Columna: DESDE LA BANQUETA

Por Gabriel Escalante Fat*

“Todos los pueblos del mundo

que han luchado por la libertad,

han exterminado al fin a sus tiranos”. 

Simón Bolívar.

               Conocí Venezuela en diciembre de 1981, en las postrimerías del boom petrolero y de la embriaguez de abundancia que aquel país, al igual que México, disfrutaba con la total irresponsabilidad de su gobierno… muy similar al mexicano.

               Mi amigo Antonio y yo estuvimos sólo tres días en Caracas. Todo era grande, todo —menos la gasolina— era caro, todo era lujoso. Se sentía displicencia hacia los visitantes latinos y poca vocación turística y de servicio.  El tráfico, plagado de autos americanos enormes,  en una ciudad de sólo cinco millones de habitantes era mucho más caótico que el de la capital mexicana, cuya área metropolitana triplicaba esa cifra. Inconvenientes de la riqueza.

               Dejamos Venezuela dos días antes de lo previsto y volvimos a la amable y hermosísima Costa Rica. Nunca se me antojó volver a aquella nación.

ANTECEDENTES.

               Las dos últimas décadas en Venezuela estuvieron plagadas de problemas económicos. Carlos Andrés Pérez, quien había gobernado de 1974 a 1979 y cuyo mayor logro fue la expropiación de la industria petrolera, se postuló en 1988 para un segundo mandato, que finalizó abruptamente en 1993 —un año antes de término—, cuando fue destituido en medio de escándalos de corrupción, dejando a su país en una situación económica crítica.

               Previamente, en 1992, un teniente coronel del ejército llamado Hugo Chávez encabezó un fallido intento de golpe de Estado contra Pérez, que dejó un saldo de 17 militares fallecidos y medio centenar de heridos. Chávez asumió toda la responsabilidad y fue a dar a la cárcel. Dos años después, el presidente Rafael Caldera lo indultó con la condición de que abandonara las fuerzas armadas. Para entonces, Chávez ya era un personaje sumamente popular en Venezuela y entró de lleno a la política, fundando el Movimiento Quinta República (MVR), con el que triunfó en 1998, obteniendo el 56.2% de votos, 16 puntos por arriba de su casi único contendiente Henrique Salas, quien logró aglutinar a prácticamente toda la oposición, sin que esto pudiera derrotar al ex militar.

               A partir de su juramentación como presidente, en febrero de 1999, Chávez inició una serie de acciones tendientes a eternizarse en el poder, que incluyeron un referéndum para iniciar un proceso constitucional y el otorgamiento de poderes especiales al presidente, es decir, a él mismo.

               En las elecciones legislativas de 1999, la fracción chavista se adueñó de la asamblea, obteniendo 120 de 128 escaños, lo que permitió una rápida aprobación de la nueva Constitución Bolivariana en diciembre de ese mismo año.

               En abril de 2001, a Hugo Chávez le tocó enfrentar un intento de golpe de Estado, que pudo sofocar en 48 horas. A partir de ese momento, haciendo uso de triquiñuelas jurídicas y actos represivos contra sus opositores, el ex militar fue reelecto en 2006 y 2012. Sólo su fallecimiento, en marzo de 2013, lo pudo sacar del Palacio de Miraflores.

               A la muerte de Chávez, el vicepresidente Nicolás Maduro asumió provisionalmente la presidencia y convocó a elecciones casi inmediatas en las que consiguió el triunfo para el período de abril de 2013 a enero de 2019.

               Maduro fue reelecto en 2018, en unos comicios muy cuestionados, ya que cuatro de los principales candidatos opositores fueron inhabilitados para competir, en virtud de estar sujetos a procesos penales —entre ellos, Henrique Capriles, Leopoldo López, María Corina Machado y Miguel Rodríguez—, además de que los principales partidos fueron ilegalizados. Tras una magra participación del 46% de los electores, Maduro triunfó con el 68% de los votos, en un proceso electoral controlado desde el gobierno, a través del Consejo Nacional Electoral. Esto le permitió gobernar de enero de 2019 a enero de 2025.

               En los recientes 26 años, Venezuela ha sufrido su mayor erosión no sólo en materia de democracia y derechos humanos, sino en economía y seguridad. El poder adquisitivo del venezolano medio es casi nulo, mientras que las principales ciudades del país se cuentan entre las más peligrosas y violentas del mundo.

               El 28 de julio de 2024, Maduro se presentó nuevamente a elecciones, esta vez para el período 2025-2031. Con el control total de la Asamblea Nacional y del Tribunal Supremo de Justicia, no fue difícil deshacerse nuevamente —mediante inhabilitación— de los candidatos opositores más destacados, principalmente de María Corina Machado, quien de acuerdo a las encuestas, podría vencer con facilidad Maduro.

               La Plataforma Unitaria, un conglomerado de partidos, postuló a Edmundo González como candidato opositor casi único. Con el respaldo de María Corina, González obtuvo un 67% de los votos, frente a un 30.5% obtenido por Maduro, de acuerdo al conteo de la plataforma política Comando Con Venezuela (CCV), basándose en la compilación del 83% de las actas de votación.  Sin embargo, las cifras oficiales del Consejo Nacional Electoral (CNE) presentaron un resultado diametralmente opuesto, en el que se asignaron a Maduro el 51.95% de los votos, y a González, el 43.18%. Esto, sin mostrar una sola acta de votación.

               Gobiernos de países como Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido, Japón y Canadá, así como la OEA, el Parlamento Europeo, las Cortes Generales de España o el Congreso Nacional de Chile, desconocieron las cifras del CNE y dieron por válidas las presentadas por el CCV.

               Otras naciones que no reconocieron los resultados oficiales y exigieron transparentar el conteo, fueron El Salvador, Guatemala y Chile.

               Brasil, Colombia, España, Finlandia, Noruega y la Unión Europea, entre otros, pidieron un conteo transparente de votos.         

               En el extremo opuesto, países como China, Rusia, Corea del Norte, Cuba, Turquía, Arabia Saudita y otras naciones en las que la democracia es algo totalmente desconocido, fueron las que reconocieron a Maduro como triunfador del proceso.

HECHOS RECIENTES.

               La madrugada del 3 de enero pasado, un grupo de élite de las fuerzas armadas estadounidenses, realizó una operación sorpresa en Caracas con la finalidad de apresar y “extraer” a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, para llevarlos ante una corte en Nueva York, en donde se les acusa de delitos relacionados con el narcotráfico y el terrorismo. La acción fue matemáticamente precisa, sin bajas para las fuerzas atacantes y duró poco más de dos horas, causando la muerte de alrededor de 80 militares que constituían el cuerpo de guardia personal del presidente venezolano, 32 de ellos, parte de un cuerpo especial de cubanos, destinados en Venezuela por disposición del gobierno del dictador Díaz-Canel.

               En unas cuantas horas, Maduro y su esposa llegaron a Nueva York y fueron recluidos en la misma prisión que aloja a Ismael, “el Mayo” Zambada.  El lunes 5, fueron presentados ante el juez que llevará su caso. El depuesto presidente se declaró “inocente, no culpable, persona decente, secuestrado y prisionero de guerra”. Manifestó que aún es el presidente de su país y que se acogería a los tratados de Viena y Ginebra, no a una corte de los Estados Unidos.

               El mismo sábado 3 de enero, Donald Trump, en conferencia de prensa, anunció que Washington gobernará y tomará el control de Venezuela de manera temporal, mediante una administración directa, hasta que se pueda llevar a cabo una transición “segura, adecuada y juiciosa”.

               Señaló que Estados Unidos buscará un acceso total” al petróleo venezolano, restableciendo la producción y que las empresas petroleras norteamericanas entrarán a la región con respaldo militar.

               Dijo que no tiene miedo de mantener “botas sobre el terreno” a fin de asegurar que el país sea manejado adecuadamente durante este período.

               Confirmó que Delcy Rodríguez (vicepresidenta y hermana del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez) fue juramentada como presidenta interina y que está dispuesta a trabajar con el Secretario de Estado Marco Rubio, para hacer lo necesario por su país.

               Rechazó explícitamente que Edmundo González (el legítimo ganador de las elecciones) y María Corina Machado (líder opositora) puedan liderar el manejo de Venezuela en la etapa inmediata, ya que Machado —sentenció— no tiene ni el apoyo ni el respeto popular para gobernar el país. Sostuvo que la CIA le recomendó no valerse de ella para encabezar la transición.

¿QUÉ SUCEDIÓ?

               Aquí entramos ya en el terreno de las especulaciones. Por lo que ha podido saberse, el gobierno estadounidense, a través de Marco Rubio —secretario de Estado, hijo de inmigrantes cubanos y hombre de extrema derecha— intentó convencer a Maduro para que dejara el poder pacíficamente y se exiliara en Turquía, que tiene un régimen afín a la dictadura venezolana y en donde, aparentemente, el depuesto presidente tiene una considerable fortuna. 

               Ante la negativa de Maduro y su auto infligida ceguera para darse cuenta de que el despliegue militar estadounidense en el Caribe no era una broma, los gringos empezaron a dialogar con personajes del círculo cercano al dictador y encontraron en la vicepresidenta Delcy Rodríguez a la persona ideal para coordinar —traicionando a su jefe— una intervención militar no excesivamente sangrienta.  Tanto ella como su hermano Jorge, han sido considerados como arquitectos del “madurismo”, con mentes más brillantes y mayor amplitud de miras que el limitado dictador.

               Indudablemente, tanto el ministro de Defensa, Vladimir Padrino como el del Interior, Diosdado Cabello, debieron haber estado enterados del operativo, puesto que fue muy evidente que no hubo el mínimo intento de derribar alguna de las aeronaves (aviones y helicópteros) que entraron en el espacio aéreo venezolano.  Los inflamados discursos que han dado ambos personajes parecen ser parte de un guión pactado.

               Trump sostiene una agenda ultra conservadora dentro de su país. Le tiene un enorme rechazo a cualquier postura de izquierda y usa —como en el auge de la Guerra Fría— los términos “socialismo” y “comunismo”, como sinónimos de perversidad y peligro para los Estados Unidos.   Sin embargo, allende las fronteras estadounidenses, la ideología es mucho menos importante que la complacencia hacia los intereses gringos. Trump puede ser un idiota funcional y un abusivo despreciable, pero nadie puede negar que es un tipo sumamente pragmático.

TRAIDORA Y TRAICIONADA.

               Delcy.  

               Los venezolanos ya tienen una presidenta con “a” de mujer. No sé si con ella llegaron todas o nada más ella. Lo veremos al cabo del tiempo.

               Es un hecho que Delcy Rodríguez fue ganando, poco a poco, la absoluta confianza del dictador, hasta conseguir la candidatura a la vicepresidencia en 2018.

               ¿Tuvo siempre la idea de deshacerse de su superior o se vio orillada a darle la espalda de manera circunstancial?

               ¿Será su mandato por un término largo o sólo será utilizada por Trump para conseguir una transición sin crisis y después será desechada?

               ¿Conseguirá aglutinar a su alrededor al ejército, la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo, condiciones indispensables para mantener la paz y conservar el poder?

               María Corina.

               En julio de 2024, un alto porcentaje de venezolanos expresaron su voluntad de ser liderados por una mujer, aunque a través de la figura de un presidente de la República de sexo masculino.

               Es indiscutible que los votos los ganó María Corina Machado y que Edmundo González era una figura secundaria.

               Machado volvió a cobrar relevancia mundial el pasado 10 de octubre, cuando el Comité Nobel de Noruega anunció que ella había sido designada ganadora del Premio Nobel de la Paz, galardón que Donald Trump pensaba que tenía en la bolsa.

               La designación desató mucha polémica, sobre todo de gente de izquierda, que atacaron a María Corina por haber solicitado la intervención militar extranjera en Venezuela.  El propio Trump intentó descalificarla sin siquiera dignarse en mencionarla por su nombre. Típico de un cerdo machista como el presidente de EE. UU.

               Muchos pensaban que, al caer Maduro, Machado y González tendrían la puerta abierta del Palacio de Miraflores. Sin embargo, un tecnicismo legaloide ha echado por tierra esa teoría: Marco Rubio ha afirmado que las elecciones de 2024, al haberse celebrado bajo un régimen dictatorial, carecen de cualquier validez.  Es decir, ni Maduro ni González, simplemente son nulas.

               María Corina jugó una última carta, algo desesperada y quizás indigna, cuando hace unos días declaró que le dedicaba su Premio Nobel a Donald Trump. “Pero ¿qué necesidad?” dijo el filósofo de Ciudad Juárez.

LO QUE SE DICE.

               Claudia Sheinbaum, presidenta de México, se apresuró a declarar: El Artículo 2, párrafo 4 de la Carta de las Naciones Unidas dice textualmente: “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas. No le falta razón a la titular del ejecutivo mexicano. Pero una vez más sólo invoca al derecho internacional cuando le conviene, porque se atropelló la soberanía de un gobierno aliado. Si con esa energía denunciara la invasión a Ucrania, si con esa convicción democrática respetara los resultados electorales de Honduras, tendría autoridad moral para protestar por la incursión estadounidense.

               Alma Delia Murillo, escritora y editorialista mexicana, izquierdista y crítica de la 4T:  Un dictador derrocado por un sanguinario con ínfulas de emperador del mundo. Adiós, derecho internacional. Pues sí, estamos viviendo un western en donde la ley del más fuerte prima sobre las leyes.

               Jordi Nieva-Fenoll catalán, doctor en derecho procesal: Si piensas al mismo tiempo que Maduro era un sátrapa y que Trump aspira desesperadamente a ser otro sátrapa, no te has vuelto loco. Estás en el lado correcto de la historia. Y de la razón más elemental. Este abogado sostiene que el mundo ha dejado de estar dividido entre buenos y malos. Más bien parece que ahora predominan los bandos de malos y peores.

               Beata Wojna, ex embajadora de Polonia en México, internacionalista y editorialista: La buena noticia de esta mañana es que inicia la transición en Venezuela. No me gusta que ocurre a raíz de la intervención militar estadounidense, es violación del derecho internacional, pero me gusta que el usurpador Maduro ya no está en el poder. Ojalá el pueblo venezolano logre tomar rápido las riendas del país y hacer valer los resultados de las elecciones presidenciales de 2024. Esta publicación la hizo antes de la conferencia de prensa de Trump. Creo que pecó de exceso de optimismo. Prueba de que en la actualidad, los expertos también se equivocan.

               Jaime de Berenguer, diputado español del partido ultraderechista VOX: La izquierda solo se acuerda del Derecho Internacional cuando se les cae una dictadura de las que apoyan.  México está en ese caso, defendiendo a un indefendible y callando cuando el afectado no coincide con la ideología del régimen.

               Héctor Aguilar Camín, historiador, escritor y editorialista: ¿Qué busca Trump con su asalto a Venezuela? Queda claro que no es abrir una transición a la democracia. Tampoco cerrar el paso de drogas de Venezuela a Estados Unidos pues ese tráfico no es gran cosa ni incluye al fentanilo. Parece más bien un pretexto judicial. Históricamente ha quedado claro que a Estados Unidos, país demócrata, no le interesa la democracia fueras de sus fronteras. Primero sus intereses, después sus intereses y al último sus intereses.

               Gabriel Boric, presidente de Chile, socialista, que denunció el fraude electoral de 2024 y exigió transparentar las cifras: Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otro.  Normalizar la lógica de la fuerza sobre las reglas erosiona el sistema multilateral y debilita la democracia a escala global. El joven mandatario chileno pone en alerta a quienes se alegran desmedidamente con el arresto de Maduro y nos hace ver la fragilidad del equilibrio político mundial.

               Los de mi generación hemos sido testigos de numerosos golpes de Estado en Latinoamérica, así como de la restitución de la democracia en los países afectados. También hemos visto cómo México pasó de un sistema de partido hegemónico a una democracia en maduración que creíamos irreversible y que, lamentablemente, está involucionando a un nuevo autoritarismo que intenta destruir a la oposición, en lugar de nutrirse de ella.

               Mis contemporáneos nos enteramos en los noticieros acerca de la invasión conjunta por parte de tropas de Estados Unidos, Jamaica y Barbados a la pequeña isla de Granada, en 1983, ordenada por Ronald Reagan. El objetivo fue eliminar un gobierno golpista, de orientación marxista, que había derrocado al socialista Maurice Bishop, electo democráticamente y ejecutado después del golpe de Estado.

               También vimos en las pantallas y leímos en los diarios acerca de la invasión a Panamá, en 1989, por órdenes de George Bush padre, para apresar al general Manuel Antonio Noriega, antes colaborador de los Estados Unidos y procesarlo por narcotráfico y terrorismo. A diferencia de la acción en Venezuela, aquella fue muy sangrienta y dejó un número indeterminado de muertos (los más pesimistas estiman que pudieron ser hasta 3,000), incluyendo población civil.

               El caso de Venezuela está lejos de concluir. Es imposible hacer pronósticos cuando se depende no sólo de la decisión de dos naciones, sino que otras potencias como Rusia, Irán y China están involucradas. Sólo a este último país, Venezuela le adeuda 160,000 millones de dólares —superior a la deuda externa gubernamental de México— y, no creo que Xi Yin Ping esté dispuesto a sacar las manos de la tierra de Bolívar.

               Ojalá llegue el momento en que la discusión se centre no sólo en las acciones de los líderes de los países en juego, sino que empiece a cobrar interés el bienestar de los 28 millones de venezolanos que aún viven en su tierra y de los casi 9 millones que han debido exiliarse en prácticamente todo el mundo.

               Aunque creo que es mucho pedir.

Guadalajara, Jalisco, enero 07, 2026.

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