Columna: PARA LA COMUNIDAD
Por: Fernanda Ileana Cueto Flores*
Febrero llega lleno de vitrinas rojas con corazones, las redes sociales se inundan de fotografías, chocolates con fecha de caducidad, flores y promociones que prometen medir el amor en pesos. El 14 de febrero llega acompañado de una
narrativa que insiste en que amar es comprar, exhibir y cumplir con una expectativa previamente empaquetada.


El calendario nos recuerda el día oficial para demostrar amor. En medio de regalos pareciera que el afecto tiene una fecha de caducidad y un precio sugerido.

La pregunta es inevitable: ¿en qué momento el amor se convirtió en un producto?
El Día del Amor y la Amistad se ha transformado, para muchos, en una especie de examen social. Hay que cumplir con el regalo, la cena, la publicación y la evidencia.

Amar, en este contexto, parece menos una experiencia humana y más una obligación de consumo. No hacerlo implica quedarse fuera, parecer indiferente o, peor aún, “no amar lo suficiente”. Así, el amor deja de sentirse y comienza a medirse.

Desde temprana edad aprendemos esta lógica. Las películas, la publicidad y la redes sociales nos enseñan que el amor debe verse de cierta manera; romántico, visible y, sobre todo, costoso. Nos dicen que quien ama demuestra, y que demostrar implica comprar. Sin embargo, poco se habla de aquello que no cabe en una bolsa de regalo, la escucha, la paciencia, la presencia real y el interés genuino por el otro.

El amor que no se vende rara vez es espectacular. No siempre tiene fotografía ni frase para compartir, se vive en los pequeños gestos como el mensaje que pregunta cómo estás, en las discusiones que se enfrentan con respeto, en el
acompañamiento que no abandona cuando las cosas se vuelven difíciles. Ese cariño no se compra porque no se puede empaquetar.

En una sociedad que ha aprendido a consumir incluso las emociones, el amor también ha sido mercantilizado. Se estandariza, se idealiza y se compra. Se dice cómo debe lucir, qué se debe regalar y cuánto dinero destinar a estos obsequios, pero, cuando el amor se vuelve modelo, pierde su esencia real

Esta lógica de consumo atraviesa a la amistad, la familia y hasta la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos. Celebramos el amor en grande, pero descuidamos lo cotidiano. Regalamos detalles, pero olvidamos escuchar, el problema no es conmemorar este día en el calendario, sino reducirlo a una fecha con ayuda de mercadotecnia y precios accesibles elevados. Cuando eso ocurre, el amor se vuelve irreal y, muchas veces, injusto. Se toleran ausencias, malos tratos y silencios prolongados porque “es amor”. Se romantiza el sufrimiento y se normaliza la idea de que amar implica aguantar. Pero el amor que lastima, que minimiza o que violenta, no es amor, es costumbre disfrazada.

En una sociedad que mercantiliza incluso las emociones, amar se ha vuelto una experiencia estandarizada. Se nos dice cómo debe verse una amistad o noviazgo exitoso, cuánto debe costar un obsequio y en qué momento regalarlo. Sin embargo, cuando el amor se convierte en producto, pierde su sentido más humano, el cariño genuino con el otro, desde la dignidad y el respeto. Hablar de cariño invaluable implica reconocer que nuestras palabras y acciones tienen impacto en el otro. Es poner límites y respetar, el verdadero cariño que se sostiene a largo plazo.

En este contexto, vale la pena preguntarnos qué estamos celebrando realmente.
¿El amor como sentimiento o el amor como mercancía? ¿El vínculo que se construye con paciencia o la imagen que se proyecta en redes sociales? Tal vez es necesario resignificar una fecha que, más allá de corazones y descuentos, debería invitarnos a reflexionar.

Nos enseñaron a celebrar el amor como un evento, no como un acto cotidiano. A creer que un regalo puede compensar ausencias, silencios prolongados o conversaciones pendientes. Que una cena elegante puede suplir la falta de
escucha, y que una fotografía en redes sociales es prueba suficiente de afecto.

Pero el amor real rara vez cabe en una bolsa de regalo.

El cariño no necesita fechas específicas ni validación pública. Se manifiesta en la constancia, en el cuidado diario, en la responsabilidad emocional de no lastimar. El amor es el que pregunta “¿cómo estás?” y se queda a escuchar; el que acompaña sin invadir y sostiene sin dudar. Celebrar este día siguiendo ideologías consumistas es quedarnos en la superficie.

Porque el amor también es cuidado, límites, presencia y responsabilidad. También se da en lo cotidiano sin violentar o minimizar.

Tal vez este 14 de febrero la pregunta no sea qué regalar, sino ¿Cuánto tiempo real, escucha atenta, respeto y compromiso puedes ofrecer? Porque el amor que
transforma no se compra, no se presume y no se agota en un solo día. Se construye, o se pierde, en los pequeños actos de todos los días.
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