No es normal que tus nietos te ignoren o te miren con fastidio, como si tu presencia pesara, como si estorbaras en un mundo que ayudaste a sostener.
No es normal que te hablen con superioridad, como si ya no entendieras nada, como si tu experiencia no valiera, como si el paso del tiempo te hubiera quitado dignidad en lugar de haberte regalado sabiduría.
No es normal que vivas con miedo en tu propia casa.
Que midas cada palabra, que bajes la mirada, que camines con cuidado para no incomodar.
Esa casa que fue refugio, esfuerzo, sacrificio.
No es normal que te callen.
Que te hagan sentir menos por olvidar una palabra, por confundir una fecha, por repetir una historia que para ti aún late viva.
No es normal que se burlen de tu memoria frágil, de tus pasos lentos, de tus silencios largos llenos de recuerdos.
No es normal que nadie te escuche.
Que tu voz se vuelva invisible.
Que el amor que diste sin medida, sin condiciones, sin reservas, no regrese ni siquiera convertido en respeto.
No es normal que te humillen por ser viejo.
No es normal que te traten como carga.
No es normal que te abandonen emocionalmente mientras aún respiras, mientras aún sientes, mientras aún necesitas amor.
No es normal… y duele más cuando se vuelve costumbre.
Porque en tus arrugas hay caminos recorridos.
En tus manos temblorosas hay años de trabajo, de cuidado, de ternura silenciosa.
En tu mirada cansada hay una vida que resistió mucho más de lo que alguna vez contó.
Has amado.
Has perdido.
Has luchado.
Has llorado en silencio demasiadas veces.
Has sido sostén cuando nadie más podía, refugio cuando el mundo dolía, consuelo cuando otros se quebraban.
¿Y ahora te toca ser silencio?
¿Sombra?
¿Olvido?
No.
No lo mereces.
Mereces que te miren con gratitud.
Que te hablen con paciencia infinita.
Que te escuchen sin apuro.
Que te cuiden con la misma ternura con la que tú cuidaste cuando otros eran pequeños y frágiles.
Mereces respeto.
Mereces compañía.
Mereces un lugar donde no tengas que pedir permiso para existir.
Porque nadie, nadie debería llegar a viejo con miedo.
Ni con la tristeza profunda de sentirse olvidado por aquellos que un día durmieron tranquilos sobre su pecho.
No es normal… y ojalá, desde lo más hondo del alma, ojalá nunca más lo sea.