Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
Se ha dicho incontables veces que hubo algún momento indefinible de la Historia en el que comenzamos a articular las palabras, milagros pequeños e inesperados que brotaron repentinamente de las bocas de los primeros humanos. Si es que se les podía llamar así en aquel misterioso instante.

Desde entonces todos vamos envueltos en palabras, las llevamos a todos lados como el cabello, como los zapatos o como un dólar de la suerte dentro de la cartera.
Con ellas construimos mundos imaginarios y verdaderos, cimentamos relaciones, prometemos y de hecho prometemos tantas cosas -a veces con esperanza y a veces a sabiendas de que dichas promesas son solo polvo- maldecimos con furia, herimos y después –como era de esperarse –nos arrepentimos y pedimos perdón.

En esencia, moldeamos nuestra vida alrededor de las palabras, por lo tanto su existencia es obligatoria e indispensable. Las necesitamos -como ya he mencionado en otras ocasiones- con la misma urgencia que el oxígeno, el agua, los alimentos y el sueño.

Según ciertos estudios realizados por científicos de la Universidad de Arizona, el número de palabras que pronunciamos al día es muy variable. Hay personas que reúnen características específicas que las impelen a pronunciar 120 mil palabras al día, y algunas otras que a duras penas pronuncian 100.
Pero lo que parece cierto es que hace casi dos décadas el promedio de palabras diarias rondaba las 16 mil y en los últimos años, esa cifra cayó a 13 mil, lo que significa que estamos dejando de comunicarnos verbalmente para darle prioridad a la utilización de medios digitales.

Particularmente con la palabra escrita, se han realizado grandes malabarismos a lo largo del tiempo, hazañas literarias que representan la más pura esencia de nuestro arte, el arte creado por seres humanos para seres humanos.

Novelas en cuya laberíntica inmensidad nos hemos perdido y vuelto a encontrar, poemas que resumen las características de nuestra propia vida -como si estuvieran escritos para nosotros- cuentos que leemos a los niños pero intuyendo dentro de ellos un significado más sutil, y versos a los cuales se les añade música para crear quizá la forma de expresión artística más universal y definitoria: la canción.

Las canciones convierten a las palabras en aves que despegan del papel.
Pero aún hay una forma de literatura más discreta, de cuyas implicaciones no se ha hablado demasiado, no diseñada para imprentas o grandes casas editoriales sino para ser leída por personas concretas en sus habitaciones y en su intimidad: las cartas. He aquí que la comunicación también puede ser arte. Y lo fue durante siglos.

Mi acercamiento con las cartas no va más allá de haber aprendido sus características y cómo redactarlas en la escuela, pero debido al tiempo en el que nací, jamás tuve ocasión de escribir y enviar alguna, pues hacía bastante tiempo que habían caído en desuso.

Sin embargo, he oído las aseveraciones nostálgicas de quienes sí se comunicaron de este modo en el pasado, asegurando que aquellas sensaciones implícitas se han perdido para siempre, que las cartas tenían algo -quizá un aire o un regusto- realmente especial.

Analizando este hecho, se hace patente que no es tanto la carta sino la necesidad de recibir respuesta. Al no recibirla, es evidente que algo anda mal. Quizá la carta se extravió, la persona cambió de dirección sin dar señas o explicación, o peor aún, no quiso responder, o había enfermado o había muerto. En cualquier caso, era un mal presagio, señal de debacle.
En la actualidad, con los sistemas de mensajería instantánea y correos electrónicos, seguimos escribiendo cartas pero sin la consciencia que implica el papel y la pluma. De pronto nos encontramos esperando en vano la respuesta a un correo y nos preguntamos por el infortunio que causó su demora. El pequeño desastre con el que se encontró en su camino.

En las aplicaciones de mensajería continuamos esperando con ansiedad que aparezcan ambas palomitas y que se tiñan de azul lo más pronto posible, porque tenemos sed de respuestas.

Enfrentarse al dolor y a la angustia de la no respuesta es algo que no representa novedad para nadie. Sorprendentemente, aun cuando en todo momento nos encontramos envueltos en una gruesa cobija de palabras, la mayoría de las veces elegimos callar lo esencial, a riesgo de causar daño con nuestro silencio o de vernos a nosotros mismos arrepentidos ante la falta de oportunidades para decirle a alguien lo hermoso que era, lo bien que lo hizo, lo mucho que lo amábamos.
Hay ocasiones, sobre todo cuando existe una separación, en que el silencio que elegimos guardar se convierte en una gran pena.

Leí hace unos meses acerca de una exposición llevada a cabo en el Palacio Postal (CDMX) de cartas que nunca fueron entregadas y me resultó especialmente conmovedor leer ciertas frases: “papá te perdono”, “mamá te amo”, “estoy embarazada”. Palabras confinadas en frágiles hojas de papel, confiadas a la imperfección del sistema de correos que ese día falló en su cometido.
Tal vez estas personas jamás llegaron a saber esto, lo que me conduce a pensar en una posible lección o enseñanza; que hay ciertas ocasiones en la vida en que callar no es lo más oportuno, que debemos buscar los momentos para expresar lo esencial, jamás desperdiciar instantes porque la gran tragedia humana es que tarde o temprano todo se nos convierte en polvo, primero nuestras obras y luego nosotros mismos o viceversa. Sobre todo, se nos convierten en polvo las aves que hacemos despegar del papel (y ahora del teclado) o que anidan en nuestra voz.    

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