Columna: ANECDOTARIO DE MI PUEBLO
Por Antonio Corral Castañeda*
Desde tiempos inmemoriales e inclusive varios años después de que se empezaron a establecer en Atlacomulco los primeros médicos titulados, las llamadas “parteras” o “matronas” jugaban un papel muy importante en la atención de las mujeres que estaban embarazadas y daban a luz. Igual que en cualesquier comunidad o pueblo, había en Atlacomulco algunas señoras que ejercían esa función de parteras, entre las que se encontraba Doña Juana Guadarrama Flores (1899), quien realizó sus estudios en la ciudad de Toluca y llegó a obtener el título correspondiente.

Pero, además, en su mayoría estaban las llamadas “empíricas”, a las que se les anteponía el epígrafe de “Doña” y cuya preparación consistía sólo en la experiencia y la propia sabiduría de la vida. Así es como en la historia de nuestro pueblo se registran los nombres de las siguientes “Doñas” que prestaron sus servicios durante las primeras décadas de la centuria de 1900: Dominga Becerril, Manuela Montiel, Panchita Castro, Carmen Medrano, Maura Rodríguez e Ignacia “N”, entre algunas otras. Más adelante se recuerda también a las señoras Juana Monroy Vda. de Herrera, Manuela Cruz de Olmos y Teresa R. de Garduño.

La que se consideraba de mayor antigüedad, o al menos la más conocida, era Doña Dominga, una mujer muy especial que tenía su propio código de honor, sus principios bien firmes y sus concepciones muy particulares acerca del servicio que prestaba.

Por principio de cuentas, solamente atendía a las pacientes en el momento mismo del parto, sin ninguna obligación, consulta o tratamiento, ni antes ni después del alumbramiento. Pero eso no era todo. Tenía la particularidad de que el cobro de sus honorarios dependía del sexo de la criatura por traer al mundo: Si era hombre cobraba un peso por sus servicios, pero, por el contrario, si era mujercita percibía únicamente, de acuerdo a su tarifa, setenta y cinco centavos.

Como podrá usted ver, para Doña Dominga parir un varoncito salía más caro que una mujercita, con lo cual manifestaba, tal vez de manera involuntaria e inconsientemente, una notoria discriminación, una falta de valoración y supremacía que en esa época tenía un sexo sobre el otro. Afortunadamente los tiempos han cambiado.
Extracto del libro ATLACOMULCO sus fiestas, tradiciones, costumbres y anécdotas del Profr. Antonio Corral C.
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