Columna: LA LIBRETA DE JACK

Por Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*

En las calles de la Ciudad, donde el tiempo pasa más rápido de lo habitual, Carlos «Charly», un joven repartidor por aplicación, se abre paso entre semáforos, calles y peatones. Su vida transcurre entre pedidos, direcciones y rutas, que muchas veces hacen de su jornada una rutina. Cada entrega, se convierte en un destino más, un viaje corto o largo, pero sin prometer nada distinto… hasta que un momento cualquiera, deja de serlo.
Cierta tarde, Charly toma un servicio. Su casco es su refugio, la moto su aliada y el reloj su adversario constante. En el recorrido para su entrega, es rebasado por otro motociclista, quien, al emparejársele en el camino, lo mira, no dice nada, pero con el ruido del motor parece desafiarlo, Charly acepta el «reto», y ambos aumentan la velocidad, aunque por la marca y modelo de su moto, no logra alcanzarlo. En el trayecto, otro «Biker» comienza a tocar el claxon y a hacerle cambio de luces para que bajara la velocidad. A la distancia, se observa un semáforo, ambos llegan cuando la luz cambia a color rojo, y en esos instantes de breve charla, Ricardo «Richard», le sugiere moderar su velocidad para evitar un accidente. Charly, agradece el gesto, entiende el mensaje y finalmente llega a su destino, entrega el pedido y continúa con sus servicios por aplicación.
Transcurrida una semana, justo en el mismo semáforo, Charly y Richard, coinciden nuevamente, pero… esta vez, Richard no le dirigió la palabra; a Charly se le hizo raro, pues anteriormente se habían encontrado en otros puntos de la ciudad, y él había sido muy amable, entonces preguntó: ¿estás bien?, ¿te puedo ayudar en algo?, a lo que Richard se voltea y responde: yo quisiera que alguien me hubiera ayudado como a ti, cuando termina de decir esa frase, empuja la moto de Charly con el pie, provocando que junto con su moto cayeran del lado del camellón, en eso, un camión de materiales de construcción pasa a exceso de velocidad y «arrolla» a Richard, estrellándose con una camioneta. Desconcertado, Charly comienza a ver cómo llega mucha gente al lugar, entre el susto y la adrenalina, reacciona y empieza a gritar: ¡Richard!, ¡Richard!, se levanta de prisa y se asoma para averiguar si su «amigo» estaba bien, para su sorpresa… no estaban ni su amigo ni su moto.
Paramédicos se acercan, lo examinan, lo encuentran consiente y sin lesiones, por lo que acuden al apoyo de los demás conductores y pasajeros. Cuando separan los vehículos accidentados, corrobora que no había otro conductor ni otra motocicleta. Aún sin comprender qué sucedió, se retira del lugar.
Como era costumbre, varios repartidores de aplicación solían reunirse en un pequeño parque, a la espera de algún servicio. En un jueves por la tarde, Charly llegó a ese lugar, se encontró con Benjamín «Benja», uno de sus grandes amigos, se saludaron y mientras esperaban para dejar algún pedido, decidió platicarle la experiencia de días atrás, recordando esa frase: «yo quisiera que alguien me hubiera ayudado como a ti», así como el golpe en su moto para que callera del lado del camellón. Sorprendido, Benja le dice a Charly, hace un año, justo en ese semáforo, mi primo de nombre Ricardo, falleció en su moto, precisamente aplastado por un camión.
Y es así, como en las calles y en el asfalto, la libertad no se explica sólo se conduce, pero también cuando el destino parece reescribirse sin previo aviso, en una especie de reflexión sobre la fragilidad de la existencia, la soledad que acompaña a quienes viven al límite y la posibilidad de que, incluso en el caos urbano, existan fuerzas que nos cuidan desde lugares que no alcanzamos a comprender.
Los semáforos cambian una y otra vez, la ciudad respira su caos habitual, pero entre metáforas de acero y silencio, queda claro que la muerte no siempre gana; a veces se detiene, observa y cede el paso, cuando un amigo del más allá, entre susurros del tráfico, luces y un reflejo en el retrovisor, decide que todavía no es hora. El sendero quedó marcado no por el accidente que nunca ocurrió, sino por la certeza de que nadie rueda completamente solo. Entre el firmamento y el pavimento, entre la vida y el final, hay manos invisibles que a veces deciden intervenir sin saber a ciencia cierta cuál fue la razón.
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