Columna: PULSO SOCIAL

Por Arturo Allende González*

Inicio señalando enfáticamente que el presente artículo no tiene como propósito defender al régimen chavista en general, ni al gobierno de Nicolás Maduro en particular, NO, su finalidad es sumarse como una opinión más al análisis del tema político, económico y social más importante -en el naciente 2026- no sólo de la agenda nacional, ni siquiera de la continental, sino mundial, categóricamente dicho.
El tema Venezuela es hoy y lo seguirá siendo por un buen tiempo, asunto respecto al cual se gaste buena cantidad de saliva y tinta, a través de expresiones verbales y escritas sobre un acontecimiento que puede ser el punto de quiebre, de un escenario no deseado de alcances y consecuencias insospechadas.
El momento político que vive Latinoamérica, incluido desde luego nuestro país, es sumamente complejo y delicado, situación que exige a los gobernantes, actuar no sólo con la cabeza fría, sino con inteligencia y oficio político, analizar con profunda agudeza el escenario internacional, con el fin de calcular milimétricamente cada una de las decisiones que se pretendan tomar y las acciones por ejecutar.
Lo acontecido en Venezuela la madrugada del pasado 3 de enero de 2026, no se circunscribe a la intervención bélica y captura fugaz de Nicolás Maduro y su esposa, el hecho tiene en mi opinión un antes y un después, que debe reconocerse y ponderarse, para el caso del primero y reflexionarse con la mayor seriedad, por lo que respecta al segundo.
Comparto la expresión que señala que ningún acontecimiento surge de la nada y la intervención militar en Venezuela, es un ejemplo de ello. Los conflictos bélicos entre Rusia y Ucrania y más enfáticamente el genocidio de Israel en contra de Gaza, son inobjetablemente antecedentes de decisiones unilaterales, arbitrarias y ventajosas o incluso, determinadas por intereses personales, sustentadas en la superioridad bélica y económica de los agresores; sin que nada ni nadie hasta la fecha los haya frenado, muy a pesar de sus devastadoras consecuencias, sobresaliendo entre ellas los miles de seres humanos muertos, incluidas personas civiles e infantes.
Otro factor de antecedente que incentiva acciones bélicas como la perpetrada por las fuerzas armadas norteamericanas -a partir de la autorización de Donald Trump-, lo encontramos en el letargo y pasividad con los que la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ha actuado, pasando por alto no sólo la violación sistemática de los derechos humanos y genocidio contra los palestinos, sino incluso, los atentados mortales contra su propio personal y equipos de ayuda humanitaria.
Cuando los ciudadanos de a pie, observan que cualquier gobernante con poder -económico y militar- superior a su adversario puede invadir, martirizar, desplazar, matar y apoderarse de su territorio y recursos, sin que nadie lo sancione por tales expresiones de barbarie, viendo que, por el contrario, se vanaglorian de su proceder y se pasean libremente por donde les da la gana; concluyen que la ONU como organismo superior del multilateralismo, ha servido en la praxis de muy poco.
Desde hace varios años, diversos analistas hemos señalado la necesidad urgente que tiene la ONU de una profunda restructuración, con cambios profundos en su conformación y funcionamiento, a partir de reconocer que el prolongado periodo que registran las guerras entre Rusia y Ucrania y entre Israel y Gaza, así como sus devastadores, genocidas y deshumanos actos bélicos en contra de población civil, han generado el cuestionamiento al papel de la Organización de las Naciones Unidas, por parte de muchos de sus países miembros, así como de millones de personas alrededor del mundo, que han demandado insistentemente el cese de las hostilidades; con lo cual ha quedado demostrado que hoy en día, no existen mecanismos globales eficaces para frenar los conflictos bélicos.
Por lo anteriormente expuesto, la Organización de las Naciones Unidas como el organismo multilateral creado hace 80 años para garantizar la seguridad y la paz mundial, categóricamente ha resultado ineficaz en el cumplimiento de tal encomienda.
Veamos ahora algunas de las implicaciones que podrían derivar, a partir de la intervención armada en Venezuela.
La vigencia, observancia y respeto del derecho internacional se ha visto resquebrajado abruptamente, lo que puede dar pauta a que el sistema multilateral global pueda colapsar y que, en el futuro, cada país proceda en función de su fortaleza militar, imperando con ello la “ley del más fuerte”.
La civilidad política y diplomática que son la esencia del multilateralismo, pueden irse por la borda, en caso de que el diálogo y la negociación para resolver los conflictos entre naciones, sean reemplazados por el uso de la fuerza para resolver las controversias o peor aún, para abuzar de los más débiles.
No hay exageración al señalar que otra consecuencia no deseada, tenga que ver con la puesta en riesgo de la viabilidad de algunos países, sistemas de gobierno y la armonía del concierto de las naciones.
Otro posible impacto puede derivar en que se agudice la confrontación y antipatía existente entre países y bloques de naciones, a partir de decisiones y acciones como las que se están tomando y llevando a cabo: exigir que Venezuela se deslinde de China, Rusia, Cuba e Irán, agudización del bloqueo económico a Cuba, la incautación del buque petrolero ruso los primeros días de enero de 2026 y la presión norteamericana por hacerse de Groenlandia.
En materia social, se pueden incrementar los niveles de pobreza de la población, así como la marginación socioeconómica en que viven millones de personas a nivel mundial, lo que puede poner en riesgo la estabilidad no sólo de los sistemas de gobierno, sino de la paz regional y/o internacional.
A pesar de las limitaciones registradas en los últimos años, el multilateralismo sigue siendo -por ello debe fortalecerse-, la alternativa más óptima para los países en vías de desarrollo y de mayor atraso económico, hasta en tanto no surja otro sistema más eficaz que frene y evite las decisiones unilaterales arbitrarias de las grandes potencias.
Por lo anterior, hoy más que nunca, de la eficacia del modelo multilateral encuadrado en la Organización de las Naciones Unidas, dependerá la estabilidad del concierto de las naciones, la paz regional y/o internacional y un horizonte promisorio para las futuras generaciones.
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