Columna: TURISMO Y TIEMPO LIBRE
Por Rocío Salazar Sánchez*
Hace algunos años aún era posible ir a pescar al río Lerma. Recuerdo a mi familia avanzando en fila, despacio, unida, buscando hongos después de una tarde lluviosa en las praderas cercanas al río; o a mi tío abuelo enseñándonos a sacar gusanos de maguey. También el ir al gallinero por un pato, una gallina o un conejo para la comida. No idealizo la vida en el campo, pero sí creo que preparar los alimentos con nuestras propias manos, en familia y con gratitud, convierte el acto de sentarse a la mesa en un ritual íntimo y delicioso.

Nuestros ancestros comían lo que daba la tierra, siempre de temporada, por salud y por economía. Muchos recordarán subir al cerro por tejocotes para hacer ate, o trepar árboles en tiempo de capulines para preparar tamalitos dulces. Mis padres me enseñaron a reconocer los quelites comestibles, y en casa de mi abuela nunca faltaban los quintoniles o las habas con cáscara. ¿Quién no disfruta un día de plaza comprando ensalada de nopales, tamalitos de charales, requesón recién hecho, chicharrón o tacos de barbacoa?
En mi tierra, Atlacomulco, compartir un taco placero no tiene precio. Su enorme tianguis es un atractivo por sí mismo. Como guía de turistas, llegué a llevar camiones enteros de visitantes, y era un gusto ver sus rostros después de almorzar ahí, maravillados por los sabores y por las cazuelas de barro que tanto aportan a un buen guiso. ¡Qué fortuna tener tanta variedad reunida en un solo lugar!

Hoy, sin embargo, valoramos cada vez menos el tiempo libre para comer. El éxito de la comida rápida lo demuestra: comer ya no parece requerir sentarse en familia. Antes, en Atlacomulco, había dos horas para volver a casa, comer y regresar al trabajo. Ese espacio permitía convivir, descansar y hasta tomar una siesta. En la vida acelerada actual olvidamos que el cerebro necesita prepararse para disfrutar un plato: verlo, olerlo, saborearlo sin distracciones, para que el cuerpo aproveche sus nutrientes y el alma su consuelo.

Cada vez es más común ver a personas comiendo con el teléfono en la mano o frente al televisor, sin atención a lo que tienen enfrente. Pero la comida también es memoria: un aroma puede devolvernos a la infancia, a la cocina de un ser querido, a un momento que nos marcó. Vivir en otro país me hizo valorar aún más la comida de mi tierra, parte esencial de nuestra identidad y de nuestras raíces familiares.
En la carrera de Turismo aprendí que la gastronomía es uno de los grandes atractivos de muchos destinos, especialmente aquellos que conservan la cocina tradicional. Oaxaca es un ejemplo emblemático: sus moles, insectos comestibles, mezcales y chocolates atraen a miles de visitantes cada año. México entero es un mosaico de sabores: los productos del mar en las costas, las tortillas gigantes del norte, los quelites y nopales del centro, y una infinidad de ingredientes que requerirían varios artículos para describir su magia.

Aprovechar el tiempo libre para viajar y conocer los sabores de México es un regalo. Pero también lo es cocinar en casa: preparar una receta heredada, compartirla sin esperar una fecha especial, conversar sobre su historia o simplemente disfrutar el placer de crear algo que nos llene el alma.

Todo lo que hagamos en nuestro tiempo libre para disfrutar la comida —sentirla, olerla, escucharla, crearla— vale la pena. Que cada plato nos nutra más allá del cuerpo. Que cada cucharada despierte nuestros sentidos. Que cada preparación sea un acto de amor. Pensemos en el camino que recorrió cada ingrediente hasta llegar a nuestra mesa y agradezcamos la posibilidad de compartirlo. Comer con calma, con conciencia y con gozo es un pequeño lujo cotidiano que siempre deja buen sabor de boca… y, a veces, un suspiro de felicidad.

*Lic. en Turismo

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