Columna: ANECDOTARIO DE MI PUEBLO
Por Antonio Corral Castañeda (+)
Las noticias más remotas del servicio del correo en Atlacomulco datan de 1872, cuando aún era una agencia y después, en 1886, fue elevada a Administración de Correos, a cargo del C. Canuto Mercado, siguiéndole en este puesto Miguel Mercado, Víctor Mercado, Adrián Huerta, Francisco Escamilla Plata, quien estuvo como administrador 32 años (hasta 1940) y varios más. Entre los primeros carteros que hubo se pueden mencionar a Manuel Nieto Jiménez, Enrique Sánchez y Maximino Monroy Plata. Y por lo que se refiere a los contratistas, es decir, los encargados de transportar la correspondencia de la oficina a la estación del tren “Flor de María” y después “El Rosal”, se recuerdan a los señores José Ma. Favila, Felipe Flores Gómez, Blas Albarrán, Evaristo Delgado y durante 52 años Marcelino Nieto Montiel.

Pero dentro de todos los contratistas destacó uno en especial, a quien nos referiremos en esta oportunidad: Don Blas Albarrán, mejor conocido como el “Tío Blasito” o “Don Blas el Correo”, como también cariñosamente le llamaban, y de quien platican que era todo bondad, rectitud y responsabilidad, virtudes que lo convirtieron en un personaje querido, respetado y popular, a quien la gente estimaba y admiraba. Era un hombre menudito, de cara delgada, de escasa barba y bigote, siempre con la sonrisa a flor de labio.
El “Tío Blasito” se ganó el afecto y aprecio de sus paisanos por sus acciones altruistas y por su extraordinario espíritu de servicio a la comunidad, dado que tenía el delicado encargo de llevar y recoger la correspondencia que en aquella época era transportada por el único medio que existía, que era el ferrocarril. Invariable y diariamente hacía el recorrido de Atlacomulco a la estación del tren y viceversa. Fueron más de 15 años de realizar día con día jornadas y recorridos, saludos y entregas. A pesar del sol quemante, los aguaceros, el viento o el frío, nunca se rindió al trabajo y lo hizo con responsabilidad.

Según los testimonios, era costumbre que “Tío Blasito” realizara el recorrido acompañado de sus dos inseparables bestias: un burrito, al que llamaba “El Japonés”, y su viejo caballo, que nadie supo por qué lo bautizó con el pomposo nombre de “Wimbledon”.
Es una anécdota muy conocida que él mismo solía contar, que, a propósito de su trabajo, en una ocasión, al pretender cruzar el río Lerma, cuando no hacía mucho tiempo se había inaugurado el puente “El Rosal”, debido a un aguacero torrencial las crecidas aguas habían sobrepasado ya el puente, lo arrastraron a él y a su burrito que cargaba las valijas con la correspondencia del día, además de quinientos pesos en plata que fueron a parar al fondo del río.

Por suerte, tanto él como los animales pudieron salir casi ilesos de tan lamentable percance, logrando abandonar las turbias aguas del río, pero sin las alforjas. En ese momento la angustia y desesperación hicieron presa de él, pues el simple hecho de que sospecharan de su persona o pusieran en tela de juicio su honorabilidad, lo torturaban por demás. Fue entonces cuando puso de manifiesto su enorme sentido de responsabilidad y dio una lección de cumplimiento de su deber, en virtud de que permaneció ahí día y noche; no quiso separarse ni un instante del lugar, hasta que las aguas bajaran para poder así rescatar las valijas con su invaluable contenido, lo que afortunadamente logró para su tranquilidad y satisfacción del deber cumplido.
“Tío Blasito” fue, sin duda, un personaje de esos que difícilmente se olvidan, sobre todo porque se ganó el cariño y el reconocimiento de la gente, cuya imagen guardó en su corazón como grato recuerdo…

*Extracto del libro ATLACOMULCO sus fiestas, tradiciones, costumbres y anécdotas de Antonio Corral C.




