Columna: EL CINÉFILO  LATINO
Por Héctor Alejandro Serrano Ortiz*
En un país como el nuestro, donde el ruido del entretenimiento suele eclipsar las historias que verdaderamente nos interpelan, existe una urgencia silenciosa por recomendar y difundir un tipo de cine distinto: aquel que no busca únicamente distraernos, sino obligarnos a mirar con más atención la realidad que habitamos. México necesita más conversaciones alrededor de obras que, como el cortometraje Farmacias, se atreven a poner la cámara frente a la dignidad cotidiana de quienes sostienen el tejido moral de nuestra sociedad. No se trata sólo de celebrar el cine nacional por patriotismo cultural, sino de reconocer que algunas películas funcionan como espejos necesarios: nos recuerdan quiénes somos, qué injusticias normalizamos y qué gestos de humanidad aún resisten en medio de ellas. 
Recomendar este tipo de cine no es un capricho; es, en cierto sentido, un acto de responsabilidad cultural. Porque cuando una historia logra capturar con tanta honestidad la nobleza y el sacrificio de una vocación, compartirla se vuelve casi una obligación moral. Y es precisamente ahí donde el cortometraje Farmacias, de Martín Montellano, encuentra su lugar.
Hay profesiones que se eligen y hay vocaciones que eligen a quien las porta. Siempre he creído que la medicina es un camino donde el sacrificio es la medida misma de su grandeza. “Entregar tu vida por salvar la de alguien más” no me parece una frase romántica, sino un núcleo de lo que significa ser médico. Si me preguntas, la entrega es el ideal que nos define, porque sólo quien está dispuesto a poner su propio bienestar en segundo plano puede tocar verdaderamente el dolor ajeno. El sacrificio no empobrece al médico; lo eleva, lo convierte en una especie de puente entre el sufrimiento y la esperanza.
En el cortometraje Farmacias, de Martín Montellano, la Doctora María Teresa Acuña encarna esa verdad con una fuerza conmovedora y digna. Jubilada, sigue de guardia en el consultorio de “La Caridad” en Nochebuena. Su hija la espera con los nietos y la cena. Su cuerpo la traiciona con punzadas que la doblan de dolor. Pero ella se queda. No por dinero —las “limosnas” que menciona su hija con fastidio—, sino porque ha comprendido que, para ella, la vocación no admite ni horarios ni jubilaciones. Cada paciente atendido, cada receta explicada con paciencia, cada “permítame tantito” pronunciado con la frente perlada de sudor, es un acto de amor puro. La Dra. Tere ve seres humanos, no casos clínicos.
Antes de que llegue el relevo del molesto Dr. Vargas, la cámara ya nos ha mostrado el peso de esa elección. “Se supone que deberías estar aquí en 40 minutos porque Eric quiere que los niños abran los regalos temprano”, dice su hija. La Dra. Tere promete, miente con ternura, dice que el Dr. Vargas llegará “antes de que termine su turno”. Mientras cuelga, la fila sigue creciendo. Entra una mujer con su receta de cápsulas vaginales “en forma de huevo” que debe colocarse una vez al día durante seis días; la señora pregunta, confunde, y la Dra. Tere explica con una paciencia que ya le cuesta sangre. Luego el hombre que mira los medicamentos caros y dice con crudeza: “Para qué le compro medicinas si de todas maneras se va a morir”. La Dra. Tere le entrega el fármaco gratis y le desea Feliz Navidad.
La realidad de los “doctores de farmacia” de nuestro país es clara: condiciones precarias, contratos que eluden la ley laboral, consultas baratas, ausencia de prestaciones… En una sola palabra: desprofesionalización por injusticia estructural. Y, sin embargo, el médico mexicano casi siempre responde con más entrega, no con menos. Es casi como si el sacrificio no fuera la causa del problema, sino la respuesta digna. Y la Dra. Tere lo encarna: permanece porque entiende que su deber trasciende el sueldo, el horario y hasta su propio cuerpo.
Y el cuerpo, precisamente, le recuerda sus límites. Mientras atiende a la señora de 33 años (“¡Mire, tenemos la misma edad!”), el dolor se vuelve insoportable. La Dra. Tere examina la herida profunda en el brazo, limpia con gasa, intenta poner puntos. La paciente se queja. La Dra. Tere pide perdón, se retira un instante, pero regresa. Entra un hombre golpeado, borracho, que se derrumba en la entrada. Luego otro que trae a su bebé: “Lleva tres días que no baila…”. La Dra. Tere atiende a todos, aunque cada movimiento le arranca un gemido, una punzada... Y entonces llega el pseudodoctor Vargas. El relevo prometido. Pero en lugar de gratitud, hay humillación: “¿Qué hace, Tere…? Última vez que me contradice, váyase”. La llama por su nombre de pila delante de la paciente, le quita autoridad, la trata como si fuera una intrusa en su propio consultorio. “La señora necesita puntos”. “Le aseguro que la revisé perfectamente bien”. Vargas la ignora, la reporta, la reduce a “enferma”. La Dra. Tere, con 67 años, divorciada, con décadas de experiencia, es despojada del título que más ama y respeta: “Doctora”.
Por supuesto, hay límites. Sacrificar sueño, familia y bienestar sin medida también puede no hacernos mejores médicos; al contrario: puede llegar a vaciarnos de la humanidad que necesitamos para curar. Cuando el “deber ser” desplaza el amor que nos trajo hasta aquí, la vocación se vuelve obligación hueca y la culpa sustituye a la pasión. La Dra. Tere misma se arriesga al potencial de vivirlo en carne propia: oculta a su hija la operación de emergencia, miente para no fallar, arriesga su vida. Y en ese punto, pareciera que, después de todo, el cortometraje susurrará una advertencia liminal: el sacrificio es hermoso, pero sólo conserva su sentido si no destruye al que lo ofrece. Porque un médico que se extingue deja de poder servir. La entrega total exige, paradójicamente, preservarse lo suficiente para seguir entregándose mañana.
En la sala de espera del hospital, la Dra. Tere sigue mintiendo por teléfono: “El doctor Vargas se puso mal del estómago… yo estoy bien, ya voy para allá”. En urgencias, la tomografía revela obstrucción intestinal. Debe ser intervenida de emergencia. Ella, médica de toda la vida, sabe exactamente lo grave que es. Aun así, no llama a nadie. Prefiere enfrentar la sala de espera sola. El dolor ya no se esconde. Pero incluso ahí, en el límite físico y emocional, la Dra. Tere sigue siendo quien es.
Y, sin embargo, cuando el sacrificio se hace con conciencia y con límites claros, produce momentos que justifican toda una vida. En esa misma sala de espera, un niño —el único que no ha olvidado el título— la mira y dice con naturalidad luminosa: “Feliz Navidad, doctora”. Una palabra. Una paleta entregada en respuesta. En ese gesto mínimo, la Dra. Tere recibe la única recompensa que realmente importa: el reconocimiento de que su sacrificio valió la pena. Porque, como alguna vez leí de parte de un médico que citó la metáfora de un árbol, “¿quién traería nuevas flores a nuestro árbol si no fuera por los médicos? ¿Quién crearía nuevas ramas? Sin ellos, los sueños no realizados de generaciones pasadas morirían enterrados bajo sus propias raíces”.
La labor de ser médico, entonces, es noble precisamente porque exige sacrificio. No un sacrificio ciego ni autodestructivo, sino uno consciente, generoso y limitado por la sabiduría de preservar la propia humanidad. En México, a veces se comete el error de mercantilizar el cuidado: las cadenas farmacéuticas convierten la caridad en negocio y la vocación en mano de obra barata. Pero la Dra. Tere nos recuerda que todavía es posible elegir el deber por encima de la comodidad. Que seguir de guardia en Nochebuena, atormentado y adolorido pero firme en el puesto, no es debilidad ni terquedad; es la forma más alta de amor que un ser humano puede ofrecer.
Farmacias honra a la Dra. Tere y, al honrarla, nos obliga a mirar con respeto a todos los médicos que, como ella, han decidido que su vida vale menos que el alivio que pueden dar. El sacrificio es su gloria. Los límites, su sabiduría. Y entre ambos late el corazón mismo de la profesión: esa rara y hermosa capacidad de entregar todo sin llegar a perderse del todo.
Porque al final, comprendemos que aquella Nochebuena no fue solamente una jornada más en la vida de la Dra. Tere. Fue, en cierto sentido, una revelación muda. Mientras el mundo seguía su curso —las familias abriendo regalos, los niños riendo alrededor de los árboles iluminados, las mesas llenas de comida—, ella habitaba otro tiempo: el de quienes sostienen la vida ajena cuando la propia tiembla. No salvó únicamente a sus pacientes esa noche. Salvó algo más frágil: la profunda dignidad de su vocación. Hay en su figura algo parecido a esos árboles antiguos de la metáfora que, aun cuando el tronco se agrieta, siguen ofreciendo sombra, flores y fruto a quienes pasan bajo sus ramas. 
El cuerpo de la Dra. Tere se quiebra, el mundo olvida pronunciar su título con respeto, pero hay algo que permanece intacto, algo que ninguna humillación ni ninguna enfermedad logra erosionar: la certeza de haber vivido para los demás. Ahí reside la verdadera eternidad de su gesto. No en el recuerdo que otros conserven de ella, sino en la huella invisible que queda cuando una vida decide arder, con ternura obstinada, para iluminar la oscuridad de otros. Una existencia que se consume… y al hacerlo, nos enseña que el amor —cuando es verdadero— no se agota nunca.
Para ver el cortometraje online, mandar un mensaje al Instagram oficial: https://www.instagram.com/farmacias_shortfilm

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