Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
Los equinoccios de primavera son siempre acontecimientos asombrosos y sublimes, de esos que tanto han conseguido fascinarnos a lo largo de generaciones. Es un fenómeno global, y esto quiere decir que impacta en absolutamente todas las formas de vida que existen en la Tierra, nuestro buen y generoso hogar.
Hay una red perfecta e indescifrable aún para nuestro limitado entendimiento que comunica de formas sutiles y maravillosas el andar del universo con el de la más insignificante y pequeña mota de polvo, sin dejar de lado la improbable –y sin embargo dominante –vida humana. Por tanto, un equinoccio de primavera exhibe de forma única el equilibrio astronómico y el funcionamiento del ciclo natural, dejando su estela de influencia en la forma en que las civilizaciones han entendido el paso del tiempo.

El equinoccio de primavera ocurre cuando el Sol se encuentra exactamente sobre el ecuador terrestre, en consecuencia, el día y la noche duran prácticamente lo mismo en todo el planeta (aproximadamente 12 horas cada uno). En el hemisferio norte, este fenómeno marca el inicio de la primavera y a partir de este punto, los días comienzan a volverse más largos, y como era de esperarse, los grandes beneficios de una mayor derrama de luz cálida y dorada no tardan en hacerse evidentes. Las plantas, amarillentas y apagadas por la escasa luz del invierno, estallan en un verdor magnífico, milagroso y un rubor meticuloso enciende los pétalos de las flores nuevas. Por otro lado, hablar de los animales es hablar del profundo conocimiento del entorno que les rodea, de sus instintos cuidadosamente determinados e infalibles y de vidas determinadas enteramente por los ciclos naturales. Al llegar la primavera y con ella el aumento de las horas luz, el llamado de la fertilidad apremia, convulso y ensordecedor, de modo que ciertas especies conocidas como “estacionales” inician sus ciclos reproductivos.

Pero iniciar de nuevo no siempre es fácil y a menudo tropezamos con la dureza de la impermanencia. Gustavo Adolfo Bécquer escribió un hermoso poema titulado “Volverán las oscuras golondrinas” que captura con maestría las sensaciones de pérdida y anhelo que se presentan en el corazón humano ante la inminencia del cambio, he aquí un fragmento:
Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde, aún más hermosas, sus flores se abrirán; pero aquellas, cuajadas de rocío, cuyas gotas mirábamos temblar y caer, como lagrimas del día… ¡Esas…no volverán!

Es interesante señalar que la palabra “primavera” proviene del latín “prima vera” que significa literalmente “primer verdor” o bien “primer brote de la vegetación”, mientras que “equinoccio” proviene de “aequinoctium” es decir “noche igual (al día)”.
En la Antigua Roma, la primavera tenía un significado muy especial: el reinicio de la vida.
Y no hay nada que los humanos valoremos más que la vida. Nuestra existencia entera gira en torno a poseerla o no poseerla. Pudiera pensarse que seríamos felices guardándola en un armario o en un frasco.
De modo que en los primeros calendarios romanos, el año comenzaba en marzo, el mes dedicado al dios Marte. Esto con el objetivo de hacer coincidir los renacimientos, reconciliar todas las cosas una vez más.
Y en el marco de una religión politeísta, era de esperarse que este gran acontecimiento fuera adjudicado a una diosa que rezumaba femineidad y un intenso aroma a naturaleza naciente, era la diosa de la vegetación y la fertilidad: su nombre era Flora.

Se creía que adornaba su cabeza con una perfumada corona hecha de flores frescas, que su cabello era abundante y rizado y que su sonrisa era solamente equiparable al maravilloso manto de color que desplegaba sobre todo el mundo natural.
En su honor, se celebraba un festival llamado “Floralia”. Tenía lugar entre finales de abril y principios de mayo, era alegre y ruidoso, la gente solía decorar las puertas y las calles con flores, se vestían de colores brillantes para simbolizar que la tristeza entonces parecía tan pequeña y carente de poder, se organizaban juegos y espectáculos, se bebía, se comía y no cabía un alma más en aquellas ciudades romanas recostadas bajo un sol renacido.
Esta necesidad de echar mano de la belleza nunca se fue. Por el contrario, evolucionó hasta convertirse en los carnavales que hoy constituyen un motivo de orgullo para ciudades como Venecia o Rio de Janeiro.

Pero para los pueblos originarios de América, el significado del equinoccio de primavera iba más allá de lo que actualmente podemos intuir, con nuestra mente embotada por la modernidad y un excedente de prácticamente todo.
Un ejemplo grandioso del conocimiento astronómico maya es el fenómeno de la pirámide de Kukulcán, que ocurre invariablemente cada 20 o 21 de marzo cuando el sol se alinea de tal manera que la luz proyecta sombras triangulares en la escalinata norte de la pirámide, formando la ilusión de una serpiente que desciende majestuosa, es la serpiente emplumada para la cual nada permanece oculto.

¿Quién diría que la suave y cálida caricia de los rayos del sol nos pondría tan contentos? Ya las antiguas civilizaciones intuían que hay ciertos sucesos apabullantes en nuestro mundo que vale la pena observar y hasta reverenciar, fenómenos que impactan directamente en nuestra felicidad, que nos recuerdan la necesaria vuelta a la sencillez, a la apreciación de los milagros cotidianos. Después de todo, todos los habitantes de esta pequeña y afortunada casa azul solo tenemos en promedio 75 oportunidades de observar el cambio de las estaciones, si tenemos suerte.

*CONTACTO FB: https://www.facebook.com/ximena.monroy.9634




