Columna: ANECDOTARIO DE MI PUEBLO
Por José Trinidad Mercado Mora*
Don Octaviano Ruiz, fue el cantor muy capaz y muy caballeroso que por muchos años prestó sus servicios, con la fe propia del cristiano, hasta su muerte. Manuelito Albarrán, ese hombre menudito, de ojos verdes, inquieto y parlanchín de magnífica voz metálica, fue también cantor, con la particularidad de que se había comprado un armonio plegadizo, para ayudar las misas cantadas en los pueblitos. Tenía un burrito viejo y mal comido al que le cargaba el pesado aparato.

El animal, pronto se cansaba, avanzando a paso de tortuga y esto le encorajinaba a Manuelito a grado tal, que lo tundía a varazo limpio con acompañamiento de fea música verbal, en la que le soltaba toda la gama de improperios conocidos y en notas musicales, adornándolas con fusas y semifusas de su cosecha.
Don Martí Becerril, más conocido en el Pueblo por “Mi Tío”, también dejó algún tiempo oír su voz grave entonando el canto gregoriano.
Mas he aquí que el Padre Villaloz, llegó a Atlacomulco con su propio cantor, más bien joven que maduro y muy aficionado a los “tanguarnices mañaneros”, como los llamaba él. Como cantor, era poco lo que daba, pero como organista, valía mucho. Este señor, llamado Aurelio Vargas, al hablar, arrastraba las RR con fuerza, de manera que al dar su nombre más o menos decía: Me llamo… Aurrrelio Varrrgas, lo que provocaba entre sus oyentes disimuladas risas.

Al ejercer sus funciones de cantor, con la gran práctica adquirida, a la terminación del Evangelio, y en lo que el sacerdote oficiante se disponía a explicarlo seguido del necesario sermón, don Aurrrelio, bajaba rápidamente del coro, salía de la iglesia, atravesaba el atrio, bajaba las graditas de la salida oriente, cruzaba la angosta calle y se introducía a la cantina del portal; verlo el cantinero y servirle las tres de ordenanza, todo era uno y en la misma forma pero a la inversa, regresaba al coro, con su tiempo perfectamente calculado, cuando el sacerdote estaba por terminar su homilía.

Aunque ya maduro en la líquida afición, los humos le hacían efecto y músico al fin, sentado al órgano comenzaba a tocar con sobra de sentimiento alguna música de la época y se inspiraba más, sabiendo que lo escuchaba su novia, tremolando Ojos de Juventud o Chuchita en Chihuahua o El Novillo Despuntando. El padre volvía la cara al coro en forma de reproche, mientras los fieles, a pesar de la solemnidad del sagrado oficio, tenían que cubrirse la boca para esconder una leve sonrisa.
Este era don Aurrrelio Varrrgas, hombre simpático por lo demás.

Extracto del libro MIS RECUERDOS DE ATLACOMULCO de José Trinidad Mercado Mora.





