A veces, los libros no registran todas las historias; a veces, se quedan en la memoria de la gente, pero cada relato, se alza como un faro en la penumbra, iluminando los senderos del pasado y el presente, con la certeza de estar sostenido en las voces antiguas que descansan en las alas del tiempo.
Los relatos son la manera más humana de afirmar que una sociedad existe, sueña y se reinventa en cada palabra compartida. Así, en el corazón de Atlacomulco, justo bajo la bóveda del Santuario del Señor del Huerto, se cuenta que al final de los años sesenta, dos hombres, coincidieron en espacio y fe, unidos por la misma reverencia y una sola esperanza: ser escuchados por el Cristo de milagros prodigiosos.
Allí, entre muros y vitrales que guardan siglos de fe, sus voces se fundieron en un mismo eco, y en esa devoción que no distingue personas, buscaron refugio y ayuda celestial. Uno de esos hombres, era el Profr. Carlos Hank González; el otro, un humilde campesino. El primero de ellos, solicitando el favor divino para ocupar la primera magistratura del Gobierno del Estado de México; el otro, recuperar a su burro extraviado en algún lugar del pueblo.
Ambos, externando sus plegarias; el primero, bien vestido, hincado en la fila de enfrente; el segundo, apenas tres bancas atrás, hincado con el sombrero apretado contra el pecho y las botas aún manchadas de tierra. Dos seres humanos, dos mundos, dos favores distintos, pero para cada uno de ellos, igual de valiosos e importantes.
Mientras el profesor elevaba una súplica en silencio, el campesino imploraba ayuda en voz alta, repitiendo con vehemencia, que el asno era todo su patrimonio y su principal herramienta de trabajo. Su ruego era tan insistente, que Hank González no pudo permanecer ajeno a la plegaria, pues no le permitía concentrarse en su «objetivo». Impaciente con la súplica del campesino, se dirigió a él, preguntándole el precio de su burro, obteniendo como respuesta, que no lo sabía con exactitud, pero ante la insistencia y con cierta indecisión, contestó que valía trescientos pesos. Hank González sonrió, y de su cartera, sacó el dinero para dárselo a aquel hombre, concluyendo con una frase: «Date por pagado, y por favor, no me distraigas al Señor del Huerto, que también le estoy pidiendo algo importante».
El campesino tomó el dinero con cautela, como quien recibe algo inesperado, y tras agradecer en voz baja, se retiró con una sonrisa tímida que no había llevado consigo al llegar. El Profesor cerró los ojos y retomó su plegaria. Esta vez no hubo impaciencia ni urgencia, sino una quietud nueva, como si el silencio hubiera sido concedido y no impuesto.
Aquella tarde, dos súplicas distintas fueron escuchadas, y ninguna tuvo que callar para que la otra encontrara su camino, en una historia que nadie imaginó que se escribiera entre veladoras encendidas y rezos encontrados.