Columna: CIENCIA FICCIÓN
Por Juan S. Leyva Villagómez
El oculto –ni tanto- aspirante se levanta temprano. Como casi todas las noches, hoy soñó que lo designaban candidato de su partido. Como casi todas las noches, también, soñó que ganaba con un margen de votos enorme. 

¡La gente lo quería tanto!

El oculto aspirante lleva años en esto. Empezó de jovencito, casi niño. Ha brincado por corrientes y partidos políticos. Hoy está en el PRI, en Morena, en el PT, en el Verde, en Nueva Alianza, en MC, cualquier plataforma que le ofrezca gobernar Atlacomulco. Si le ve posibilidades a una candidatura independiente, pues también le entra. Es omnipresente y elástico.

Es un devoto de la genial frase que –mitad en broma, mitad en serio- enunciaba Groucho Marx: “Señoras y señores; estos son mis principios…y si no les gustan, aquí tengo otros”.

Pero no vayan a creer que la hipocresía, la volubilidad o el oportunismo son sus motores. No, nada de eso. Es un deseo genuino y muy fuerte de servir a este municipio que tanto quiere y a la ciudadanía que ama con locura.

Oh, sí.

El oculto aspirante se levanta de su cama y revisa las redes sociales. A ver dónde hay un conflicto al cual sacarle provecho. Si existe, da gracias a Dios, e inmediatamente corre a dejar testimonio de su preocupación. ¿Cómo? Sacándose una foto en el sitio.

Si no existe algún conflicto, entonces lo conveniente es hacer algo que lo ponga en la mira del respetable. Sus ejemplos a seguir son muchos, desde la sonrisa perfecta, el pelo engominado y la idea hueca de Enrique Peña Nieto, a la incansable cháchara grandilocuente pero que no dice nada de Andrés Manuel López Obrador.

Si por modelos no paramos.

Como el espectáculo es perpetuo y la fiesta política no se detiene –aun cuando no sean tiempos electorales- el oculto aspirante tiene que hacer algo para resaltar. ¿Regalar ropa o juguetes? Por qué no. Sacarse una foto en familia ante el Señor del Huerto. Claro. Citar –con errores ortográficos- a algún político o filósofo que ni conoce, también. Si tiene apostura física, pues una selfie (en mis tiempos, cuando aún era de buen gusto hablar en español, se conocía como autorretrato) sonriendo con discreta sensualidad ante la cámara.

Niño de ego siempre frágil, es muy fácil hacer feliz al oculto aspirante.

Mencionarlo de manera favorable en una “columna” de análisis político o en una “encuesta” pagada, puede tener consecuencias extremas. Corre el riesgo de que le dé el síncope y también el torzón. El chincual –palabra náhuatl de muy curioso origen- de la aceptación popular tan soñada por fin parece cristalizarse, y tiene que mandar mensajes preguntando a los demás su opinión.
En realidad, sólo quiere que confirmen que es un gran político.

“¿Verdad que sí es cierto? ¿Verdad que sí voy para algo grande? ¿Verdad que lo estoy haciendo bien? ¿Verdad que la gente me quiere? ¿Verdad que este sesudo análisis político me ganó unos cuantos miles de votos?”

Esta historia sería de esas que inspiran, sino fuera por los tristes finales que suele arrojar.

El oculto aspirante se replica y replica incesantemente, de modo que ya no es uno, sino cientos. Todos con el mismo anhelo y todos retando una simple ley de la Física: un espacio sólo puede ser ocupado por un único cuerpo en un determinado momento.

Pero bueno…si nunca han apostado por la inteligencia, tampoco se les puede reprochar el no comprenderlo.
*CONTACTO CORREO: leviz@hotmail.com 

Tendencias