EL RECUERDO DEL MICTLÁN: 2 DE NOVIEMBRE «DÍA DE MUERTOS»
Columna: PARA LA COMUNIDAD
Por: Fernanda Ileana Cueto Flores*
En México, cada noviembre se abre un escenario donde los vivos y los muertos se encuentran. Ese espacio en medio del recuerdo y la celebración, entre la ausencia y la presencia, puede verse como un eco vivo de lo que los antiguos pueblos nahuas llamaron Mictlán, pero más que un mito antiguo, hoy esa idea se transforma en unión, es por eso que en esta nota quiero invitarte a recorrer ese viaje simbólico: del Mictlán al recuerdo.
Cuando las calles se cubren de flores de cempasúchil, los altares llenan las casas y el aroma del pan de muerto se mezcla en el aire. Es el anuncio de la llegada de una tradición que une el pasado con el presente: el Día de Muertos. Aunque hoy lo vivimos como una fiesta llena de color, su origen se remonta a una antigua visión del mundo heredada de los pueblos nahuas, quienes creían que al morir el alma iniciaba un viaje hacia el Mictlán, el lugar de los muertos.
En la cosmovisión náhuatl, el Mictlán no era un sitio de castigo ni de descanso inmediato. Era un recorrido espiritual. Se decía que los difuntos debían atravesar nueve niveles para llegar ante Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, los señores del inframundo. En ese trayecto, el alma debía superar ríos, montañas y vientos, ayudada por un perro xoloitzcuintle que guiaba su camino. Solo después de cumplir ese recorrido, el espíritu encontraba la paz. La muerte, en esta tradición, no era el final, sino parte del ciclo natural de la vida.
Con la llegada del cristianismo en el siglo XVI, las creencias indígenas se fusionaron con las ideas europeas sobre el más allá. Esa mezcla dio origen al Día de Muertos tal como lo conocemos hoy. La ofrenda familiar se convirtió en un puente simbólico entre los vivos y los muertos. Cada elemento tiene un propósito: el agua sacia la sed del alma, la sal purifica, las velas iluminan el camino, y las flores de cempasúchil, con su color intenso, guían el regreso de los difuntos al mundo de los vivos. El pan de muerto recuerda el ciclo de la existencia, y las fotografías y alimentos favoritos recuerdan la presencia de quienes ya partieron.
Así, lo que fue alguna vez una creencia sobre un viaje espiritual se transformó en una tradición que mantiene viva la memoria. En México el altar es un mapa que conecta pasado, familia e identidad.
En Atlacomulco, esa conexión se vive con intensidad. Desde finales de octubre, el centro del municipio se llena de adornos, luces y flores. La Feria del Alfeñique ofrece calaveritas de azúcar, amaranto y chocolate, mientras las familias participan en sus hogares con sus altares, manteniendo viva una costumbre que combina arte, cultura y comunidad.
Más allá de los adornos, lo que distingue a Atlacomulco es el sentido de unión. En cada altar hay una historia familiar: una abuela recordada, un tío homenajeado, un amigo que partió. Las ofrendas se convierten en espacios de diálogo entre generaciones, donde los niños aprenden a honrar a sus antepasados y los adultos reviven sus recuerdos. Es una manera de mantener presente lo que ya no está, pero sigue formando parte de quienes somos.
Del Mictlán al recuerdo, del mito a la tradición actual, el Día de Muertos nos enseña que la memoria es la forma más humana de vencer al tiempo. En Atlacomulco, esa lección se refleja en cada flor, en cada vela y en cada historia compartida alrededor de un altar. Porque al final, mientras alguien recuerde, nadie se va del todo.