Columna: CIENCIA

Por: Raymundo Sánchez Orozco*

¿Alguna vez has salido del supermercado con bolsas reutilizables en la mano y la sensación de haber hecho algo bien por el planeta… solo para subirte al coche y quedar atrapado en el tráfico durante una hora? No es una acusación, es una escena cotidiana. Tan cotidiana que casi no la cuestionamos. En los últimos años, la palabra ecológico se ha vuelto parte de nuestro vocabulario diario. Productos “verdes”, empaques “amigables”, campañas que nos invitan a salvar al planeta con una compra consciente. Pero, entre lo que creemos que hacemos y lo que realmente hacemos, hay una distancia que vale la pena mirar con honestidad.

No para sentir culpa, sino para entendernos mejor. Muchos de nosotros separamos la basura en casa. Enjuagamos los envases, aplastamos las botellas y las colocamos con cuidado en el contenedor correcto. Es un acto casi automático, una pequeña victoria diaria. Sin embargo, ¿sabemos qué pasa después con esos residuos? En muchos lugares, el sistema de reciclaje es limitado o simplemente no funciona como imaginamos. Eso no significa que separar la basura sea inútil, pero sí que no es la solución mágica que a veces nos vendieron.

Algo parecido ocurre con el consumo. Decimos que compramos solo lo necesario, pero basta una promoción o un anuncio bien hecho para que terminemos con algo que no planeábamos adquirir. Ropa que usaremos pocas veces, aparatos que reemplazamos, aunque aún funcionen, objetos que prometen hacernos la vida más fácil pero que terminan acumulando polvo en un cajón. No es falta de conciencia; es el ritmo de vida en el que estamos inmersos.

También está el tema del agua. Cerramos la llave mientras nos cepillamos los dientes y eso está bien. Pero luego llenamos una alberca, lavamos el coche con manguera o dejamos correr el agua mientras esperamos que salga caliente. Pequeños hábitos que parecen inofensivos porque “solo es un momento”, pero que, sumados, cuentan una historia diferente.

Ser ecológicos no es solo lo que hacemos cuando alguien nos observa, ni lo que publicamos en redes sociales el Día de la Tierra. Es lo que repetimos cuando nadie nos aplaude. Es lo que elegimos por comodidad, por costumbre o por prisa. Y aquí viene la parte incómoda: muchas veces sabemos qué habría que hacer, pero no lo hacemos. No porque seamos irresponsables, sino porque cambiar hábitos cuesta. Cuesta tiempo, dinero, atención y, sobre todo, constancia.

A veces elegir la opción más sostenible implica caminar un poco más, pagar un poco más o renunciar a algo que nos resulta práctico. Por ejemplo, el transporte. Nos preocupa la contaminación del aire, pero seguimos usando el coche incluso para trayectos cortos. No siempre hay transporte público eficiente, ni ciclovías seguras, ni horarios flexibles. Entonces, ¿qué tan justo es exigirnos decisiones “verdes” en un sistema que no siempre las facilita? Lo mismo ocurre con la comida. Sabemos que tirar alimentos es un problema, pero aun así dejamos que frutas se echen a perder en el refrigerador o pedimos más de lo que podemos comer. No es falta de información; es desconexión entre lo que compramos y lo que realmente consumimos.

Quizá el mayor error ha sido pensar que ser ecológico es una meta que se alcanza, una etiqueta que se gana. Como si un día despertáramos y pudiéramos decir: listo, ya soy una persona sostenible. En realidad, es un proceso irregular, lleno de contradicciones. Un día llevamos nuestro termo reutilizable y al siguiente compramos una botella de plástico porque olvidamos el termo en casa.

Y está bien reconocerlo. Porque cuando dejamos de fingir perfección, se abre espacio para el cambio real. No el cambio espectacular, sino el posible. Ese que no aparece en titulares, pero que se acumula. Tal vez no podemos cambiar todo, pero sí podemos elegir algo. Comprar menos, aunque no siempre sea lo más barato. Reparar antes de reemplazar. Informarnos un poco más sobre lo que consumimos, sin obsesionarnos. Hablar del tema en casa, con amigos, con hijos, sin discursos alarmistas.

Ser más ecológicos no significa vivir con miedo al impacto ambiental, sino vivir con mayor conciencia. Preguntarnos, de vez en cuando: ¿esto lo necesito?, ¿hay otra opción?, ¿qué pasará con esto cuando ya no me sirva? No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo un poco mejor que ayer. Tal vez el verdadero acto ecológico no sea comprar el producto más verde del estante, sino detenernos un segundo antes de consumir. Tal vez no sea reciclarlo todo, sino reducir lo que entra a nuestra vida. Tal vez no sea cambiar el mundo de golpe, sino cambiar la forma en que nos relacionamos con él.

La próxima vez que te preguntes qué tan ecológico eres, no busques una respuesta definitiva. Piensa más bien en qué pequeño ajuste podrías intentar esta semana. No para salvar al planeta tú solo, sino para vivir de manera un poco más coherente con el mundo que habitamos.

Y quizá, solo quizá, eso sea un buen comienzo…

*CONTACTO FB: https://www.facebook.com/r.sanchez.orozco

Tendencias