Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
Jerusalén era por aquel entonces una ciudad pujante, ruidosa y polvorienta.

Para llegar a casi cualquier sitio, había que superar una cantidad interminable de escaleras y sufrir debajo de un sol intenso y despiadado. Sudar y fatigarse eran dos de las constantes que aquella gente debía soportar a diario, eso y el fastidioso dominio de Roma. El temido y odiado Imperio Romano -cuyos tentáculos se alargaban hasta los confines del mundo entonces conocido- decidía cada parte de su vida, por mínima que esta fuera.
Ese día no tenía nada de especial, la gente despertó temprano como de costumbre, dispuesta a seguir trajinando, pero un buen día en Jerusalén no podía comenzar de otro modo sino horneando el pan porque toda mujer judía respetable y honorable debía alimentar bien a su familia, entre otras tantas tareas que le correspondía realizar.

Hacía tiempo, empezaron a correr rumores de un hombre que hablaba sabiamente, y no sólo eso sino que además repartía panes y pescados que nunca se acababan, repartía amabilidad, sonrisas, alivio para los males del cuerpo y del alma, tranquilidad y esperanza.
Pero también había advertido que todo esto no duraría demasiado porque ya debía irse, dijo que su vida estaba destinada a ser muy corta.

Muchos lo habían oído decir esto pero no creyeron que fuera a suceder de verdad ni tan pronto. Por eso, cuando lo vieron recorrer las sofocantes calles de Jerusalén con la cruz a cuestas, apenas podían dar crédito. No imaginaron jamás que sufriría así -porque dejaba un reguerillo de sangre a su paso –o que le impusieran un castigo tan humillante.

Varios decían: no parece que haya hecho algo malo. Los que lo conocían o habían compartido algo con él lloraban abiertamente, otros deseaban que su sufrimiento acabara pronto a pesar de no conocerlo porque ningún hombre merecía sufrir de este modo.

Comentaban acerca de su edad pues bastaba un simple vistazo para determinar que era muy joven: ¿cuántos años dicen que tiene? Treinta y tres. Y ¿quién está con él? Su madre y parece ser que uno de sus amigos, Juan. Ya no le queda nadie más.

Ese día, había un hombre muy solo, muriendo en la cima de una colina pero –aseguraban- murmurando palabras de perdón y alentando a aquellos a quienes amaba a aprender a vivir sin él.
Estos hechos tuvieron lugar un viernes cercano a la Pascua judía, pero fuera de eso un día común en Jerusalén.

Al caer la noche, aparecieron innumerables estrellas, pero lo más asombroso fue el tamaño de la luna, tan blanca, redonda y luminosa.

Soplaba un viento helado a la par que un ambiente inexplicablemente triste y silencioso impregnaba la ciudad.

El tiempo ha hecho imposible comprobar la veracidad de este relato, por lo cual creer o no creer en él es, sencillamente, una elección.

Lo que muy pocos podrían poner en tela de juicio es que constituye una de las historias más grandes jamás contadas y que simboliza la esperanza y la fuerza de millones de personas alrededor del mundo.

A mi juicio es innegable también la cantidad de elementos que se ven reflejados en la vida de cualquier mortal.

Los Evangelios, que contienen las cuatro versiones oficiales y más relativamente completas de este suceso, nos presentan una variedad de personajes cuyo actuar ha sido también el nuestro, miles de años después.   

Al igual que Cristo, todos llevamos una cruz a cuestas, algunas veces tan pesada que nos hiere las espaldas y algunas otras, tan liviana que incluso podría decirse que da gusto llevarla, una cruz  hecha de lo que somos -nuestra más pura esencia- y por supuesto, de vivencias.
En ocasiones nos hemos lavado las manos como el atormentado Poncio Pilato, incapaces de favorecer a una facción u otra, o tal vez demasiado exhaustos para seguir soportando la presión.

Bien podríamos contar las veces que hemos dicho “inocente soy de la sangre de este justo; allá vosotros.”

Asimismo, hemos actuado como Simón de Cirene, el oportuno, el que estaba ahí en el momento apropiado. Algunas fuentes mencionan que los soldados romanos lo obligaron a ayudar a Cristo y otras que lo hizo movido por la piedad. De cualquier modo, ofreció su espalda para que la de otro pudiera descansar, eligió tender la mano como nosotros lo hacemos en nuestros destellos de lucidez.   
En la vida podemos también ser salvados sin merecerlo, mientras otro u otra mejor que nosotros sufre en nuestro lugar, justo como le sucedió a Barrabás, un hombre que quizá no supo qué hacer con el inesperado regalo de la libertad.

Uno de los papeles más desgarradores que en ocasiones también debemos representar es el de María. En ella se funden los grandes dolores de la humanidad, especialmente el de la pérdida.

Apenas podía creer que la vida de su hijo se estuviera escapando frente a sus propios ojos. Sin importar que fuera Dios o no, nació de ella y al perderlo, lo perdió absolutamente todo.
Las lágrimas que derramó a partir de entonces son las mismas que derrama todo aquel que pierde a un ser amado.

A veces también somos Juan, el amigo, el del hombro dispuesto para que otro llore, el que se quedó hasta el final, incluso cuando ya todos se habían ido. El que recibió la tremenda encomienda de cuidar de la madre del que moría y con esto, se hizo acreedor al más alto honor, el de la confianza.

La posición más cómoda, la que preferimos adoptar en la mayoría de los casos, es la de ser parte de la muchedumbre. Perdernos en el mar de rostros, observadores silenciosos del sufrimiento ajeno, imparciales, lejanos, helados. Un papel que a menudo nos trae vergüenza y culpa y que sin embargo seguimos eligiendo.   
Todos tenemos nuestra particular Jerusalén, el escenario de nuestra propia vida.

Lo que bien es prudente hacer es guardar el debido respeto y dejar un espacio para el silencio. Después de todo, nunca deja de ser beneficioso contemplar el misterio que nos presenta esta gran historia, el misterio de amar hasta el extremo.      

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