Columna: PARA LA COMUNIDAD
Por. Fernanda Ileana Cueto Flores*
Cada 5 de enero ocurre algo mágico y profundamente humano, en un mundo que exige inmediatez, la noche de Reyes nos devuelve al arte de la expectativa. Los zapatos colocados con cuidado, la carta escrita con letra temblorosa, la rosca aguardando el amanecer. No se trata solo de regalos; se trata de creer que algo puede llegar mientras dormimos.

Los Reyes Magos han sido contados muchas veces como una historia para niños, pero reducirlos a eso es perder de vista su fuerza simbólica. En su origen no eran reyes ni magos en el sentido fantástico que hoy imaginamos, sino sabios, observadores del cielo, viajeros guiados por una estrella. Figuras del camino, del tiempo y de la búsqueda. Tal vez por eso su historia sigue resonando: porque todos, en algún punto, avanzamos sin certezas, siguiendo señales que apenas comprendemos.
Oro, incienso y mirra. Tres regalos que rara vez se analizan más allá del relato bíblico, pero que encierran una metáfora vigente. El oro representa lo material, lo que el mundo valora; el incienso, lo espiritual, aquello que no se ve, pero se siente; la mirra, la fragilidad humana, el dolor y la finitud. No es casual que estos presentes convivan: la vida siempre ha sido una tensión entre lo que poseemos, lo que creemos y lo que nos duele. Quizá por eso los Reyes no entregan un solo regalo, sino varios, como recordatorio de que la existencia nunca es simple.

En México, la tradición de los Reyes Magos se transforma y se vuelve colectiva. Aquí no basta con recibir; hay que compartir. La Rosca de Reyes no es solo un pan, es un ritual social: se parte en familia, entre amistades, en oficinas y salones de clase. El muñeco escondido no es castigo ni sorpresa cruel, sino un compromiso futuro. A quien le toca, invita. A quien recibe, devuelve. En una cultura marcada por la prisa y el consumo, este gesto conserva algo profundamente comunitario.
Resulta interesante que, a diferencia de otras celebraciones, esta tradición insiste en que vale la pena aguardar, escribir deseos y dormir con esperanza. Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿siguen existiendo los Reyes Magos en un mundo hiperconectado? La respuesta es sí, existen cada vez que alguien prepara la rosca para reunir, cada vez que se elige regalar tiempo en lugar de objetos, cada vez que se mantiene viva una tradición no por obligación, sino por afecto.

La noche de Reyes nos pide memoria. Nos recuerda que alguna vez esperamos sin cinismo, que confiamos sin pruebas, que el simple acto de colocar unos zapatos podía llenarnos de emoción.
Los Reyes Magos no pertenecen al pasado ni a la infancia; caminan con nosotros cada vez que elegimos creer. Están en la mesa que se comparte, en la rosca partida y en el deseo que se formula. Su presencia no hace ruido, no exige pruebas, simplemente llega.

Es así como cada enero regresan para recordarnos que la esperanza también es una tradición, que esperar no es ingenuo, sino valiente, que todavía hay noches en las que vale la pena confiar en lo invisible. Mientras haya alguien que coloque sus zapatos con ilusión, que parta el pan pensando en los otros y que se permita desear sin prisa, los Reyes Magos seguirán llegando, porque mientras alguien espere con ilusión y alegría y comparta momentos pensando en los otros, la tradición seguirá viva. Y quizá eso sea lo más valioso que los Reyes nos dejan cada año, la posibilidad de seguir creyendo, aunque sea por una noche más.

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