Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*
En cierta ocasión escuché la siguiente frase de labios de Eduardo Galeano: “cuando somos niños todos somos poetas, después el mundo se encarga de achicarnos el alma”.
Pienso en la facilidad con que los juegos de palabras y las composiciones ingeniosas brotan de la imaginación de un niño y cómo -en el momento más inesperado- son expresadas, dejando a los adultos indudablemente perplejos y con una sonrisa en los labios.
En esta etapa, la etapa de la transparencia, la consciencia limpia y la franqueza, se presenta el escenario idóneo para que las historias en forma de semilla, germinen.
Contar una historia a un niño no es derramar agua sobre cemento sino regar cuidadosamente una fértil tierra cuyos frutos, en un futuro, serán de dulzura incomparable.

Hay todo tipo de historias pero las más importantes son aquellas que tienen el poder que cambiar la percepción de la realidad o desviar el curso natural de los acontecimientos, historias adecuadas para los hijos pero también para los padres -y quizá más para éstos últimos. Lo cierto es que las necesitamos, sea cual sea nuestra edad, igual o incluso con más urgencia que al sueño, los alimentos, el aire y el agua porque constituyen la fibra de una existencia que vale la pena.
Albergo la esperanza de que en la noche de los tiempos tecnológicos, tiempos de practicidad y escasa atención, los mayores no dejen nunca de contarlas a los más pequeños.
Una de tantas historias fantásticas que tuve la fortuna de escuchar en mi niñez es la que relata el azaroso viaje de los tres Reyes Magos de Oriente que -a lomos de un camello, un caballo y un elefante- cruzaron el desierto guiados por una enorme y brillante estrella para ir al encuentro del Niño Jesús.

Lo cierto es que el Evangelio de Mateo –el único que menciona a estos misteriosos personajes –se muestra muy parco en lo tocante a sus características, ocupación y procedencia. Por tanto, hubo que añadir partes a la narración a lo largo de los siglos posteriores con la única finalidad de consolidarla pues seguramente más de uno intuyó su enorme potencial.
Conviene mencionar que la ciencia se ha interesado de un modo particular en este pasaje (asumiendo, por supuesto, que haya ocurrido en realidad) y ha tratado, por diversos medios, de darle explicación. Existen, por ejemplo, múltiples teorías acerca de lo que verdaderamente era la Estrella de Belén: una conjunción planetaria, un cometa, una supernova, algún otro cuerpo celeste que no ha vuelto a aparecer en los cielos desde entonces o incluso, los más osados se atreven a aseverar que pudo tratarse de un objeto volador que ejecutaba una trayectoria cuidadosamente planeada.

Acerca de los Magos de Oriente, podemos argüir que antiguamente la palabra “mago” significaba más bien “sabio” pero hacía alusión a un tipo especial de sabiduría, la que permitía leer los astros.
Los historiadores hablan de una antigua ciudad llamada Ur de Caldea que es mencionada en el Antiguo Testamento como lugar de nacimiento del primer patriarca del pueblo hebreo, Abraham. Algunos proponen que de este sitio partieron también los sabios guiados por un inusual fenómeno celeste y profundamente convencidos de que algo portentoso los aguardaba al final de su viaje.
Sin embargo, fue durante la Edad Media que se les comenzó a llamar “reyes”, para reforzar la idea de que incluso la realeza de naciones lejanas se inclinaba ante el verdadero Rey, aquel llamado Rey de Reyes. Al mismo tiempo se les nombró como Melchor, Gaspar y Baltasar y se señaló que provenían de Persia, la India y Arabia o quizá África.
El Evangelio de Mateo es sorprendentemente claro en lo referente a los obsequios que portaba cada uno: “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.” (Mateo 2:11)
Existe poca duda en cuanto al poderoso simbolismo de estos obsequios:
- El oro, símbolo universal de élite y riqueza, viene a dar cuenta de la naturaleza real de ese niño, una realeza que, no obstante, se reviste de la más absoluta humildad.
- El incienso, ampliamente utilizado en ceremonias religiosas, señala la santidad, recuerda que, en un acontecimiento inédito, Dios se hizo hombre al cabo de innumerables edades de espera.
- La mirra, una resina aromática que en la antigüedad se utilizaba para embalsamar cuerpos, representa su innegable condición de hombre, susceptible a la muerte como los demás y un presagio del sacrificio que habría de cumplirse algunos años después.

La tradición cristiana entendió esto como una absoluta revelación, en consecuencia, hizo uso del término “Epifanía” para describir este pasaje en particular. Esta palabra proviene del griego epipháneia que significa “aparición”, “manifestación”.
A mí me gusta pensar que por esas fechas, el mismo cielo se comportaba de maneras misteriosas. Por tanto, el universo no era indiferente a lo que estaba a punto de suceder en nuestro discreto rincón del Todo. Los sabios se pusieron en marcha sabiendo que en algún momento la ayuda vendría, solo confiando. Trato de imaginar su asombro al ver la brillante luz -inverosímil, alegre- aparecer de pronto y hacer añicos su entendimiento.
Uno podría pensar que se detendría justo encima de un hermoso palacio pero lo hizo, contra todo pronóstico, en un lugar oportuno para la sencillez, un hogar para animales, carente por completo de voces humanas y que invitaba a sumirse en una profunda meditación.
En verdad nunca hubo bebé más hermoso. Era evidente que sus padres lo amaban más que a nada en el mundo.

Es algo aventurado pero probable que hasta los sabios y bien versados en los conocimientos ocultos pensaran entonces: el Reino de este mundo ha comenzado.

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