Por César Hernández Cepeda
Conocí a Josías Sealtiel en la universidad, en la Facultad de Ciencias Políticas de la UAEMex. Él entró un año después que yo; iba dos semestres atrás. Nos cruzamos porque ambos jugábamos básquetbol y porque, para ser honestos, el equipo de la facultad no era particularmente bueno. Yo era uno de los jugadores más destacados, lo cual ya dice bastante del nivel general.
Su historia no empezó fácil. Si no me falla la memoria, su padre tenía un negocio -creo que un taller mecánico- en Valle de Bravo. La violencia alcanzó a su familia. La presión de la delincuencia organizada los obligó a desplazarse. Dejaron su lugar de origen y llegaron a Toluca cargando algo que marca para siempre: haber sido expulsados por la fuerza.
Josías era alto, delgado, muy moreno, con el cabello rizado casi afro. Tenía talento natural para el básquetbol: saltaba más que la mayoría, se movía mejor, leía el juego con facilidad. Y sí, al principio me cayó mal. Me parecía presuntuoso en la cancha. De esos que saben que son buenos y no se esfuerzan demasiado en disimularlo.

Aun así, buscó mi amistad. Persistió. Con frecuencia me invitaba a quedarme a jugar en las canchas de la facultad después de las clases. Me apodaba “Ginóbili” -como el jugador de los Spurs en la NBA- en un acto de modestia donde suponía, erróneamente, que yo era mejor jugador que él. No lo era, pero me causaba gracia.
Después de muchas tardes jugando juntos aprendí algo que no se enseña en ningún entrenamiento: a conocer mejor a las personas. Me di cuenta de que Josías era un buen tipo: generoso, leal, de buen humor, con una vibra limpia. Terminamos siendo amigos de verdad.
En esa época no dimensionaba la profundidad de su fe. Sabía que era cristiano -no católico- y que la religión ocupaba un lugar importante en su vida, pero no le daba mayor peso. Eso vino después.
Ambos concluimos la carrera. Yo empecé a trabajar. Él tomó un camino que, confieso, nunca entendí del todo: se convirtió en pastor. No ejerció la Ciencia Política ni la Administración Pública. No siguió el trayecto profesional que muchos considerarían lógico. Desde mi distancia y desde un escepticismo religioso que nunca he ocultado me pregunté más de una vez por qué alguien con formación académica elegiría ese rumbo. Nunca se lo dije. Lo pensé. Y lo juzgué en silencio, como solemos hacerlo tantas veces… y como tantas veces nos equivocamos.
Con el tiempo le perdí la pista. Años después volví a verlo en sus publicaciones de Instagram desde Ucrania, cuando comenzó la invasión rusa. Ahí formó una familia: se casó con una mujer ucraniana y tuvieron un hijo. En una ocasión transmitió en vivo mientras se escuchaban los bombardeos.
En el video se veían los cristales rotos del edificio donde vivía con su familia, los muebles desplazados, caídos, como si el lugar hubiera sido sacudido por un terremoto. No era un video editado: era alguien transmitiendo desde dentro de una zona de guerra, mostrando su casa después del impacto.
Recuerdo haber pensado -sin decirlo- que ninguna convicción, de ningún tipo, debería exigirle eso a una familia. Que hay momentos en los que proteger la vida debe estar por encima de cualquier misión. Nunca intervine. Nunca opiné. Guardé respeto por una decisión que no era mía.
Tiempo después regresó a México con su familia. Él siguió con su labor religiosa. Yo con mi vida. La distancia se mantuvo, sin conflicto.
Hasta hace unos días.
Josías viajó a Pakistán. Sí, a Pakistán. No para escribir, no para denunciar en redes. Fue a pagar la deuda de una persona que vivía en condición de esclavitud de facto. Fue a liberar a alguien atrapado en una forma de sometimiento que, aunque hoy no exista en la ley, sigue existiendo en la realidad.

Lo primero que me impactó fue descubrir algo que yo ignoraba por completo: no sabía que la esclavitud siguiera existiendo en Pakistán, ni en muchos otros países. Pensaba -con la comodidad del que no mira demasiado- que era una práctica casi extinguida.
Bastó investigar un poco para destruir esa idea. Descubrí que estas formas de esclavitud afectan sobre todo a minorías religiosas -en esa región, principalmente católicos y cristianos-, que se heredan y que las deudas se han convertido en la laguna perfecta para perpetuarlas. Legalmente inexistente. Socialmente tolerada. Económicamente funcional.
Ahí entendí algo inquietante: la esclavitud no es un residuo del pasado. Es un sistema que aprendió a disfrazarse.
Decir “liberar a alguien de la esclavitud” suena fácil. Es una frase breve. Sencilla. Pero no es una metáfora. Es romper una cadena real, interrumpir una condena heredada, alterar de raíz una vida que estaba diseñada para no cambiar.
Las películas han intentado retratarlo. Aun así, se quedan cortas. Porque una cosa es ver la esclavitud en pantalla y otra muy distinta es saber que sigue ocurriendo hoy, que se hereda, que se normaliza, que funciona mientras discutimos otras cosas.
No sé —ni me corresponde saber— cuáles fueron las motivaciones últimas de Josías. Puede haber fe. Puede haber misión. Puede haber otra cosa. No lo sé. Y frente al impacto real en la vida de la víctima, la motivación es irrelevante.
Porque es muy fácil criticar desde la comodidad. Desde el teléfono, desde la red social, desde la certeza de tener razón. Mucho más difícil es actuar cuando hacerlo implica costo, riesgo y exposición.
Este texto es un reconocimiento. No ideológico. No religioso. Sino ético y humano.
No comparto su fe. Ni esa, ni ninguna otra. Pero hay momentos en los que las creencias dejan de ser el punto central. Momentos en los que lo único que importa es qué se hace cuando la injusticia es real.
Reconozco en Josías algo que no depende de doctrinas ni de discursos: su humanidad, su congruencia, su bondad, su gran corazón y su valor.
Y aquí el golpe final: mientras tú y yo leemos esto, la esclavitud sigue existiendo. No en los libros de historia. No en las películas. Ahora.
Funciona porque es rentable. Se perpetúa porque es heredable. Se tolera porque queda lejos. Frente a eso, la crítica cómoda es hipócrita y carece de importancia.
Porque hay actos que no piden aplauso ni adhesión. Solo dejan una verdad desnuda sobre la mesa: el mundo no cambia con tener razón, sino cuando alguien decide pagar el costo de actuar.




