Columna: ANECDOTARIO DE MI PUEBLO
Por: José Trinidad Mercado Mora*
Insistiré una vez más en que estos sucesos corresponden al presente siglo (XX) desde su comienzo, para hacer memoria de párrocos, cantores y sacristanes.
De los Párrocos recordaremos solamente a quienes dejaron grata memoria por su obra apostólica o social, contribuyendo al progreso del Pueblo, hasta donde las circunstancias lo permitieron. El Sr. Cura Francisco Ma. Rojas, sacerdote muy apostólico y muy caballeroso también, fue fundador de la primera Escuela Parroquial de enseñanza primaria con un muy buen éxito; que, si bien es cierto que a esa Escuela concurrían solamente niños de familias de buena condición económica, pero que de todas formas contribuyó a la educación primaria.

Este Párroco, tenía como Vicario al Padre Faustino Cervantes Milanés, el fundador de la imprenta de Atlacomulco. Tuvo la idea y la realizó así: La señora Isabelita Guerrero financió la compra de prensa y tipos; mandó a su sobrino Filiberto Velasco a estudiar tipografía a la benemérita Escuela de Artes y Oficios de la Ciudad de Toluca y al terminar su preparación, estableció el taller; todo siempre bajo la dirección del Padre Cervantes; de allí que, hasta la fecha, impresiones y trabajos, lleven el pie muy merecido de IMPRENTA CERVANTES. – Atlacomulco, Méx.

Es muy probable que esta imprenta esté por cumplir su LXXV aniversario (1978) que debiera festejarse con un acto cultural muy merecido.
El Párroco Morales fue el fundador de la primera Escuela Particular de Madres para enseñanza primaria y superior.

Y vamos con el Párroco de gratísima memoria, el Padre Fermín de Jesús Villaloz, quien amó al Pueblo, se arraigó en él y dejó una gran huella por la obra social y cultural, independientemente de su deber apostólico. Trabajó para la introducción del agua potable; para la primera planta de luz eléctrica; un molino para nixtamal; formó la primera huerta de pequeños frutales propios de la región y de la Escuela Parroquial de solamente de enseñanza primaria, la elevó a Escuela de Comercio, poniendo al frente de ella al muy competente Maestro Reséndiz.

De trato muy afable y hasta muy “campechano”, como lo oí decir a alguien, era del pueblo, no solamente el párroco, sino el amigo, el hermano y más que todo, benefactor. Pueblo y autoridades le rindieron homenaje, imponiendo su nombre a una de las principales calles. Merecido tributo a quien desinteresadamente amó a Atlacomulco.
Cumpliendo órdenes superiores, fue trasladado a San Rafael Atlixco, Méx., donde murió. Dícese de él que tomaba el ferrocarril en México, para bajarse en la Estación Atlacomulco, con muy deliberado propósito de contemplar desde allí, el panorama de su amado Pueblo, hasta derramar lágrimas para después tomar el ferrocarril de regreso con la tristeza en el rostro y en el alma.

Siendo Gobernador del Estado nuestro muy ilustre y querido coterráneo Don Alfredo del Mazo, quiso rendirle póstumo homenaje, recogiendo sus restos del lugar donde murió para conservarlos en Atlacomulco, la tierra que tanto amó, pero fatalmente el resultado fue que había sido sepultado en fosa común y fue imposible localizarlos.
Hubo otros sacerdotes que cumplieron con su misión apostólica y algunos beneficios le reportaron al pueblo. Siendo Párroco el Padre Garduño, al establecerse el primer obispado de Toluca, fue llevado por el Señor Obispo Arturo Vélez Martínez, nuestro coterráneo, para ocupar la Secretaría General de la Mitra.

Extracto del libro Mis Recuerdos de Atlacomulco de José Trinidad Mercado Mora 1978.





