Columna: LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Atlacomulco, ha sido durante décadas, antología de múltiples voces y perspectivas, sin embargo, pocas miradas han sido tan constantes y comprometidas como la de Antonio Corral Castañeda, quien dedicó gran parte de su vida a escudriñar y reconstruir fragmentos dispersos de la historia, a fin de armar el rompecabezas del amado terruño.
Una tarea silenciosa pero profundamente necesaria: rescatar documentos, reinterpretar fechas, reunir testimonios y dar voz a quienes, desde distintos ámbitos de la vida, han contribuido a que siga latiendo el corazón del Estado de México. Fue, en muchos sentidos, un arqueólogo del tiempo, que no sólo lo registró, sino que lo interrogó, y en lugar de excavar, removió capas de olvido hasta encontrar las huellas vivas del pasado, para convertirlo en un entramado de historias, personajes y tradiciones.
Pero toda obra que ilumina el pasado, deja inevitablemente, una pregunta: ¿quién narra al narrador?. Ahora, cuando sus libros ocupan un lugar en la memoria colectiva, resulta no sólo pertinente, sino necesario, volver la mirada hacia el propio autor. Porque así como él se preocupó por evitar que la célebre historia de la gema colorada, cayera en amnesia o indiferencia, ahora corresponde, evitar que su trayectoria quede relegada a una simple nota al pie de una página.
Escribir sobre el maestro, no es un acto de cortesía, sino de justicia cívica. Su labor no se limitó a recopilar datos: implicó la toma de postura frente al tiempo, así como la convicción de que la identidad de un pueblo se construye desde el conocimiento de sus raíces. De ahí, que cada uno de sus ejemplares resguarde el eco de esos días que aunque se fueron, siguen presentes, evocando datos, anécdotas, recuerdos y sentimientos.
Había en tan distinguido historiador, una vocación casi subversiva: la de contradecir el olvido. Porque si el poder tiende a simplificar la memoria, él se encargó de enriquecerla, llenándola de infinidad de matices. Nunca le bastó la versión oficial, siempre sospechó que debajo de cada relato había otro que esperaba ser desenterrado.
Así, como él reconstruyó las voces del pasado, ahora toca valorar su recorrido: motivaciones, dudas, silencios y hallazgos. Porque en el fondo, todo historiador, es y será parte de la historia que investiga, cuestiona, siente y escribe, pues su objetivo no sólo es narrar lo sucedido sino rescatar lo que estuvo a punto de no ser contado.
En una época donde la inmediatez amenaza con diluir la memoria, figuras como la del profesor Corral Castañeda, adquieren un valor aún mayor. Su labor nos recuerda, que aquellos que ignoran o excluyen su pasado en la construcción del presente o futuro, corren el inminente riesgo de extraviarse a sí mismos. Pero también nos deja una enseñanza adicional: quienes se dedican a preservar la memoria colectiva merecen ser recordados, porque al final, la historia no sólo se escribe sobre el alma social, también se escribe «y se debe escribir» sobre quienes hicieron posible que los pueblos no fueran olvidados.
Él, no sólo escribió el pasado: le dio espesor al presente y le insinúo al futuro que no todo comienza de nuevo cada mañana; y precisamente por ello, necesitamos arqueólogos del tiempo, arquitectos de identidad y tejedores de hilos que unan las luchas, sueños y esperanzas de los de antes con los de ahora.
En suma, valorar su trabajo, es entender que sin su terquedad luminosa, la historia de Atlacomulco, sería un murmullo disperso, un eco sin forma perdido en la vastedad del presente, y es gracias a su incansable labor, que ahora esa memoria tiene rostro, voz y raíz, y continúa latiendo con dignidad en la conciencia de su gente.

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