Columna: EL CINEFILO LATINO
Por Héctor Alejandro Serrano Ortiz*
Los días martes de mi infancia siempre estuvieron acompañados de desvelo. Otro Rollo sonaba fuerte en la televisión y Adal Ramones cantaba “oh, oh, digo yo”. Y es que el programa era como el latido de mi casa durante un día a la semana; un hilo invisible que tejía mis noches con una calidez que todavía recuerdo: yo, un niño de ojos pesados y pijama arrugada, me acurrucaba en mi cama intentando rendirme al sueño, mientras escuchaba la risa de mi mamá… pero no era una risa cualquiera, sino una carcajada de esas que te hacen sentir mejor. “Perdón, hijo… ya duérmete”, me decía al darse cuenta de que tal vez se había reído un poco fuerte, pero nunca apagaba la tele. Ahí estaba Adal Ramones, con su micrófono y su sonrisa de compadre, acompañado de ocurrencias tan nuestras, tan mexicanas, que parecían escritas especialmente para nosotros. El programa era una relajación hecha rutina, el respiro que un país entero se daba después de un día duro: el tráfico, el trabajo, las cuentas que no salían. Otro Rollo se metía en las salas de millones de hogares como un viejo amigo que llegaba puntual cada martes a las nueve, te daba una palmadita en la espalda y te recordaba que, aunque la vida pesara, siempre había lugar para sacar el estrés.
El cine, al igual que la pantalla chica y los late-night shows, no sólo pretende entretenernos cuando se hace desde el más puro y valiente trasfondo: se atreve a tomar el dolor crudo de la existencia y lo convierte en un espejo frente al cual nos reímos para no llorar, frente al cual el arte se vuelve el más noble de los exorcismos. ¿Quieren Monólogo?, el cortometraje de Paola Ramones (la talentosa hija de Adal), es precisamente eso: una obra que trasciende su modestia formal para convertirse en una inesperada meditación profunda sobre cómo el trauma se aloja en el alma, cómo la comedia lo desarma ferozmente y cómo, al final, el amor filial redime lo que la violencia intentó destruir. Para mí, no sólo es una historia de un secuestro, sino un acto de catarsis generacional, un diálogo entre padre e hija que nos obliga a preguntar: ¿qué hacemos los artistas con el dolor? ¿Lo guardamos como un secreto o lo ponemos en el escenario para que, al compartirlo, deje de pesarnos tanto?
Soy consciente de que, en septiembre de 1998, aunque apenas yo era un bebé, México vivía una época de contrastes. El país bailaba entre la modernidad prometida y la crudeza de la violencia que ya asomaba sus colmillos en las calles de la Ciudad de México. Adal Ramones, en pleno auge de Otro Rollo, era mucho más que un conductor: era el rostro de una generación que encontraba en la risa un refugio cuando un grupo armado lo interceptó; sus miembros lo mantuvieron cautivo durante siete días interminables en un armario, y el silencio mediático que rodeó el caso fue tan ensordecedor como el propio terror. Su regreso a la pantalla: un hombre roto, pero de pie, sonriendo porque la alternativa era derrumbarse. Años después, su hija Paola —que ni siquiera había nacido cuando ocurrió— decide, como trabajo final de su escuela de cine, filmar precisamente esa herida. ¿Quieren Monólogo? es lo más cercano a un regalo de amor envuelto en valentía. Y Paola lo envuelve con la delicadeza de quien entiende que el arte permite abrazar la cicatriz, aunque no la desvanezca del todo.
El cortometraje se construye como un juego de espejos constante, un montaje grandioso de Paola Ramones y Andrés García. Arranca en un escenario de stand-up: ring sagrado donde los comediantes suben no porque su vida esté en orden, sino precisamente porque está hecha pedazos —como nos enseñó aquella vieja película Punchline con Tom Hanks, que me encanta—. Daniel Tovar, en una interpretación que roza lo posesivo, encarna a Adal con una fidelidad que eriza la piel (como le comenté a Andrés García, productor del cortometraje y amigo mío, “me dejó con el ojo cuadrado”): los gestos, la cadencia de la voz, esa mezcla de carisma y vulnerabilidad que siempre ha definido al verdadero Ramones. Un colega lo invita a subir, se echan la carrilla típica mexicana, y de pronto Adal empieza a contar su secuestro. Pero no como lo vivió, sino como lo ha convertido en rutina de escenario.
Compara el encierro con el matrimonio, los golpes con chistes de nalgadas, el miedo con la valentía. La cámara de Paola intercala, con cortes secos y casi crueles, la realidad del 1998: el armario oscuro, las amenazas, la humillación de un hombre público reducido a rehén. Y en el otro lado, las risas del público en el presente. Es un contraste devastador, porque nos obliga a reír con él mientras sabemos —y él sabe— que cada carcajada reabre la herida. No hay música grandilocuente; sólo el sonido crudo del micrófono, el eco de las palmadas y, de fondo, el silencio opresivo de aquel armario. Paola, como directora, escritora y editora, demuestra una madurez aterradora para sus 25 años: no hay drama excesivo, ni juicios, sino acompañamiento. Deja que el peso caiga solo.
Y ahí radica la grandeza paradójica de la obra. Como le escribí hace poco a Andrés García: “Me gustó por algo bien exacto: es paradójico. Toma una experiencia que nace del dolor para provocar risa, y si algo me enseñó Punchline es que los comediantes no suben al escenario porque todo esté bien en sus vidas, sino precisamente porque no lo está”. Pero el cortometraje no se detiene en esa observación; va más lejos. Al final del monólogo, cuando el colega lo felicita tras bambalinas con un “estuvo muy fuerte”, la cámara sigue a Tovar hasta el espejo. Ahí está Adal solo, mirándose, y el peso de los años cae de golpe. Esa es la factura que paga el artista: cada vez que cuenta la historia para hacernos reír, vuelve a tocar la llaga. Para nosotros, el público, es “una ocurrencia más, un gaje del oficio”. Para él, es desgastante. Convertir el trauma en arte implica medirlo en función del impacto, abrirlo frente a desconocidos noche tras noche. Paola capta eso con la sensibilidad que sólo una hija notaría, humanizando el dolor, no romantizándolo.
Pero ¿Quieren Monólogo? no existiría —o al menos no tendría la misma resonancia— sin el contexto cultural que lo precede y lo envuelve. Y ese contexto es Otro Rollo, el programa que, entre finales de los noventa y mediados de los dosmiles, se convirtió en parte indivisible de la idiosincrasia mexicana. No era sólo televisión; era un espejo distorsionado pero cariñoso de lo que somos: un país que ríe de sus tragedias porque, de lo contrario, se ahogaría en ellas. Hoy, con la perspectiva del adulto, lo sé perfectamente: aquel programa rebosaba creatividad pura que nacía de observar la vida cotidiana sin filtros, sin pretensiones intelectuales, sólo con el ingenio callejero que nos define. Adal no era un conductor lejano y pulido; era el compadre que te platicaba “la neta”. Otro Rollo nos enseñó que reírse de lo que duele es una forma de resistencia mexicana: la misma que usamos para sobrevivir terremotos, crisis económicas y, sí, la violencia que sigue acechándonos.
Adal, en sus propias palabras, lo describe con una emoción que desarma: “El amor de un padre que verdaderamente ama a sus hijos se ve en muchas cosas… Pero hay un momento en que la realidad cambia y ahora son ellos los que nos dan a manos llenas”. Habla de Paola graduada, empezando su vida profesional en lo que ama, y de cómo ella eligió esta historia que “me hiela la sangre”. “Quién diría que haría una especie de exorcismo”, dice Adal. Y sí, eso es exactamente lo que es: un exorcismo lleno de amor. El corto termina con un cameo del verdadero Adal, disfrazado de plomero que irrumpe tras bambalinas, pide una foto y le pregunta al actor: “¿Cómo le hacen para inventarse tantas cosas los comediantes?”. La ironía es deliciosa y dolorosa a la vez. Porque no fue invento. Fue la siempre vívida y cruda vida real. Y Adal lo ha convertido en arte para su público, pero el peso sigue ahí.
Paola Ramones, con esta tesis convertida en selección oficial del Cinequest Film & Creativity Festival, no sólo funge como directora; sigue trazando un camino en su carrera que, en opinión de este humilde amante del cine, promete ser luminoso. Su cámara es valiente pero compasiva. Su guion (escrito con Gon Curiel y Daniel Escobedo) sabe cuándo callar y cuándo dejar que el silencio hable. Daniel Tovar (mi eterno Fito, que si lee esto ojalá sepa que marcó mi infancia tanto como el ruidero de Adal) entrega una de las mejores actuaciones del año en formato corto: sutil, cargada, humana. Y el montaje es puro virtuosismo emocional. En un México donde la violencia sigue siendo tema cotidiano, ¿Quieren Monólogo? nos recuerda que el arte puede tomar lo sombrío y llenarlo de luz, aunque sea la luz tenue de un reflector de escenario.
Y así, entretejido en la tela misma de mis recuerdos infantiles, ese late-night se convirtió en algo más grande que entretenimiento. Era la compañía silenciosa de mi mamá, su momento de soltarse después de trabajar y preocuparse por todo; era el sonido de fondo que me arrullara, aunque yo fingiera molestarme. Hoy, con la distancia de los años, entiendo que Otro Rollo no sólo revolucionaba la televisión mexicana, sino que nos acompañaba en lo cotidiano, nos relajaba el alma y nos unía en esa risa colectiva que sólo los mexicanos sabemos convertir en incontables cosas. Por eso, cuando Paola Ramones decide tomar el trauma de su padre y convertirlo en ¿Quieren Monólogo?, el cortometraje no es extraño para ningún mexicano, sino todo lo contrario: es como si volviera a casa, a esos mismos martes, pero ahora con una luz reflexiva, quizá más profunda, en la que el arte se vuelve catarsis y el dolor, ternura.
Al final, este cortometraje no es sólo sobre un secuestro de 1998. Es sobre cómo el arte nos salva de nosotros mismos. Nos permite reírnos de lo que nos destruyó, contarlo una y otra vez hasta que deje de sangrar tanto. Nos enseña que el dolor de un padre puede convertirse en el regalo más hermoso de una hija. Y nos reafirma, como dijo el propio Adal, que “la vida es bella a pesar de que haya personas en este mundo que quieran hacer daño”.

El cortometraje aún no está disponible online, ya que está en su paso por festivales, pero para más información, seguir a los productores:

Paola Ramones: https://www.instagram.com/paolaramones/ 

Andrés García: https://www.instagram.com/producedbyandygarcia/

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