Columna: CIENCIA
Por: Raymundo Sánchez Orozco*
Son las siete de la mañana. Antes de levantarse de la cama, una joven toma su teléfono y abre sus redes sociales. En pocos minutos ha visto imágenes de incendios forestales gigantes, noticias sobre olas de calor récord, fotos de ríos secos y un video que afirma que “el planeta ya no tiene solución”. Sin darse cuenta, el día empieza con una sensación pesada: miedo, tristeza, urgencia. Parece que todo está colapsando al mismo tiempo. Pero, ¿realmente el mundo se está derrumbando a esa velocidad, o las redes sociales están influyendo en cómo lo percibimos? Vivimos en una época en la que casi todo lo que sabemos sobre el medio ambiente lo conocemos a través de una pantalla. Plataformas como Instagram, TikTok o X nos muestran incendios en un continente, inundaciones en otro y sequías en otro más, todo en cuestión de segundos. Esto tiene algo impresionante: estamos más informados que nunca. Pero también tiene un efecto inesperado. Nuestro cerebro no está preparado para recibir tantas imágenes impactantes seguidas. Cuando vemos desastres una y otra vez, empezamos a sentir que están ocurriendo constantemente y en todas partes. Es como si el planeta estuviera en llamas las 24 horas del día. Sin embargo, lo que vemos es una selección. Las redes no muestran todo: muestran lo que más llama la atención. Y lo que más llama la atención suele ser lo más extremo. Las plataformas digitales funcionan con algoritmos, es decir, programas que aprenden qué tipo de contenido nos hace detenernos más tiempo. Si un video dramático sobre el “fin del mundo” genera muchas reacciones, comentarios y compartidos, el sistema lo mostrará a más personas. El contenido que provoca emociones fuertes como miedo, enojo o sorpresa suele difundirse más rápido que el contenido tranquilo o explicativo. Por ejemplo, un titular alarmante como “Nos quedan cinco años” puede volverse viral en pocas horas. En cambio, un análisis detallado sobre avances en energías renovables probablemente tenga menos alcance. Esto no significa que la crisis ambiental no sea real. Lo es, las temperaturas están aumentando, los eventos extremos son más frecuentes y muchas especies están en peligro. Pero la manera en que la información se presenta puede hacernos sentir que no hay salida. Y ahí aparece un fenómeno cada vez más común, especialmente en jóvenes: la sensación de que el futuro está perdido. Ver constantemente mensajes que hablan de colapso puede generar angustia, frustración e incluso culpa. Algunas personas se preguntan si tiene sentido planear a largo plazo, formar una familia o imaginar un futuro estable.

Sin embargo, las redes sociales no son solo una fuente de miedo. También han sido una herramienta poderosa para el cambio. Movimientos ambientales juveniles crecieron gracias a la difusión digital. Campañas de reforestación, limpieza de playas o reducción de plásticos han logrado miles de voluntarios gracias a un simple hashtag. La misma tecnología que amplifica la preocupación también puede amplificar la esperanza. El problema surge cuando solo consumimos una parte de la historia. Mientras un incendio ocupa titulares, en otro lugar se están restaurando bosques. Mientras una ciudad sufre una inundación, otra está implementando soluciones para adaptarse al cambio climático. Pero estas noticias positivas suelen ser menos “virales”.
Otro detalle importante es la velocidad. La ciencia avanza paso a paso, revisando datos con cuidado. En redes sociales, la información circula en segundos. A veces un estudio preliminar se comparte como si fuera una verdad definitiva. Se pierden los matices, las explicaciones y los contextos. El resultado es una sensación de urgencia constante, como si todo estuviera ocurriendo de golpe y sin solución posible.
Entonces, ¿qué podemos hacer? Lo primero es recordar que nuestra pantalla no es el mundo completo. Es solo una ventana, y además una ventana filtrada por algoritmos. Podemos elegir seguir cuentas que expliquen los temas con calma y claridad. Podemos verificar la información antes de compartirla. Podemos equilibrar lo que vemos buscando también soluciones y avances. También es importante transformar la preocupación en acción. Participar en iniciativas locales, informarse mejor, reducir nuestro impacto ambiental o apoyar proyectos sostenibles puede devolvernos la sensación de que sí tenemos un papel en esta historia. La acción, incluso pequeña, reduce la sensación de impotencia.
El medio ambiente enfrenta desafíos reales, y es importante no ignorarlos. Pero vivir en un estado permanente de alarma tampoco ayuda. Necesitamos información honesta, sí, pero también equilibrada y constructiva. Las redes sociales pueden hacernos sentir que el colapso es inmediato e inevitable. Pero también pueden conectarnos con millones de personas que trabajan por soluciones todos los días. La diferencia está en cómo usamos esas herramientas.
La próxima vez que abras tu teléfono y veas una noticia alarmante, detente un momento. Pregúntate: ¿es toda la historia? ¿Qué soluciones existen? ¿Qué puedo hacer yo, aunque sea pequeño?
El futuro del planeta no se decide solo en un algoritmo. Se construye en decisiones colectivas, en políticas públicas y también en nuestras acciones cotidianas. Y aunque las redes puedan amplificar el miedo, también pueden amplificar algo mucho más poderoso: la voluntad de cambiar.

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