Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*

¿Adónde va lo común, lo de todos los días:
el descalzarse en la puerta, la mano amiga
?
¿Adónde va la sorpresa
casi cotidiana del atardecer
?
¿Adónde va el mantel de la mesa,
el café de ayer
?
¿Adónde van los pequeños terribles encantos
que tiene el hogar
?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y adónde van…?
¿Adónde van?¿A dónde van?,

Silvio Rodríguez,1975

Conocí a un hombre.

No el tipo de hombre que se abandonaba a la tristeza o al ruido, no el tipo de hombre que esgrimía el reproche como su arma segura.

No el tipo de hombre melancólico, o que hallaba la vida insulsa e insuficiente.

No el hombre sin sentido.  Nunca el hombre gris que se pierde detrás de la cortinilla de los años.

Era, por el contrario, el hombre de los sueños, el hombre del café matutino.

El hombre del verano, el del envolvente calor, el hombre que hacía de lo cotidiano algo extraordinario.

Un hombre de risa abierta y franca, de palabras certeras. El hombre que hablaba en voz alta.

El de la danza, por supuesto tenía que haber tanta danza, suficiente como para llenar miles de frascos. Esa era danza en conserva, como los duraznos.
Y la hubo. Vaya si se llenaron demasiadas estanterías con esos frascos.

Y estaba también el color. El hombre del color o para ser exactos, era el sembrador del color. Lo esparcía con naturalidad, por todos lados y generosamente, como si sembrara tulipanes.

El de las miradas brillantes y oportunas.

El coleccionista de historias. Las había por montones. Historias de cada uno de nosotros. Y las suyas, adquiridas a lo largo de años y años de camino. Adquiridas a base de no quedarse quieto ni por un segundo.

El suyo era un contacto tan humano que ardía, ardía de humanidad.

Lo descubrió. Cómo se comporta un humano, un verdadero humano.

Tal vez este texto no sea un artículo, sino una oda, oda a una vida que se nos ha ido.

Decidí titularlo “La importancia de llamarse Ernesto” porque así se llamaba este hombre (mi tío), y su padre (mi abuelo) y su hijo (mi primo). 
Tomé el título para ésta publicación de una obra de teatro escrita por Oscar Wild, una comedia que funge como crítica a la sociedad victoriana. Como pueden ver, sólo he tomado el nombre porque me ha parecido de lo más adecuado pero ambos textos no tienen nada en común.
Es importante llamarse Ernesto en nuestra familia porque es el nombre patriarcal, la médula espinal en la que convergen los lazos consanguíneos.
En la Biblia se recoge un hermoso dialogo entre Dios y Abraham. Dios le promete, sopla sobre él el aliento de la esperanza: -Yo te daré una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar.   
Esto simboliza una posteridad incontable, inmensa y bendecida. Justo como la de Ernesto.

Bien es cierto que nada puede superar la enorme complejidad de echar de menos a alguien.

Me haces falta o me aterra la vida sin ti, son frases que uno preferiría mantener en el rincón más oscuro y polvoriento del baúl de las palabras.

Ojalá jamás fueran necesarias. Pero un día, de pronto el mar se inquieta. De vez en cuando, la vida nos gasta una broma y nos despertamos sin saber qué pasa, como dice Joan Manuel Serrat casi al final de su canción “De vez en cuando la vida”.

Una vida muy extraña da comienzo cuando alguien se ausenta para siempre, una vida que requiere montones de paciencia, como la que se requiere para recuperarse de una larga enfermedad.

El hombre en busca de sentido”, como el doctor Viktor Frankl tituló su mayor obra. El hombre siempre buscando salidas, soluciones, motivos. El hombre siendo caminante que no se detiene.
El hombre sobreviviendo a innumerables dolores.

El hombre que conocí era mi tío pero también era hijo, padre, hermano, abuelo, amigo, maestro. De modo que todos hemos perdido un pedazo de bienestar, y todos tenemos el corazón un poco más delgado y viejo.

Cuando busco un adjetivo para describir su vida, me viene a la mente el pensamiento de que fue sin duda una vida completa. Y feliz. Como un musical.

Hay un libro titulado “The secret of secrets”, el cual todavía no leo, pero contiene una frase que me ha parecido adecuada para terminar esta reflexión:

Justo como el cuerpo deja el vientre de la madre cuando ha madurado lo suficiente, así el alma abandona el cuerpo cuando ha llegado a la perfección”.

De modo que todos esperamos nuestro minuto preciso para enfilarnos en el camino hacia la eternidad.



Sueño con volver a verte, volver a estar contigo aunque sea una vez más.
CONTACTO: https://web.facebook.com/ximena.monroy.9634

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