Columna: LA LIBRETA DE JACK
Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
El Día internacional de la Mujer, conmemorado el día 8 de marzo, no es una fecha aislada ni una consigna pasajera; es el pulso visible de una transformación social que, aunque con algunas pausas, avanza con la complejidad propia de todo cambio profundo. Cierto, el movimiento avanza más lento de lo que la urgencia de la violencia permite y más lento de lo que la dignidad merece, y ante esa parsimonia que parece no entenderse, surge un cuestionamiento: ¿Por qué el movimiento social surgido del 8M no logra consolidarse al ritmo que se espera? Respuestas sobran, pero la esencia pudiera entenderse, por el simple hecho de que se busca transformar algo más sustancial que un ordenamiento legal: transformar un modelo cultural, y éste no cambia con una marcha o con una reforma aprobada por unanimidad.

Cambiar la ley es posible en un periodo legislativo; cambiar la mentalidad colectiva requiere generaciones. El 8M avanza lento, porque enfrenta contradicciones internas. No todo movimiento social es homogéneo, existen divergencias estratégicas, debates sobre métodos, tensiones entre generaciones y corrientes ideológicas, y esa pluralidad, puede ser fortaleza, pero también puede diluir consensos y fragmentar esfuerzos.

El movimiento avanza lento, porque la costumbre suele convertir la desigualdad en paisaje cotidiano y hace que lo injusto parezca «normal», y porque a veces el miedo se convierte en «consejero silencioso» que susurra que cualquier cambio amenaza un orden establecido. Desde luego, la cuestión política influye, pues el feminismo a veces es utilizado por los partidos para fines políticos, y eso provoca que parte de la sociedad lo perciba como agenda partidista y no como agenda de derechos humanos, cuyo resultado divide su aceptación. Y si a ello, se adiciona la circunstancia de que el debate público generalmente se concentra en las formas de protesta y no en el fondo de las demandas sociales, el resultado de la premisa se desvía del objetivo.

También contribuye a esa dilación, el hecho de que no todas las mujeres se identifican con ese movimiento; y, por otra parte, resta en demasía, la acción de que, al saberse empoderadas, actúen con un status de superioridad y terminen «convirtiéndose» en aquello contra lo que habían luchado, pues a veces, sin advertirlo, una mujer puede convertirse en la crítica más severa de otra mujer, no por enemistad, sino por inercias culturales que han aprendido a competir antes que a acompañar. Al cuestionar esas miradas heredadas, es como puede transformarse la rivalidad en sororidad, y pasar de un ideal a una realidad pragmática.

El desafío es claro: convertir la fuerza simbólica del 8M en transformación estructural cotidiana, porque las mujeres no marchan por costumbre, marchan porque la realidad aún no cambia lo suficiente, y mientras eso no ocurra, el movimiento seguirá avanzando, tal vez lento pero decidido.

Eso sí, cuando un movimiento deja de ser simbólico y comienza a exigir transformación estructural, se vuelve «incómodo», y en el caso del 8M puede ser así, porque no pide permiso; porque no se conforma con el reconocimiento simbólico, o incluso, legal; porque no acepta flores como sustituto de justicia, y sencillamente, porque en una sociedad habituada a la cortesía superficial, la exigencia frontal suele confundirse con radicalismo. 

Por otra parte, sería injusto hablar sólo de lentitud sin reconocer los aciertos. El 8M, es y ha sido un proceso histórico en marcha, que ha logrado visibilizar lo que antes se callaba. Hoy la violencia de género no es tema marginal; es parte central del debate público, que ha impulsado reformas legales, protocolos de actuación, representación política, discusión abierta sobre derechos reproductivos e igualdad salarial, etc.

En suma, el éxito del 8M no está o estará en la competencia de géneros, sino en la transformación de la realidad social. Y esa, como toda obra profunda, se escribe en capítulos largos, en los cuales no debe olvidarse que las revoluciones más hondas no estallan: germinan. Y cuando florecen, ya nadie recuerda cuánto tiempo tomó sembrarlas. Dicho en palabras de Susan B. Anthony: «Los hombres, sus derechos y nada más; las mujeres, sus derechos y nada menos».

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