy distinta estar frente a uno en la sala de una casa de mi pueblo.  El agua era tan azul que parecía salirse de la pantalla de esquinas redondeadas, los nadadores tenían pieles de colores irreales y los objetos rojos vibraban de forma extraña; aun así quedamos extasiados con la breve exhibición.

                La decisión estaba tomada, mi tía compraría una televisión Philco, que sustituiría a la vieja Phillips blanco y negro de su recámara. 

                Ese es quizás, el primer recuerdo relacionado con los Juegos de la XIX Olimpíada, celebrados en aquel convulso año de 1968.  Juegos que, por vez primera, se celebrarían en un país “subdesarrollado” como se llamaba descarnadamente en ese tiempo a las naciones que años más tarde se denominarían con el eufemismo “en desarrollo” y a que actualmente se califican como “economías emergentes”.  En pocas palabras, jodidos.

                De las 18 ediciones previas, los Juegos Olímpicos de la era moderna sólo habían salido de Europa en cuatro ocasiones: St. Louis y Los Ángeles, en Estados Unidos en 1904 y 1932, respectivamente; Melbourne, Australia en el ’56 y Tokio, Japón, en 1964.

                La sede fue concedida por amplia mayoría a la Ciudad de México, durante la 60ª sesión del Comité Olímpico Internacional (COI), celebrada en la ciudad alemana de Baden-Baden, el 18 de octubre de 1963 –poco menos de cinco años antes de la fecha inaugural-, prefiriendo a nuestra capital sobre Detroit, Lyon y Buenos Aires.

                La elección de México, en plena guerra fría, tenía un significado marcadamente político: éramos considerados un país nominalmente no alineado, además de que nuestra política exterior se consideraba orientada hacia la distensión. ¡Qué tiempos aquellos!

                La inversión total del Gobierno Mexicano para los Juegos, fue de 176 millones de dólares, unos 1,700 millones actuales. El 56% se utilizó en infraestructura: Instalaciones deportivas, dos villas olímpicas (la Miguel Hidalgo para atletas y la Narciso Mendoza para árbitros y jueces) y obras viales.  A 56 años de aquellos juegos, el Estadio de CU, el Palacio de los Deportes, la Alberca Olímpica y el Gimnasio Olímpico aún son completamente funcionales.

                Tecnológicamente, los Juegos del 68 fueron precursores en muchos campos. Por primera vez se usó el Tartán en una pista de atletismo; todos los cronometrajes fueron electrónicos y se implementó el uso de los “touch pads” en las competencias de natación, así como el “Photosprint” para las líneas de meta en competencias de atletismo.  También por vez primera, se realizaron pruebas antidopaje por cromatografía de gases y pruebas de género, mediante exámenes cromosómicos.

                La identidad visual de los Juegos Olímpicos fue vanguardista, con diseño plástico y gráfico a la altura de los mejores del mundo.

                Muebles urbanos que incluyeron figuras de fibra de vidrio representando atletas de cada deporte, casetas, botes de basura, paraderos de transporte, fuentes de agua, buzones postales y casetas de información, entre otros.

                La gráfica, por su parte, fue realizada con base en la combinación de los aros olímpicos y el número 68, más líneas paralelas inspiradas en las tablas de los huicholes y contó con la colaboración de Pedro Haro, un jefe huichol a quien se sumó un grupo de colaboradores de su etnia.  Se creó una tipografía completa basada en el logotipo y una iconografía especial para cada deporte.

Hoy día, los materiales gráficos de México 68 son muy apreciados en el mercado del arte.

                Paralelamente a los Juegos, se celebró una mal llamada “Olimpíada Cultural” (el término olimpíada se refiere al lapso de cuatro años entre unos juegos y otros) que duró prácticamente un año y que incluyó a artistas de múltiples disciplinas, provenientes de 97 países.

                Con motivo de esta jornada cultural, surgió la idea de crear la Ruta de la Amistad, coordinada por el escultor mexicano Matías Göeritz. Consistió en la elaboración e instalación de 19 esculturas de entre 7 y 22 metros de altura, obra de artistas internacionales, las cuales aún están en el Periférico de la Ciudad de México. La ruta tiene unos 17 kilómetros de longitud y termina en el Estadio Olímpico de CU.

56 AÑOS DESPUÉS.

                Los Juegos de la XXXIII Olimpíada que están por concluir en París, han desatado polémica, sobre todo en redes sociales, por algunos eventos disruptivos que han acontecido desde el mismo día de la inauguración.  Una ceremonia sui géneris que por primera vez en 128 años tuvo lugar fuera de un estadio y que incluyó manifestaciones artísticas que les pusieron los pelos de punta a millones de personas, sobre todo conservadores y seguidores de la fe cristiana, quienes se sintieron ofendidos por supuestas burlas a una pintura renacentista (“La última cena”, de Da Vinci que no es propiamente una imagen religiosa), pero que a fin de cuentas no era tal, sino una obra del pintor neerlandés Jan van Bijlert, titulada “El banquete de los dioses”.

                Yo pregunto: De Francia, cuna de la libertad y la democracia, vanguardia en el arte, la moda y los espectáculos, referente de la ciencia y la ilustración en el siglo XIX y principios del XX y país que se dice poseedor –quizá con razón- de la ciudad más hermosa del mundo ¿Podíamos esperar algo convencional? ¿Iban los parisinos, después de una espera de cien años, a darle al mundo un recalentado de otras ceremonias inaugurales? ¡Por favor!

VOLVAMOS A MÉXICO 68.

                El año histórico que inició en enero con La Primavera de Praga, un intento de aquel país socialista de liberarse del yugo soviético. 

                El año en que detonó el llamado Mayo Francés, en el que nueve millones de estudiantes y obreros se alzaron en busca de mejoras sociales mediante la huelga general más grande de la historia. 

                El año en que aquel movimiento originado en Francia cruzó el Atlántico y germinó en el Politécnico y la UNAM, dando inicio al Movimiento Estudiantil que fue cruel e injustamente reprimido diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, ante el riesgo de tener que cancelarlos.

                Pero también el año en que el hombre circunvaló la Luna en la misión Apolo 8, la simbólica noche del 24 de diciembre.

                1968 fue en el mundo un año de cambios y los Juegos Olímpicos no fueron ajenos a esos vientos de progreso social que clamaba la humanidad.

                Por iniciativa de México, el COI impidió a Sudáfrica –por su política racista de apartheid- participar en los Juegos, conjurando el boicot de 40 naciones africanas que amenazaban con no asistir a nuestro país.

                Gracias a esa acertada decisión, tuvimos la oportunidad de ver atletas de la talla del etíope Mamo Wolde, ganador de la carrera de Maratón, y de la llegada heroica de John Stephen Akhwari, corredor de Tanzania que arribó al Estadio Olímpico –herido en la cabeza, hombro y rodilla a causa de una caída- más de una hora después que Wolde, con el argumento “Mi país no me envió a 5,000 millas de distancia para iniciar una carrera, me envió para terminar una carrera”.

                Gracias a la firmeza de México contra el racismo, pudimos ver al keniano Amos Biwott, primero de muchos atletas de aquel país (11 de las últimas 15 ocasiones) en dominar la extraña y demandante competencia de 3000 metros Steeplechase en la que se deben saltar 28 vallas y cruzar 7 veces un obstáculo con valla y agua.

                Por primera vez en unos Juegos Olímpicos, los portadores de la antorcha fueron seleccionados por los países que cruzó el recorrido desde Atenas. Parte del recorrido se hizo en homenaje a Cristóbal Colón, hoy tan desprestigiado por algunos gobiernos absurdamente resentidos.  Por ello, se tocaron Génova, Barcelona, Zaragoza, Madrid y Sevilla, así como Las Palmas en Gran Canaria y la isla de San Salvador, a donde arribara el descubridor el 12 de octubre de 1492.  Con esa mentalidad, se eligió precisamente el 12 de octubre como fecha de inicio de la justa deportiva.

                Por primera vez en 72 años, una mujer fue la última portadora de la antorcha y, en consecuencia, quien encendió el pebetero olímpico.  Se trató de Enriqueta Basilio, atleta mexicana de 20 años de edad, quien participó en las pruebas de 400 metros planos, relevo de 4 x 100 y 80 metros con vallas.  Y aunque seis mujeres más han participado en el encendido del pebetero en juegos subsecuentes, sólo Cathy Freeman –velocista aborigen australiana- en Sidney 2000, lo ha hecho sola, al igual que Enriqueta en 1968.

                Durante la premiación de la carrera masculina de 200 metros planos, los medallistas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos, ganadores de oro y bronce –respectivamente- alzaron un puño enfundado en un guante negro (saludo del “Black Power”) en protesta por la segregación racial en su país.  El atleta australiano Peter Norman, ganador de la medalla de plata, los apoyó portando la insignia del Proyecto Olímpico pro Derechos Humanos. El Comité Olímpico Estadounidense exigió a México la expulsión de los atletas, pero el COM, presidido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, con el apoyo del Estado mexicano, se resistió a proceder de manera tan drástica y cambiaron las visas especiales de los atletas por unas de turista. Esa escena es quizá la más impactante de la película “México 68” dirigida por el cineasta Alberto Isaac.

                La paloma de la paz, un símbolo tan antiguo como la Biblia (aparece en El Génesis) y retomado en la posguerra por Pablo Picasso, tuvo una importancia relevante en México 68.  El icono, aún hoy plenamente identificable, cobró mayor relevancia cuando, durante la ceremonia inaugural, alrededor de siete mil palomas (entre mensajeras y comunes) fueron liberadas en el Estadio Olímpico, cantidad nunca vista antes en ceremonia alguna.

                Cada edición de los Juegos ha tenido su figura icónica:

                Jesse Owens en Berlín 1936, el atleta negro que derribó, en las narices de Hitler, el mito de la supremacía aria, al ganar 4 medallas de oro en 100 y 200 metros planos, relevo de 4 x 100 y salto de longitud, así como Abebe Bikila, el etíope que arrasó en los maratones de Roma 1960 y Tokio 1964, y que consiguió que las miradas del mundo voltearan a ver el enorme potencial deportivo de África, están ya en las páginas imborrables de la historia olímpica.

                Pero en México, la gimnasta checoslovaca Vera Caslavska fue sin duda, y por aclamación del público mexicano, la reina de México 68.  La deportista, entonces de 26 años de edad, ganó 4 oros y dos platas, es decir, medalla en cada una de las seis pruebas en las que participó, conquistando, con su carisma natural, el corazón de los mexicanos.  Inolvidable su rutina en piso, al ritmo de “El jarabe tapatío” y “Allá en el rancho grande”. Vera selló su romance con México contrayendo matrimonio el 26 de octubre con su compañero de delegación, el corredor de 1500 metros Josef Odlozil, nada menos que en la Catedral Metropolitana, con un zócalo atestado (algunos dicen que eran cien mil personas) clamando por ingresar al templo católico.

                Otros momentos memorables de aquellos Juegos Olímpicos, que no volverían a Latinoamérica sino 48 años después –a Río de Janeiro en 2016– fueron:

                El rompimiento de la barrera de los 10 segundos en 100 metros planos, cuando el estadounidense James Hines marcó –gracias a los modernos sistemas de cronometría- 9.95”.

                El salto de longitud de Bob Beamon, consiguiendo la inimaginable marca de 8.90 metros, el record olímpico que más tiempo se ha mantenido sin romper. Ya concluida la prueba en París, existe la garantía de que durará al menos 60 años.

                Los primeros Juegos Olímpicos transmitidos vía satélite y a colores, consiguiendo audiencias sin precedentes.

                La gente de mi generación difícilmente verá otra justa olímpica en nuestro país. Este evento se ha convertido en algo que sólo grandes economías pueden organizarlo; las graves pérdidas en Atenas 2004 y Río 2016 lo demuestran.  Sin embargo, queda esa página para la historia, recuerdos de una época en que, estando peor, estábamos mejor.

Guadalajara, Jalisco, agosto 07, 2024.

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