LAS BACTERIAS MÁS VIEJAS QUE LA HUMANIDAD: LOS SECRETOS DE LAS MICOBACTERIAS
Columna: SEMBRANDO CIENCIA
Por: Dr. en C. Juan Martín Talavera-González*
Hace más de 150 millones de años, cuando los dinosaurios aún caminaban por la Tierra, ya existían unas diminutas formas de vida llamadas micobacterias. Hoy, siguen entre nosotros. Algunas de ellas son inofensivas, pero otras pueden causar enfermedades graves en humanos y animales. Las más conocidas son Mycobacterium tuberculosis, responsable de la tuberculosis, y Mycobacterium leprae, causante de la lepra.
A pesar de los avances médicos, las micobacterias siguen siendo un desafío. Son expertas en esconderse del sistema inmunológico y, para colmo, muchas han aprendido a resistir los antibióticos. Por eso, científicos de todo el mundo continúan estudiándolas: entenderlas es clave para ganar esta antigua batalla.
Pequeñas, lentas y muy resistentes.
Las micobacterias tienen una característica que las hace especiales: una pared celular gruesa y cerosa que las protege del ambiente y de los medicamentos. Crecen tan lentamente que pueden tardar un día entero en dividirse en dos, cuando otras bacterias lo hacen en minutos.
Existen más de 200 especies de micobacterias; solo una parte causa enfermedades. M. tuberculosis afecta principalmente los pulmones, provocando tos persistente, fiebre, pérdida de peso y cansancio extremo. En el pasado, esta enfermedad era conocida como la “gran plaga blanca” o “consunción” porque hacía que las personas se volvieran muy pálidas y delgadas.
Otras especies atacan a animales, como Mycobacterium bovis, que causa tuberculosis en el ganado y puede transmitirse a los humanos. También hay micobacterias que viven en el agua o el suelo y solo enferman a personas con defensas bajas.
Una historia que aún no termina.
Durante los siglos XVII y XVIII, la tuberculosis se extendió por Europa y América. No había medicinas, y los enfermos eran enviados a sanatorios, donde se les trataba con descanso, aire fresco y sol. Recién en 1943 se descubrió el primer antibiótico eficaz, y desde entonces el tratamiento consiste en tomar varios medicamentos durante meses.
El problema es que las micobacterias han aprendido a resistir los antibióticos, lo que hace que curarlas sea cada vez más difícil. Cada año, más de 10 millones de personas se enferman de tuberculosis y alrededor de un millón muere a causa de ella, sobre todo en África y Asia.
Un juego de escondidas microscópico.
Cuando una persona con tuberculosis tose o estornuda, libera diminutas gotas que pueden contener micobacterias. Si alguien cercano las inhala, las bacterias llegan a los pulmones y son “devoradas” por unas células defensivas llamadas macrófagos.
Pero las micobacterias son astutas: una vez dentro de estas células, bloquean los mecanismos que deberían destruirlas. En lugar de morir, se esconden y esperan el momento oportuno para multiplicarse. Si el sistema inmunológico se debilita, las bacterias “despiertan” y comienzan a dañar el cuerpo.
El organismo intenta detenerlas formando una especie de muralla de células defensivas llamada granuloma. Dentro de ésta pequeña “prisión biológica” las bacterias pueden permanecer dormidas durante años. Sin embargo, si el sistema de defensa falla, el granuloma se rompe y las bacterias vuelven a propagarse.
Mirando hacia el futuro.
Aunque las micobacterias parecen tener la ventaja, la ciencia no se rinde. Investigadores de distintos países están probando nuevos tratamientos combinados, que no solo usan antibióticos, sino también medicamentos que refuerzan el sistema inmunológico o que estimulan los mecanismos naturales de limpieza de las células.
Algunas terapias prometedoras incluso aprovechan medicinas diseñadas para otras enfermedades, como la diabetes o problemas cardíacos, que podrían ayudar a eliminar a estas bacterias resistentes.
El objetivo final es lograr curas más rápidas y efectivas, para que la tuberculosis y otras infecciones micobacterianas sean pronto solo un recuerdo histórico.
Un mensaje final.
Las micobacterias nos acompañan desde antes de que existiera la humanidad. Han sobrevivido a glaciaciones, a los antibióticos y a los intentos humanos por erradicarlas. Pero también nos han enseñado mucho sobre la resistencia, la adaptación y la importancia de la ciencia.
Comprender a estos diminutos enemigos no solo nos ayuda a salvar vidas, sino que nos recuerda algo esencial: en el mundo invisible de los microbios, aún hay muchas historias por descubrir.