Columna: SEMBRANDO CIENCIA
Por: Dra. en C. Sandra Blas-Yáñez; Dr. en C. Juan Martín Talavera-González*
Cuando un colibrí aparece en el jardín, el tiempo parece detenerse. Su diminuto cuerpo vibra frente a una flor como si desafiara las leyes de la física. Permanece suspendido en el aire durante unos segundos, como si flotara. En realidad, lo que observamos en este instante es el resultado de millones de años de evolución y de una fisiología extraordinaria.

En el Estado de México, este pequeño visitante no solo es una maravilla biológica. También forma parte de la identidad natural y cultural de la región, además de desempeñar un papel fundamental en el equilibrio de los ecosistemas.
Un prodigio evolutivo en miniatura.

Los colibríes pertenecen a la familia Trochilidae, un grupo de aves endémicas del continente americano que habita desde Alaska hasta Argentina. México alberga una gran diversidad de estas aves: se han registrado alrededor de 58 especies, varias de ellas presentes en los bosques templados y zonas montañosas mexiquenses.

Son consideradas las aves más pequeñas del mundo. Muchas especies miden entre 6 y 12 centímetros y pesan solo unos cuantos gramos. Sin embargo, en este cuerpo diminuto esconde una maquinaria fisiológica de altísima precisión.

Durante el vuelo activo, su corazón puede latir más de 1,000 veces por minuto, mientras que sus alas baten entre 50 y 80 veces por segundo, dependiendo de la especie. A diferencia de otras aves, el movimiento de sus alas describe una figura similar a un “ocho”, lo que les permite generar sustentación tanto al subir como al bajar.

Gracias a esta adaptación pueden realizar maniobras únicas en el mundo de las aves: mantenerse suspendidos en el aire frente a una flor, volar hacia atrás, desplazarse lateralmente y cambiar de dirección con gran rapidez. De hecho, son las únicas aves capaces de volar en reversa de forma sostenida.

Pero este tipo de vuelo exige un gasto energético enorme. Por eso los colibríes poseen uno de los metabolismos más acelerados entre los vertebrados. Necesitan alimentarse constantemente para sobrevivir. Si pasan demasiadas horas sin consumir energía, pueden entrar en un estado llamado torpor, una especie de “ahorro energético” nocturno en el que disminuyen su temperatura corporal y su ritmo cardiaco para conservar energía y evitar morir.

Lo que para nosotros es simplemente una noche tranquila y de descanso, para un colibrí puede ser una estrategia extrema de supervivencia.
El diseño perfecto: pico, lengua y plumaje.

La forma del cuerpo del colibrí revela su estrecha relación con las flores.

Su pico es largo, delgado y altamente especializado. No todos son iguales: algunos son rectos, otros curvos, algunos más cortos y otros extremadamente largos. Esta diversidad permite que distintas especies accedan a diferentes tipos de flores.

Su lengua es otro prodigio evolutivo. Es bifurcada y posee diminutas estructuras que funcionan como canales microscópicos, lo que le permite absorber el néctar con gran eficiencia. En cuestión de segundos puede extenderla y retraerla decenas de veces para extraer la energía líquida de las flores.

El plumaje del colibrí también tiene algo de mágico. Sus colores intensos, verdes brillantes, azules profundos o rojos metálicos, no provienen realmente de pigmentos. Se deben a estructuras microscópicas en las plumas que refractan la luz. Es un fenómeno físico que provoca que los colores cambien dependiendo del ángulo desde el cual los observamos.

Ese brillo que parece salido de un cuento es, en realidad, pura física aplicada por la evolución.
¿Por qué necesitan tanto alimento?

El vuelo suspendido es uno de los movimientos más demandantes en términos energéticos. Para mantenerse en el aire frente a una flor, el colibrí quema rápidamente las calorías obtenidas del néctar.

A lo largo del día puede visitar cientos de flores. Además del néctar, también consume pequeños insectos que le aportan proteínas esenciales para el mantenimiento muscular.

Sin embargo, esta extraordinaria demanda energética también lo vuelve vulnerable. La pérdida de flores nativas, el uso de pesticidas y la fragmentación de hábitat reducen sus fuentes de alimento. Para un animal con un metabolismo tan acelerado, la escasez de flores no es un problema menor: es una amenaza directa a su supervivencia.

Del campo de batalla al jardín.

Pero el colibrí no solo destaca por su biología extraordinaria, también ocupa un lugar profundo en la memoria cultural mexicana.

En la tradición mexica estuvo asociado a Huitzilopochtli, dios del Sol y la guerra. Representaba fuerza, energía y transformación. Entre los pueblos nahuas se creía que los guerreros caídos en batalla renacían como colibríes o mariposas, viviendo eternamente entre flores. Esta idea unía el concepto de muerte con renovación y continuidad de la vida.

Hoy, esa herencia simbólica sigue presente. En el Estado de México, el colibrí ha sido retomado como emblema de agilidad, renovación y vitalidad. No es casualidad: pocas especies expresan con tanta claridad la idea de resistencia y movimiento constante.
 Jardines que sostienen la vida.
Entender su fisiología cambia nuestra forma de verlo. Ya no es solo un visitante ocasional. Es un organismo que necesita energía constante, refugio y flores disponibles durante todo el año.
Por eso, los jardines urbanos y rurales cumplen un papel crucial en su conservación. Sembrar flora nativa no es solo una acción estética: es una acción ecológica.
Cuando incorporamos plantas locales que producen néctar en distintas temporadas, estamos creando pequeños corredores energéticos para colibríes y otros polinizadores. 
Evitar pesticidas, conservar arbustos, permitir la floración natural y promover jardines escolares polinizadores son acciones concretas que pueden marcar diferencia en entornos urbanos del Estado de México. 
La próxima vez que uno visite tu jardín, obsérvalo con atención y recuerda: ese pequeño latido en el aire es también el latido de nuestros ecosistemas.

Referencias.

  • Berrío, J. G. R. (2024). Colibríes. Córdoba España: Educativa Escartes. Obtido de https://proyectodescartes. org/iCartesiLibri/materiales_didacticos/Colibri.
  • Marín-Gómez, O. H., Flores, C. R., & del Coro Arizmendi, M. (2022). Assessing ecological interactions in urban areas using citizen science data: Insights from hummingbird–plant meta-networks in a tropical megacity. Urban Forestry & Urban Greening74, 127658.
  • Téllez-Colmenares, N & A. RicoGuevara. 2023. El efecto de la concentración del néctar sobre las estrategias de forrajeo entre colibríes (Aves: Trochilidae) en bebederos artificiales.
  • Ornitología Colombiana 24:2 -22 https://doi.org/10.59517/oc.e568

Tendencias