Columna: DESDE LA BANQUETA.
Por Gabriel Escalante Fat*
“En las películas
te rescata un superhéroe;
en la vida real, un amigo”.
Anónimo.
COMPAÑERO.
En noviembre de 1970, seis días después de mi décimo cumpleaños, murió mi hermano Sergio —de 22 años de edad— a causa de leucemia linfoblástica aguda, que le quitó la vida cuatro semanas después de haber aparecido los primeros síntomas. Hoy, esa enfermedad, diagnosticada y tratada a tiempo, tiene una tasa de recuperación del 90% en niños y de más del 70% en adultos. En aquella época era incurable.
Puedo decir que aquél fue mi primer enfrentamiento con la muerte, ya que el fallecimiento de mi abuelo, 6 años antes, me encontró aún muy pequeño como para comprender la trascendencia del hecho.

Ni caso tiene mencionar que el dolor en la familia, a la partida de mi hermano, fue enorme y que el hueco que dejó en todos nosotros, tardó mucho en irse cerrando. En mi caso, hubo otra circunstancia que agravó aún más mi desolación de niño que pierde al hermano más apegado, el que más atención le prestaba, de quien más cosas mundanas aprendía. Pocos meses después de aquel noviembre triste, el perro de Sergio (un mestizo grande, negro y lanudo) y el mío (un Border Collie gris con blanco) enfermaron de parvovirus y hubo que sacrificarlos para evitarles el sufrimiento de una muerte por inanición o asfixia. De aquella experiencia, resolví que nunca tendría otra mascota. Nunca pude desligar la muerte de Sergio con las del Lobo y el Belcan.
La casa familiar no volvió a ser perturbada por un ladrido ni alegrada por el movimiento de una cola canina.

En 2005, me mudé con mi familia a una casa con jardín de cierta amplitud. Se empezó a considerar la posibilidad de tener un perro, a lo que me negué en redondo. Pretextos me sobraban, pero tras ellos, la única razón real era esa herida de la infancia, aún sin sanar. 9 años y algunas sesiones con una psicóloga después, me permitieron transigir y, a regañadientes, en octubre de 2014 acepté la llegada de Steve, un cachorrito de labradoodle o goldendoodle (en resumen, un mestizo), convencido de que yo me mantendría al margen de cualquier interacción con el peludo.

Pocas veces en mi vida he estado tan orgulloso de haber roto mi palabra. En unas cuantas semanas, mi resistencia fue vencida por la inexplicable aura que un cuadrúpedo incapaz de hablar, puede tener. Steve —nombrado así por sugerencia de mi hijo Guillermo, en honor a Steve Jobs— se convirtió en un miembro más de nuestra disfuncional familia, con certeza el más coherente de todos nosotros.

Por circunstancias que no vale la pena mencionar, Steve y yo nos alejamos por algunos períodos, para volvernos a encontrar tiempo después. Entre junio de 2024 y abril de 2025, tuve la inmensa fortuna de quedarme a cargo de él; en ese lapso, nuestro vínculo se reforzó como nunca y, a los 64 años, pude por fin entender a cabalidad la maravilla de contar con una compañía tan incondicional como la de un perro.

En abril del año pasado volvimos a separarnos, cuando a Steve se lo llevaron a vivir lejos de Guadalajara. A finales de enero fui informado de que el querido perro había vuelto a Guadalajara, pero que padecía cáncer en el hígado, en etapa terminal. Tuve la oportunidad de acompañarlo varias veces, de darle de comer, administrarle sus medicinas y despedirme de él, diciéndole con mi voz y con mis caricias que no tuviera miedo, que pronto estaría sin dolor y en paz.

El 8 de febrero se le concedió a Steve el regalo de una muerte digna y sin dolor que, estoy seguro, fue la mejor decisión para honrar y agradecer a un acompañante fiel y amoroso que vivió entre nosotros por once años y medio.
AMIGO.

La mañana de este miércoles 18 de febrero, falleció en mi pueblo, El Oro, Roberto Margil Flores Monroy, uno de los mejores amigos de mi hermano Sergio y uno de quienes me “adoptaron” como amigo.
En 2014, cuando fui invitado a participar en la primera edición del Foro Aurense de Historia y Estudios Regionales, del que Christian Bueno y Margil fueron cofundadores, dije de mi amigo:
“Margil, abogado de las causas perdidas y desesperadas, joven entusiasta, comerciante innovador, mecenas de proyectos industriales y culturales, político, ideólogo…”
Quise resumir en dos líneas, la vida de un aurense distinguido que en ese momento, a los 67 años de edad, se embarcaba en uno más de los muchos sueños que persiguió desde joven.
Hoy, en su memoria, intentaré pintar un retrato hablado de Margil, basado en algunas de las acciones que recuerdo y por las que mencioné los conceptos escritos líneas arriba. Desde luego que habrá imprecisiones, omisiones y errores, pero me escudaré en la máxima de García Márquez: La historia no es como fue, sino como uno la recuerda.

Joven entusiasta: Algunos recordarán el día de principios de los ’70, cuando el entonces presidente Echeverría visitó por única vez El Oro. Se preveía un acto breve, totalmente orquestado por el equipo presidencial de logística y controlado por el Estado Mayor… hasta que, al bajar del autobús, frente a la Secundaria Sánchez Colín, el presidente fue abordado por un joven economista de la UNAM, quien en pocas pero contundentes frases, le pintó la compleja situación de abandono y desesperanza por la que atravesaba el municipio. Cómo llamaría la atención de Echeverría aquel joven arrojado, que lo invitó a subir al autobús y continuar junto a él durante una parte del recorrido por la zona, escuchando las demandas que tenía Margil. Por esa misma época, Margil, junto a un grupo de jóvenes entre los que estaban Juan Manuel Corona, Pedro Odón Correa y José Luis Monroy (disculparán las omisiones), decidieron emprender la nada sencilla labor de editar una revista local, emulando a Germinal el periódico que en los años ’20 editaba don Trinidad Monroy, propietario de la imprenta y padre de José Luis. Siete números alcanzaron a ver la luz, con un formato innovador, contenidos interesantes, redacción muy cuidada y, sobre todos, el entusiasmo incomparable de Margil y sus “cómplices”. Comerciante innovador: Don Raymundo Flores y doña Enriqueta Monroy, lograron consolidar un próspero negocio de abarrotes y semillas. Con él, dieron a su familia un buen nivel de vida y a sus dos hijos, Margil y Rafael, educación universitaria en la máxima casa de estudios del país. Margil, el primogénito, convertido en economista, volvió al pueblo a aprender en la práctica la operación del negocio familiar y, unos años después, quedó a cargo del mismo. Pronto se notaron los cambios en la operación, en la comodidad para el cliente y en las relaciones laborales con los empleados. Un tiempo después hubo también una agradable cafetería, a cargo de su entonces esposa, Gelos Bueno, así como una salchichonería como nunca habíamos tenido en El Oro. Margil siempre quiso expandirse, tanto en territorio como en giro comercial. Unas veces con éxito, otras con duros frentazos, pero su capacidad de imaginar y poner en práctica sus ideas nunca se vio mermada. Mecenas de proyectos industriales y culturales: A Margil no le bastaban sus propios proyectos, le gustaba compartir su éxito. En los años noventa, impulsó a un amigo de la secundaria, Justo Sandoval, para que lograra instalar un taller de carpintería para fabricación de muebles rústicos, e incluso consiguieron tener una mueblería en la ciudad de Toluca. Le aportó capital, lo asesoró para obtener créditos, y lo aconsejó acerca de cómo manejar el negocio. ¡Juro que ese par contagiaba entusiasmo! Sería injusto no reconocer que, por la misma década, encontré en Margil un apoyo financiero para mi tambaleante negocio que muchas veces se quedaba sin capital para seguir operando. Él lo hacía por tres razones: por la amistad con mi hermano Sergio, por la amistad conmigo y porque le gustaba ver prosperar los negocios ajenos. Siempre estaré agradecido por su generosidad. Margil fue no sólo el principal promotor de la instalación de una preparatoria abierta en El Oro, sino que por varios años, financió de su propia bolsa los salarios de los profesores que, los sábados, venían al municipio a asesorar a los alumnos que cursaban en esta modalidad su educación media superior. Ignoro el monto que se gastó por ese concepto, pero puedo asegurar que no fueron tres pesos. Además, financió ediciones de libros, actividades artísticas y el ya mencionado Foro Aurense de Cultura, apoyando a su creador, Christian Bueno. Político, ideólogo: Siempre con un pensamiento de izquierda, a pesar de haber nacido y crecido con ciertos privilegios de clase media alta provinciana, Margil se mantuvo fiel a sus principios. En 1988 apoyó abiertamente a Cuauhtémoc Cárdenas y al FDN en su lucha por la Presidencia de la República y en 1989 formó parte del primer Comité Municipal del PRD en El Oro, partido por el que formó parte de la planilla (encabezada por Herbert Aguilar Lino) para las elecciones municipales de 1990 como primer regidor, obteniendo triunfos en las dos secciones correspondientes a la cabecera municipal y consiguiendo más del 20% del total de la votación, lo que le permitió acceder a una regiduría de representación proporcional en la administración 1991-93, siendo siempre una voz crítica y un servidor público eficaz y comprometido con la ciudadanía. El sueldo recibido por sus funciones como regidor, lo destinó íntegramente al sostenimiento de la preparatoria abierta. Vi por última vez a Margil en julio de 2019, en ocasión del evento de reconocimiento a aurenses ilustres que hubo en mi pueblo, a donde no he vuelto desde esa fecha. Mi amigo me ayudaba en aquel momento, de manera completamente desinteresada, con la difusión del libro con los textos escogidos de mi madre, que edité dos años antes. Si bien su cuerpo ya acusaba los 72 años que entonces acumulaba, su mente seguía trabajando como la de un joven que no concibe que está en las últimas décadas de su vida. Christian Bueno lo describió esta mañana como “Un soñador que quiso cambiar al mundo”. Es evidente que no lo logró, pero apuesto a que dos tuercas y algún engrane de este complicado planeta sí logró modificar. Si existe alguna clase de vida después de esta existencia terrenal, allí está ya Margil proponiendo, innovando, apoyando y comprometiéndose con las causas más inviables y al mismo tiempo más nobles de la humanidad. Y hoy, particularmente, no sé si es apropiado desear que Margil descanse en paz. No creo que ese deseo vaya con sus ideas. ¡Buen viaje, amigo! Agradecido contigo por siempre. Guadalajara, Jalisco, febrero 18, 2026.

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