Columna: TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por: Rocío Salazar Sánchez*
El tiempo pasa, las estaciones nos alcanzan y, sin darnos cuenta, olvidamos que cada una posee su propia magia. Lo mismo ocurre con la historia: también transita por sus propias estaciones, y en ellas distinguimos primaveras llenas de esplendor. Dentro de esas épocas luminosas, hubo un rubro que floreció con fuerza en muchos rincones de México: las artesanías. Hoy quiero detenerme en la magia particular de nuestro municipio y en el valor de aquello que nace de las manos de nuestra gente.

Las artesanías son un puente entre los recursos naturales, el conocimiento heredado y la creatividad personal. Cada pieza es única porque lleva la energía de quien la crea: cada golpe, cada puntada, cada pincelada es un gesto honrado, paciente y lleno de corazón.
En Atlacomulco, por ejemplo, la elaboración del violín y la guitarra pequeña es un proceso comunitario. Varias familias participan: unas arman el esqueleto, otras lijan, otras pintan y otras realizan el acabado final. Finalmente, los vendedores llevan estas piezas a distintos rincones del país, especialmente a los destinos turísticos donde se reconoce su valor.
En San Pedro de los Metates aún se conserva —aunque con menor frecuencia— el tallado de molcajetes y metates, herramientas que antes eran indispensables en la cocina y que hoy han sido desplazadas por aparatos electrónicos. En los ejidos de El Rincón, los artesanos continúan tejiendo palma para adornos de Semana Santa y arreglos navideños, creando formas extraordinarias con manos hábiles. También están los jarritos de barro, las ollas para piñatas y las cazuelas que se elaboran rumbo a Temascalcingo.

Las artesanías aportan identidad y, en muchos casos, nacen de la necesidad de generar ingresos; en otros, del deseo profundo de preservar una herencia.

Cuando era pequeña, mi papá nos llevaba a mi hermana y a mí al tianguis, donde había un puesto atendido por una ancianita que vendía artesanías en miniatura. Dice mi mamá que yo disfrutaba romperlas —quizá por el sonido, no lo sé—, pero con el paso de los años esas piezas se volvieron mi pasión. Hoy diseño bisutería con artesanías en miniatura, y quienes me conocen siempre me relacionan con ellas. Es mi forma de compartir el amor por lo nuestro, para que otros puedan vincular un sentimiento lindo con una pieza única, cuyo valor emocional supera con creces el monetario. Aprender a valorar lo que se siente, más que lo material. Una persona muy querida me contó que, al estar exiliado lejos de su país natal durante su infancia, las artesanías que conservaba su familia simbolizaban el amor por su tierra, por los recuerdos familiares, y lo reconectaban con ellos a pesar de la distancia.
Nuestro Estado de México es un abanico de posibilidades: las muñequitas mazahuas de Temascalcingo, los bordados de San Felipe del Progreso, los árboles de la vida de Metepec, la miniatura en madera de San Antonio la Isla, los molinillos de Santa María Rayón, las artesanías de piedra de Teotihuacán, el alfeñique de Toluca, las piñatas de Acolman o la cerámica de alta temperatura de El Oro y San Bartolo Morelos. Y si miramos hacia los estados vecinos, descubrimos aún más expresiones de una cultura ancestral que nos llena de orgullo.
Por eso, los invito a mirar hacia lo nuestro. A elegir regalos que no dependan de marcas populares, sino de manos mexicanas. A compartir algo único, algo que permita que nuestros artesanos sigan creando y que esta hermosa actividad no se pierda con el paso de las generaciones. Consumamos lo nuestro y digamos con orgullo: “Hecho en México”.

El tiempo libre nos permite recrearnos, llenar el alma y tomar fuerzas. Una artesanía puede convertirse en el recuerdo de un viaje, de un momento compartido o de un instante feliz con la familia. Busquemos esos objetos que queremos que perduren, que se graben en nuestra memoria y que, cada vez que los veamos, nos regresen a esos momentos que amamos.

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