Columna: REPORTAJE CENTRAL
Por Francisca Feliciana García Martínez*
Creencias, rituales y preceptos morales forman el núcleo de toda religión, entrelazados como aspectos de una misma realidad. Las creencias moldean la visión del mundo; los rituales —adoración, peticiones, sacrificios y ofrendas— se realizan en tiempos y lugares específicos; y los preceptos establecen un orden moral que norma tanto la conducta diaria como los actos litúrgicos.
El culto al dios solar, con sacrificios que simbolizan su renacimiento o resurrección, es anterior al cristianismo: se practicaba entre romanos, arios y celtas. Las antiguas culturas agrícolas celebraban así la llegada de la primavera y el resurgir del Sol, lo que explica la coincidencia en esta época de los nacimientos de diversas deidades en las religiones más importantes.
Para los católicos, la Semana Santa representa el momento litúrgico más significativo: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Precedida por la Cuaresma —40 días de recogimiento y reflexión—, inicia con el Domingo de Ramos, cuando los fieles portan palmas que evocan la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y el recibimiento fervoroso de sus habitantes, simbolizando la fe en Cristo.
Los días jueves, viernes y sábado santos marcan la transición del mundo viejo al nuevo, una renovación personal a través de la muerte de Jesús, quien, según los textos bíblicos, “murió por todos nosotros”. Algunos investigadores destacan que fue condenado y crucificado por sus ideas de liberación frente a la explotación del Imperio Romano. Antes de su muerte se recuerda la Última Cena, la traición de Judas y la Vía Crucis.
Antes de la conquista europea, los indígenas no celebraban la Semana Santa tal como la conocemos, aunque festejaban el equinoccio de primavera, como evidencian glifos, estelas e inscripciones en las principales ciudades prehispánicas.
CRUCÍFEROS DE TEMASCALCINGO
En Temascalcingo, la Semana Santa cobra vida con la participación de los Crucíferos, una tradición que data de 1885, iniciada por el Padre Marciano. Tras un lapso de 15 años, se reanudó en abril de 1902 (según datos del señor Othón Vicente López Rodríguez). Jóvenes de comunidades, barrios y la cabecera municipal cargan pesadas cruces y escenifican la Pasión y Crucifixión de Cristo.
En pueblos mazahua y otomí, la representación se realiza en sus propias iglesias desde finales de los años 1960. Recuerdo que asistían personas de Santiago Coachochitlán y el Barrio de Bombaró como fariseos, mientras el señor Anacleto García azotaba al actor que representaba a Jesús.
Hoy, bajo el sol ardiente del mediodía, la Hermandad, Penitencia y Manda de los Crucíferos se unen año con año —generalmente entre finales de marzo y abril, según el calendario litúrgico— para revivir este ritual. La preparación comienza desde el Miércoles de Ceniza con procesiones y caminatas cargando cruces; las penitencias se realizan los miércoles y viernes de Cuaresma como símbolo de hermandad y preparación espiritual.
Al menos entre 150 y 350 participantes, vestidos con túnicas blancas, rostros cubiertos por paños blancos y descalzos, parten de la iglesia de San Miguel Arcángel. Cargan cruces de 120 a 200 kilogramos para sentir el sacrificio de Jesucristo por el perdón de los pecados. En la cintura llevan una cinta que ayuda a soportar el peso; en las manos, la “disciplina” (un instrumento de flagelación).
El recorrido silencioso de unos 3 kilómetros dura aproximadamente hora y media, bajo el sol quemante. Se pausa en las “caídas” de Cristo: al sonar una matraca, los portadores extienden los brazos para golpearse los hombros, mientras sus compañeros se arrodillan y se flagelan la espalda. “Lo hacen para disipar las culpas”, explica el presidente de la Hermandad. El silencio y el respeto son absolutos; los rostros ocultos esconden tanto el dolor como la identidad.
La tradición cobró fuerza desde 1902 y culmina el Viernes Santo con el Santo Entierro en el cerro del Calvario, donde se guardan las cruces para el siguiente año. Con más de 140 años de existencia, esta manifestación de fe reúne a habitantes del municipio, comunidades vecinas, medios de comunicación locales, estatales, nacionales e internacionales.
Los Crucíferos de Temascalcingo representan una de las tradiciones más relevantes y conmovedoras del municipio: un testimonio vivo de devoción, hermandad y penitencia que perdura generación tras generación.
DE LA AUTORA
Francisca Feliciana García Martínez es una destacada cronista, investigadora y escritora originaria de Temascalcingo, municipio del norte del Estado de México. Reconocida por su profundo conocimiento de la historia, tradiciones, cultura mazahua y otomí, así como las costumbres religiosas y populares de su región, ha dedicado gran parte de su vida a documentar y preservar el patrimonio intangible de su comunidad.
Trayectoria y reconocimientos
  • Fue Cronista oficial de Temascalcingo (cargo que ocupó durante varios años).
  • Forma parte activa de la Asociación Mexiquense de Cronistas Municipales (AMECRON), donde ha sido distinguida como Cronista Emérita (título honorífico que se menciona en publicaciones y colaboraciones recientes).
  • Ha participado como integrante de jurados dictaminadores en proyectos culturales, como los del Programa de Apoyo a la Cultura Municipal y Comunitaria (PACMYC), y en eventos como la Feria del Libro de las Ciencias Sociales y Humanidades.
  • En 2015, colaboró con la Filmoteca de la UNAM en la colección «Pueblos Mazahuas», aportando conocimiento sobre tradiciones y danzas de la región norte del Edomex, lo que la posicionó como referente en la preservación audiovisual y etnográfica de comunidades indígenas.
Obra y contribuciones
Sus textos se centran en temas como:
  • Tradiciones religiosas y sincretismo (por ejemplo, los Crucíferos de Temascalcingo, la celebración del Señor de la Coronación para despedir el año viejo, o rituales como Xita Corpus para invocar la lluvia y la prosperidad agrícola).
  • Patrimonio cultural mazahua y otomí (danzas, procesiones, fiestas patronales y representaciones de la Pasión).
  • Historia local de Temascalcingo, incluyendo datos precisos sobre el origen de costumbres desde el siglo XIX (como la tradición de los Crucíferos desde 1885, reanudada en 1902).
Ha publicado artículos y colaboraciones en medios como Revista d’interés (donde ha escrito sobre los Crucíferos y Xita Corpus), La Jornada Estado de México, plataformas culturales como México es Cultura, y en publicaciones de la AMECRON. Sus escritos combinan investigación histórica, testimonios orales (como los de Othón Vicente López Rodríguez o Anacleto García) y una narrativa respetuosa y emotiva que resalta la devoción, la hermandad y la continuidad generacional.
Legado
Francisca Feliciana es una figura clave en la defensa y difusión de la identidad cultural de Temascalcingo y la zona norte del Estado de México. Su trabajo no solo documenta, sino que mantiene viva la memoria colectiva de comunidades indígenas y mestizas, contribuyendo a que tradiciones centenarias como las de Semana Santa o rituales agrícolas perduren y se conozcan más allá de lo local. Ha donado obras artísticas (como cuadros del Cerro de Jocotitlán) y participa activamente en eventos culturales, conferencias y preservación del patrimonio.
Aunque no se cuenta con una biografía extensa y formal en fuentes públicas (su perfil es más bien el de una cronista comunitaria activa y discreta), su presencia constante en publicaciones culturales, redes de cronistas y medios regionales la consolida como una voz autorizada y respetada en el ámbito de la crónica municipal mexiquense.
*CONTACTO FB: https://web.facebook.com/feliciana.garcia.martinez.2025

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