Columna: CIENCIA
Por: Raymundo Sánchez Orozco*
Al amanecer, en una pequeña comunidad rural, el campo despierta antes que las personas. La tierra aún guarda el fresco de la noche, y un agricultor camina entre surcos que han alimentado a su familia durante generaciones. Sin embargo, algo ha cambiado. Las lluvias ya no llegan cuando deberían, el calor es más intenso y las cosechas, cada vez más inciertas. Esta escena, que se repite en distintas regiones del mundo, nos habla de una realidad urgente: el vínculo profundo entre la agricultura y el cambio climático.
La agricultura no es solo la base de nuestra alimentación; también es uno de los sectores más vulnerables al clima. Cuando pensamos en el cambio climático, imaginamos grandes fenómenos globales, pero sus efectos más concretos se sienten en algo tan cotidiano como el precio de los alimentos o la disponibilidad de ciertos cultivos. Por ejemplo, en los últimos años, se han registrado sequías más prolongadas en regiones agrícolas clave, afectando la producción de maíz, trigo y arroz, que juntos alimentan a más de la mitad de la población mundial. Un dato sorprendente es que, según estimaciones recientes, cada aumento de 1 °C en la temperatura global puede reducir el rendimiento de algunos cultivos básicos hasta en un 10%.

A lo largo del día, los agricultores observan señales que antes no estaban ahí: plagas más resistentes, suelos menos fértiles y lluvias impredecibles que llegan con demasiada fuerza o no llegan en absoluto. Estas alteraciones no son casuales. El cambio climático intensifica fenómenos extremos: sequías más severas, lluvias torrenciales y olas de calor que dañan los cultivos. En algunos lugares, incluso se han tenido que abandonar tierras que durante décadas fueron productivas. Paradójicamente, la agricultura también contribuye al problema. Actividades como el uso excesivo de fertilizantes, la deforestación para expandir cultivos o la ganadería intensiva generan gases de efecto invernadero que aceleran el calentamiento global.
Pero la historia no termina ahí. A medida que el sol alcanza su punto más alto, también surge una oportunidad: transformar la manera en que producimos alimentos. Aquí es donde entra la agricultura sostenible, un enfoque que no solo busca producir más, sino hacerlo mejor. No se trata de regresar al pasado, sino de combinar conocimientos tradicionales con innovación. En muchas comunidades, por ejemplo, se está recuperando la práctica de la milpa, es decir, un sistema agrícola donde se cultivan juntos maíz, frijol y calabaza; que permite mantener la fertilidad del suelo y reducir la dependencia de químicos. Este tipo de sistema no solo es eficiente, sino resiliente frente a cambios climáticos.
La agricultura sostenible también incluye prácticas modernas que están revolucionando el campo. El riego por goteo, por ejemplo, puede reducir el uso de agua hasta en un 60%, algo crucial en zonas donde este recurso es cada vez más escaso. Incluso el uso de energía solar en granjas está ganando terreno, reduciendo costos y emisiones al mismo tiempo.
Un aspecto fascinante es el papel del suelo. Aunque muchas veces lo damos por sentado, el suelo es uno de los mayores aliados contra el cambio climático. Se estima que puede almacenar más carbono que la atmósfera y la vegetación juntas. Sin embargo, cuando se degrada por prácticas agrícolas intensivas, ese carbono se libera, agravando el problema. Por el contrario, técnicas como el compostaje o la cobertura vegetal pueden devolverle vida al suelo, convirtiéndolo en un “almacén natural” de carbono.
A medida que cae la tarde, el agricultor reflexiona sobre el futuro. La agricultura sostenible no es solo una alternativa ecológica; es una necesidad urgente. En un mundo donde la población sigue creciendo, se calcula que para 2050 necesitaremos producir un 50% más de alimentos. Pero hacerlo con los métodos actuales no es viable, ya que implicaría un impacto ambiental insostenible. Aquí surge una pregunta clave: ¿cómo alimentar al mundo sin destruir el planeta? La respuesta no depende únicamente de los agricultores. Como consumidores, también formamos parte de esta historia. Cada decisión que tomamos desde elegir productos locales hasta reducir el desperdicio de alimentos, tiene un impacto directo. Un dato que suele sorprender es que aproximadamente un tercio de los alimentos producidos en el mundo se desperdicia. Reducir este desperdicio sería una de las formas más efectivas de disminuir la presión sobre los sistemas agrícolas.

La agricultura sostenible frente al cambio climático no es solo un tema científico o técnico; es una narrativa humana. Es la historia de quienes trabajan la tierra, de quienes dependen de ella y de quienes, sin saberlo, están conectados a cada cosecha. Es también una invitación a repensar nuestra relación con el entorno. Al final del día, cuando el campo vuelve a quedar en silencio, queda una certeza: el futuro no está escrito. La manera en que cultivamos hoy determinará el mundo que heredaremos mañana. Apostar por la agricultura sostenible es, en esencia, sembrar esperanza. Y esa es la invitación: informarnos, valorar el origen de nuestros alimentos y apoyar prácticas responsables. Porque cada pequeña acción, como cada semilla, tiene el potencial de transformar el paisaje completo.

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