Columna ANECODTARIO DE MI PUEBLO
Por Juan Manuel de la Cruz (+)*
Un barrio que permanece en la memoria
A mi abuela paterna la mató una embolia. Mi abuelo fue arriero y fue mi abuelo. Y hace treinta años que la cigüeña me trajo a mí, a esta región donde el aire también sopla: Atlacomulco.
JUAN MANUEL DE LA CRUZ BECERRIL
Ahora quiero escribir algo que me queda en la memoria del tipo de vida que se estilaba en los años cincuenta, en el barrio en que viví hasta hace poco tiempo: El Barrio del Calvario, uno de los más antiguos de Atlacomulco.
COLONIA EL CALVARIO VISTA DESDE EL PANTEÓN DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Correrán por estas líneas las tienditas de aquellos días, en que uno llegaba a comprar sus golosinas y platicaba con el dueño dependiente; nos contaba alguna rima, nos enseñaba adivinanzas o nos contaba alguna leyenda. Sin prisa, como esperando todo el tiempo del mundo. Aquellas tiendas no se comparan para nada con las de autoservicio de la actualidad. Por aquel entonces, se podía pedir hasta fiado. También hablaré de la pulquería y de los juegos de la calle.
Por eso he titulado esta crónica: Las Quince Letras.
De Guanajuatito al Calvario
Comenzamos.
ANTIGUA CALLE GUANAJUATITO A PARTIR DE LA ACTUAL CALLE ZARAGOZA
Si alguien quiere llegar, desde el templo del Señor del Huerto, hasta Tecoac, es obvio que su camino será la antigua calle de Guanajuatito. Claro que ya no encontrará el empedrado de antaño, ahora habrá que pisar adoquines.
ACTUAL CALLE RAFAEL FAVILA
Así que nos vamos por la calle Guanajuatito, y a tres cuadras del Señor del Huerto, nos encontramos con la calzada del Calvario. Esta era la calle principal del Barrio del Calvario o de los Calaveras. Ahí nací.
ANTIGUA CALZADA DEL CALVARIO
Una tarde llegaron unos señores al barrio y comenzaron a poner números a las casas y nuevo título a la calzada del Calvario y desde entonces se llama: Calzada Maximino Ruiz y Flores.
ACTUAL CALZADA MAXIMINO RUIZ Y FLORES
En este barrio (y en nuestra calzada) había tantas cosas... Algunas se han ido disolviendo en el tiempo y en no sé dónde, otras, parece que las estoy mirando.
Las tiendas de antes
Por ejemplo: qué de tiendas. Estaba la de Doña Concha la Güera; la de Don Teódulo: La estrella del Oriente; la de Doña Luz Garduño; la de Mariquita y Don Rodolfo; la de Doña Conchita. Más tarde se instaló la de la familia Corral: El esfuerzo. Ah y la de Doña Goya: La pasadita. Por supuesto que no se puede pasar por alto la tienda de Don Chucho (q.e.p.d.): Las Quince Letras, que por cierto todavía existe. Se encuentra en la esquina de Rafael Fabila (antigua Guanajuatito) y Maximino Ruiz y Flores (antes Calzada del Calvario).
TIENDA LAS QUINCE LETRAS
En estas tiendas, con veinte centavos, los niños hacíamos prodigios; podíamos comprar dulces: un higo, un negrito, una bola de maíz, un ponteduro, una trompada, una charamusca, un cacahuate en pirámide y con piloncillo o una palanqueta, un chicle de canica o de moneda, un pirulí o un caramelo, una cocada, una alegría (fíjense: podíamos comprar una alegría), un paraguas, chochitos y no sé cuántos dulces más.
TIENDA LA ESTRELLA DEL ORIENTE
O le llegábamos al pan: que un torcido, una gallina, un cuerno, una alamar, una concha, un ladrillo (cómo me gustaban con nata), una novia, un cocol de granillo o de ajonjolí; un tostado de canela (mi tío los hacía en casa del señor Alfonso Cárdenas) o un tostado de los otros, una concha, un bolillo, un hueso, una rosca, una quesadilla, un bollo, una campechana. Cuánta imaginación de nuestros artistas de la harina.
Una infancia sin televisión
Qué padre nos la pasábamos en el barrio. Aquello era vida. Gracias a Dios no teníamos televisión. Qué fortuna. Por las tardes nuestras mamás se ponían a bordar en la puerta de la casa, y mientras el gancho de tejer, el dedal, la aguja y el hilo iban haciendo lo suyo, nosotros, niños de esos tiempos, jugábamos lo que daba gusto.
Y qué nos duraban las competencias de balero, que los capiruchos y el trompo; la puya y el teco. Éramos buenos para las canicas, para las canicas, como nosotros les decíamos: que las rellenas, que las centenarias, que las aguilitas, que las de trébol, que las cascadas, que las de piedra, que los balines, que los cayucos. Y le entrábamos al tiro. Y qué si dos compañeros, de hoyito o de rueda o de pepita. En la temporada de las canicas, el suelo era una constelación de esferitas de todo tipo, hasta de balines. Ahí se dio la degeneración de la lengua. Nosotros advertíamos antes de tirar, por si la canica se nos llegaba a ir por rumbos indeseados, o sencillamente que se nos zafara de la mano en contra de nuestra voluntad: “Al fin zafado es perdonado”. No señor, hete aquí que los infantes de ahora dicen “Safín Zafado” o simplemente “safines”. ¿Qué es esto, Dios mío? ¿Están haciendo poesía o qué?
Los juegos de la calle
Y así, entre chiras pelas y chiras vuelvo, podíase ver niñas jugando al avión o a saltar la reata: Carne, chile o mole... o meciéndose en el columpio, o jugando a Doña Blanca está cubierta de pilares de oro y plata, o la víbora, víbora de la mar, al matarili, a las escondidillas, al bote y muchos juegos más. La imaginación siempre anda haciendo sus quehaceres.
Los varones más grandecitos se organizaban ya para jugar a los quemados, ya para jugar al futbol. Con dos piedras se improvisaban las porterías y a darle al balón y a la carrera.
Cuando los adolescentes terminaban todos sudorosos, se compraban un refresco en Las Quince Letras. A veces se deleitaban con la metálica voz de Sonia López, previo veinte introducido en la sinfonola.
Las canciones de la pulquería
Aunque la competencia de canciones se encontraba a sólo unos pasos (sin metáfora) de Las Quince Letras; y era nada menos que la pulquería del Charro, señor que empleaba todo su ingenio para complacer a la clientela con melodías muy de acá, ¿no?, muy mexicanotas: La cama de piedra. Mi amigo Piter debe haber tenido tres o cuatro años, cuando ya pedía que pusieran El cananas, aunque en realidad se trataba de La cama de piedra; ya que en una de sus estrofas dice: /... por caja quiero un zarape / por cruz mis dobles cananas.../ ¿Qué canción quieres que te pongan?, le preguntaban al Piter, y éste contestaba: El cananas. De modo que en aquel entonces no se le conocía como Piter, sino como El cananas.
LOS QUE SE ACUERDAN ASEGURAN QUE EN LA ESQUINA DE LA CALLE LA NOCHE TRISTE Y CALZADA MAXIMINO RUIZ Y FLORES, SE UBICABA LA CANTINA DEL CHARRO
Así que, mientras en Las Quince Letras se escuchaba a los Panchos, a los Cinco Latinos o a la Sonora Santanera: /...y los ingenieros.../, en la pulquería del Charro... Desfilaban: Cuco Sánchez, Antonio Aguilar, Los Jilguerillos y hasta Lola Beltrán.
De manera que entre corrido y corrido los parroquianos se tomaban un pulque y jugaban a la baraja o bien a la rayuela, y entre palabrota y palabrota y canciones el sol iba muriendo.
Algunas veces, ya muy entrada la tarde, llegué a pasar horas muy divertidas en la pulquería. Por supuesto que no entraba a tomar pulque. Libre Dios, si yo contaba con cinco o seis años de edad. Llegaba ahí a protegerme de la lluvia, del frío o tal vez del miedo. Y dentro de ese universo mágico comprendí que las palabrotas no debían espantar porque ahí a nadie espantaban; aprendí las carcajadas aguardentosas de los eufóricos bebedores; aprendí la velocidad de la charrasca y el puñetazo; aprendí cómo caían algunos por efecto del pulque o por un bien colocado golpe; aprendí a lo que sabe una tortilla acompañada de una papa tostada en el carbón, o de un bistec asado a las ocho de la noche, cuando no se ha probado alimento todo el día; aprendí que la barrica, la castaña, el barril, los jarros y el cedazo tienen también una función decorativa; aprendí a conocer, antes que al primer hombre en la luna, a los hombres jarro, inmersos en no sé qué ritual ya preparado.
El Charro y su caballo Lucero
El Charro, dueño de la pulquería, siempre permanecía tras el mostrador de madera y repartía jarro tras jarro a quien se lo solicitara. ¿Por qué le decían el Charro? Para que nadie hiciera esa pregunta, tenía colocada, en una de las paredes de la pulquería, una enorme fotografía de él, pero vestido de charro; luciendo su traje negro y su sombrero, sus espuelas de plata (¿) y además montado sobre un hermoso caballo bayo, brillante de tan limpio, lo nombraban Lucero. El mismo Charro lo cepillaba, le daba su baño y luego hasta su trencita le tejía. Hablaba con él. Con qué cariño le daba su avena; lo paseaba cuando ya estaba sudando.
Cambiarle herraduras era un deber. De un lugar desconocido para nosotros, venía un señor. Un señor que amaba su oficio. Sólo un señor como él era digno de herrar al Lucero. Un señor que comenzaba diciendo:
—Oooh, ooo; y se iba acercando. Quieto, bonito... quieto... ¡íralo... y ¡pun! recibía una patada del bayo.
Sí, un señor que era pura paciencia, que iba sobando la pierna del caballo, que rebajaba el casco con una lima, un señor que antes de comenzar a clavar la herradura decía: en nombre sea de Dios y soltaba el martillazo.
Pero qué caballo. Era madrugador, listo para irse a la raspa montado por su amo y acompañado de un burro manadero (El cantador) que era como su escudero, un burro muy inteligente (si cabe). Eran pues, uña y carne. Qué caballo. Corría como el demonio y siempre lo seguía el burro, que no lo dejaba ni a sol ni a sombra.
Yo monté al cuaco y al burro, alguna vez. Recuerdo que cierta ocasión iba yo en el burro, pian pianito, cuando el hijo del Charro que cabalgaba sobre el Lucero le empezó a soltar la rienda y a espuelear, por supuesto que el burro quiso alcanzar a su inseparable amigo y ahí vamos, yo agarrado hasta con las uñas y el burro tendido en lo suyo.

El caballo, el burro y una carrera inolvidable
El caballo brincaba las zanjas, y el burro también; el caballo se elevaba sobre las cercas, y el burro lo imitaba, y yo rebotando como hilacho y chile y chile. Finalmente, el caballo se detuvo y le dimos alcance y no pasó nada, salvo el susto.
Frente a la pulquería del Charro había un árbol, ahí se amarraba al Lucero. En la madrugada era sacado del machero y se ataba al árbol para ensillarlo y cargarle las castañas (otro tanto sucedía con el burro) antes de que el Charro y su tlachiquero, armado de cuero, acocote y raspador, estuvieran listos para irse a la raspa matutina.
El Firu, una mascota muy especial
Yo tuve una mascota cuando fui niño, un perro; El Firulais, mejor conocido como el Firu. Todos en el barrio lo recuerdan. Era un animal corriente, pero no por eso menos inteligente que otros perros. No. El Firu era de alta escuela. Era modelo, como esas señoritas que compiten en Miss Mundo y miss lo que sea. Se le decía: Firu, vete al corredor porque te vamos a sacar una foto, pero queremos que te eches y quedes de frente a la cámara, y el animal obedecía y la postal resultaba como para el Esto. Todo esto es verídico. Por ahí deben andar algunas postales del gran Firu.
El Firulais era muchas cosas. Ora un luchador incansable, ora un toro de lidia. Otras veces hacía de jardinero central, de portero, o de todo un caballero que saludaba con la mano franca. De repente era el más eufórico de los perros, iba y venía a gran velocidad, como endemoniado y ¡Aguas, que ahí viene el Firu!, que nadie se pusiera en su camino. A mi hermano Chavo, que en aquel entonces era un vil enano, lo llegó a tirar el Firu en su ferviente rito de alegría.
Por la noche el Firu se ponía al tiro con la zorra (¡Cuidado pollos!) y el coyote. Pero también era mi fiel guardián en mis noches de exiliado del hogar. Con él nunca tuve miedo ni a la bruja, ni a la llorona (ya les contaré, cabrones), ni al diablo ni a la muerte.
Cuando el pueblo se iba quedando en las sombras y el silencio y sólo las ranas y los grillos iniciaban su concierto, yo me iba acercando al hogar, y sin que nadie se diera color me metía en un pequeño cuarto donde se guardaba arena para los futuros aplanados de mi casa. Y ahí yo sabía de la necesidad del tiempo y de la inmensa oscuridad de la media noche, que no es una oscuridad cualquiera.
Historias de miedo y noches de barrio
Con voz queda, casi en silencio llamaba al Firu y se arremolinaba junto a mí para hacerme compañía; para platicarme cuentos de fantasmas (dicen que soy masoquista); para decirle al Firu que decían que a esa hora la bruja y la llorona andaban por las calles; pero no había pierde: la llorona le salía sólo a los enamorados nocturnos y a los borrachos; la bruja, por su parte, tenía apetito por los niños de pecho, como se decía en mi pueblo. Pero no estaba de sobra. Por si las moscas, mandaba yo al Firu: vete a ver si no anda por ahí la llorona o el diablo. Y el perro salía a la calle, ladraba dos o tres veces y regresaba. ¿Qué viste? y él contestaba que nada, con su cola en movimiento.
Ese Firu era un gran amigo. Pero también tenía sus clientes. Nada más los veía y era perro tendido sobre su presa. Agredía, pero en serio. Su bravura y su embestida lo hacían desconocido. Las personas, entonces, se paralizaban de miedo o hacían el intento por levantar una piedra, y al grito de ¡sáquese, sáquese!, se escurrían por cualquier rendija de la calle.
El carácter del Firu
Algunos clientes del Firu eran puro cotorreo. Como Don Luis Trejo, el panteonero. Pero otros eran bastante canallas, le llegaron a pegar con palos y hasta con alguna varilla disfrazada con estopa; cuando el animal, nunca, ni siquiera en el peor de los casos les dejó un rasguño en la ropa. Y no porque él no haya querido, sino porque el Firu sabía qué onda con la gente.
Hubo un tiempo en que se dejó correr el rumor de que un oso bajaba del monte al pueblo, por la noche. Hasta que un día creímos comprobarlo. Como a las cinco de la mañana, los perros del barrio comenzaron a aullar y a gruñir, a ladrar enfurecidos. Se oía como eran revolcados y arrastrados; emitían voces de dolor al ser mordidos. Con el afán y el temor de ver al oso mi hermano se asomó por la ventana y comprobó que no era un oso el que causaba la tragedia con los perros.
El destino del Firu
Es un perro de rabia, dijo mi hermano mayor, lo cual no dejó de preocuparnos. Al otro día el tema fue el perro de rabia. Uno de los perros más maltratados en la madrugada fue el Firu. Tenía varias mordidas en el cuello y en las orejas, así como en las piernas. Desde entonces se le vino una tristeza enorme al pobre. Don Luis Trejo, el panteonero, se le acercó, le abrió uno de los ojos con la mano y dijo a mi mamá: Chabela, este animal tiene la rabia por dentro: se va a morir. Compra esta medicina y empapa un bolillo y se lo das; vas a ver cómo se compone.
Se siguió al pie de la letra la receta y el Firu siguió vivito y coleando aunque ya no fue el mismo de antes.
Mi gran amigo vivió algunos años más. Hasta que por fin le cayó la rabia, como el hielo cae sobre las plantas. Hay que buscar a alguien que lo mate, dijo alguien en mi casa. Yo todavía le llevé de comer, pero no quiso. Babeaba y todo el hocico lo tenía batido. Quiso morderme cuando le vacié el agua en su cubetita. Le grité fuerte. ¡Tése quieto! obedeció. Sin acercármele mucho, le pedía que no fuera a morder a nadie porque lo iban a matar. A mí se me hacía un nudo en la garganta. Tal parece que entendió, porque cuando estábamos cenando, entró a la cocina, y clavó sus ojos negros sobre nosotros como queriéndonos grabar para siempre y por última vez en su memoria y se fue a la calle.
Esa noche no escuchamos ninguna revolquiza de perros, pero nunca volvimos a ver a nuestra mascota.
La muerte de Lucero
El mismo perro de rabia que revolcó al Firu, mordió al Lucero, cuando éste estaba amarrado en el árbol que he mencionado.
Sólo el tlachiquero que cargaba las castañas sobre el burro, se dio cuenta, pero no le dio importancia al asunto. Hasta que días después, el caballo se tapió, tiraba coces alocadamente y por último, se lanzaba a morder a quien se le acercara. El tlachiquero confesó lo sucedido el día del perro de rabia en la madrugada. De este modo no quedó otra que matar al hermoso caballo.
Dicen, porque yo no lo vi, que le tiraron varios balazos a la cabeza y que no se moría. Lo que pasó fue que para no acercársele le dispararon desde una distancia de 15 o 20 metros, o sea, desde Las Quince Letras hasta la pulquería del Charro. Por eso con un sólo balazo se murió, a pesar de que le tiraron varios. La culpa no fue del caballo sino del mal tirador.
Dicen que después se lo llevaron arrastrando (ignoro cómo o con qué) al panteón (fuera o cerca del panteón), por lo que antes era el terraplén. Asistió todo el barrio, sobre todo el barrio de chiquillos.
El Charro, un hombre fuerte, alto, lleno de vida y poderoso, se encerró en la pulquería y dicen que lloró.
El final de una época
En una zanja enorme, en el terraplén, quedaron los restos del Lucero. Con el tiempo vino el adoquín para la colonia del Rincón de Las Flores y lapidaron, casi para siempre, la historia de un caballo, Las Quince Letras y un pasado.
Por cierto, que, si por curiosidad se cuentan las letras de Las Quince Letras, nos daremos cuenta que son quince letras las letras que se usan y que sirven para anunciar en mi barrio Las Quince Letras.

Dedicatoria
Esta crónica está dedicada a Piter, al Rabo, al Payaso, a los Caifanes: Chavita y Toño; al Canales, al Piojo y al Alacrán.
*"Las Quince Letras" es un cuento de la autoría del escritor mexicano Juan Manuel de la Cruz, publicado en el Volumen 3 (julio-septiembre) de la revista Dos Valles en 1988. Este texto es una pieza clave de la narrativa corta mexiquense de finales de los años ochenta. El cuento apareció entre las páginas de la memoria literaria de la revista Dos Valles, un proyecto financiado por el Instituto Mexiquense de Cultura para rescatar tanto la historia regional como las nuevas plumas del Estado de México. El autor: Juan Manuel de la Cruz utilizó este espacio editorial —compartido con investigadores y poetas locales— para plasmar una narrativa de corte costumbrista y urbano.
**Información proporcionada por Aldo Becerril
***Fotografías ilustrativas: Archivo Revista d'interés/Tere Mondragón/Aldo Becerril/Generadas con IA

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