Columna: TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez*

Nacer en esta tierra es una bendición. Crecer entre sus calles empedradas, sus callejones y las historias que guarda la memoria colectiva es un privilegio que atesoro. Entre los recuerdos más valiosos están las pláticas con mi bisabuelita, quien me contaba cómo, por necesidad, las mujeres acudían a lavar a “Las Fuentes”. En aquellos primeros años no existían lavaderos municipales; por eso debían llegar de madrugada para elegir la piedra donde lavarían. Yo aún recuerdo los lavaderos que después construyó el municipio, llenos de agua hasta la pantorrilla, y cómo era común ver a mujeres de las comunidades llegar con sus canastas de ropa.

Mi bisabuelita lograba que mi imaginación corriera. Me hablaba de los altos eucaliptos que custodiaban el camino hacia los manantiales, al poniente del pueblo. Bajo la luz de la luna llena, sus sombras parecían moverse y querer tocar a quienes pasaban. La mayor parte del tiempo caminaban en completa oscuridad, pues no había alumbrado público; aún así, no existía peligro, porque el respeto era un valor fundamental. Ella me enseñó a hablar de “usted” a los mayores y a saludar por su nombre a quienes encontrábamos en la calle. Todos sabían quiénes eran las mujeres que iban rumbo a “Las Fuentes”, y esa cercanía hacía que en el pueblo siempre hubiera alguien dispuesto a ayudar. Aquellas “comadritas”, como ella les decía, sostenían la vida comunitaria con humildad y solidaridad.

Al amanecer —me contaba— los magueyes amanecían cubiertos de sábanas, pañales y ropa de los maridos. Para cuando el sol apenas despuntaba, ella ya salía de bañarse, después de haber pasado horas arrodillada lavando. Regresaba a casa, dejaba la ropa tendida, iba a misa y luego al molino, para que a la hora del almuerzo hubiera tortillas calientes en la mesa. Eran rutinas duras, pero llenas de sentido.

Años después, cuando estudiaba Turismo, propuse al director de Agua y Saneamiento crear un parque recreativo en la zona de los manantiales: un espacio con albercas, áreas de convivencia, juegos infantiles y asadores, donde la gente pudiera disfrutar del tiempo libre y, al mismo tiempo, conocer la historia de “Las Fuentes”. En aquel momento me dijeron que era imposible, pues el lugar se usaba como almacén de materiales. Hoy, sin embargo, ese sueño es una realidad. Aunque no fue un proyecto personal, me alegra profundamente ver que existe: una alberca techada, los cauces naturales del manantial aún vivos, niños corriendo y familias enteras creando recuerdos que perdurarán.

El tiempo libre, cuando se vive en comunidad, se convierte en un tesoro. No se necesitan grandes ingresos para disfrutar de la convivencia, del descanso o de un paseo que llene el alma. “Las Fuentes” también conservan una tradición antigua: la Fraternidad Atlacomulquense, que en sus orígenes se celebraba cerca del río Lerma. Mis abuelos contaban cómo las familias se reunían para compartir alimentos, organizar carreras de cintas, jugar al palo encebado o presenciar peleas de gallos. Hoy la fiesta incluye juegos mecánicos, música en vivo y un ambiente vibrante que cada 5 de febrero llena de color la región.

Deseo que generación tras generación “Las Fuentes” sigan siendo un espacio para recrearse, caminar de la mano con un ser amado, jugar con los hijos y nietos, hacer deporte, leer un libro o simplemente respirar. Que continúe siendo un lugar donde el tiempo libre se transforme en recuerdos que, aunque pasen los años, se guardan en el alma. Invito a toda la comunidad a seguir visitando, cuidando y celebrando este espacio que nos pertenece a todos; un lugar que refleja nuestra historia, nuestra identidad y la manera en que Atlacomulco ha sabido mantener vivas sus tradiciones. Que cada visita sea una oportunidad para reconectar con nuestras raíces y para fortalecer el orgullo de vivir en esta tierra bendita.

Lic. en Turismo
Fotografías: Matty Martínez Téllez
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