Columna: PULSO SOCIAL
Por: Arturo Allende González*
El Día de Muertos es sin duda una de las celebraciones relevantes en nuestro país, a lo largo y ancho del territorio nacional se rinde tributo a los muertos, también denominados Fieles Difuntos, los días 1 y 2 de noviembre.

Aunque Guatemala, Ecuador, Haití, Japón e India también festejan este día, cada uno con sus tradiciones honran la memoria de sus seres queridos; sin duda México es el país en el mundo que con gran devoción y regocijo celebra a los muertos.
Esta tradición cultural de los mexicanos tiene antecedentes precolmbianos, un ejemplo de ello lo encontramos entre los grupos étnicos pertenecientes a la gran familia otomiana: matlatzincas, mazahuas, ocuiltecas y desde luego, los propios otomíes.

Pedro Carrasco Pizana expone en su interesante libro sobre la cultura e historia de los otomíes, que en el Códice Telleriano-Remensis se señala que este grupo étnico “cada año cuando hacían la fiesta de los muertos, mientras los sacerdotes hacían los sacrificios, todo el pueblo, cada uno en su casa, se subía sobre las azoteas de sus casas y mirando hacia el norte de noche hacían grandes oraciones a los muertos, cada uno a los que eran de su linaje y dando voces decían: vení presto que os esperamos”.
Etnólogos estudiosos de la cultura otomí, apuntan que las ofrendas a los muertos de este grupo, eran de tamales, pulque, comida, papel y copal.
Actualmente la celebración del día de muertos varía no solo entre una entidad federativa y otra, sino incluso entre municipios y pueblos pertenecientes a un mismo Estado.

En algunas colonias y comunidades, días previos al 1 y 2 de noviembre se elaboran a nivel familiar altares con la imagen de Jesucristo, la virgen María, algunos santos y fotografías de los fieles difuntos, así como una ofrenda de comida, bebida, pan, fruta, calaveras de dulce, juguetes y cigarros en su caso, entre otros elementos, para recibir la visita de sus deudos. El altar y la ofrenda se ornamentan con papel picado, manteles temáticos, flores e incienso (copal quemado en sahumerio); con pétalos de cempasúchil se forma un camino desde la entrada principal de la casa hasta donde se encuentra la ofrenda, con el propósito de que el aroma de la flor guíe a las almas; para alumbrar la llegada de los difuntos se encienden ceras en algunos hogares y veladoras en la mayoría de éstos.

Algunas familias rezan el rosario, entonando plegarias por el eterno descanso de sus seres queridos. Una acción común de la celebración del Día de Muertos, es acudir -entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre- por la mañana, al panteón en donde se encuentran sepultados sus familiares, a depositar flores, previa limpieza del sepulcro.
En algunos poblados se acostumbra acudir al panteón durante la tarde-noche del 2 de noviembre a alumbrar las tumbas con ceras. Esta costumbre se acompaña de responsos (oraciones cortas), plegarias y en algunos casos, con la música de preferencia del o los difuntos que yacen en los sepulcros; no obstante, la antigüedad y arraigo de esta expresión cultural del pueblo mexicano, es menester reconocer que, en los últimos años, ha cobrado fuerza en nuestra sociedad, con mayor énfasis en el contexto urbano, la celebración del Halloween (víspera de todos los santos), la noche del 31 de octubre, producto de la transculturización que ha generado la migración de nuestros connacionales a los Estados Unidos de América.

Otra acción que ha coadyuvado a la conmemoración del Halloween, son los desfiles de catrinas que se celebran tanto en la Ciudad de México -capital del país-, como en otras ciudades de la República. A lo anterior, se suma la creciente estrategia publicitaria y la persistente mercadotecnia de productos alusivos a dicha festividad.
La celebración de la muerte en general y del Día de Muertos en particular, ha sido tema de inspiración para diversos poetas y escritores mexicanos, entre ellos Xavier Villaurrutia, con su clásico poemario “Nostalgia de la muerte”, de quien -señalan alguno de sus biógrafos-, “se aisló en un mundo privado, poblado por los fantasmas del erotismo, el sueño y la muerte”.
El poeta de Xochimilco Fernando Celada, también le cantó a la muerte con su celebrado poema “Nublos”, del que transcribo sus últimos versos.
Las hojas secas ruedan perdidas
entre las tumbas desconocidas
que ya no tienen flores ni cruz:
ahí ninguno se acerca ahora…
¡Sobre esas tumbas huérfanas llora!
¡Tu llanto puede servir de luz!
Esos sepulcros no tienen dueño:
los que ahí duermen profundo sueño
tal vez aguardan algún amor;
tal vez esperan en su retiro
la queja errante de algún suspiro
y la fragancia de alguna flor.
Cuando yo muera, vuelve con calma;
pero en la tumba no busques mi alma;
¿cómo pudiera vivir allí…?
Cuando yo muera vé al camposanto;
pero en mi tumba no viertas llanto…
¿por qué llorarme si vivo en tí?
Un tercer literato que ha incorporado el tema de la muerte en su vasta producción poética, es el cantor sentimental de Capulhuac, Francisco Navarro Ruiz. Les comparto a continuación uno de sus poemas alusivos a la celebración del día de muertos.

En mi pueblo -en noviembre-
Nunca faltan flores para los muertos.
Hombres y mujeres
Limpian las tumbas
Y los vitrales del cielo.
En las casas las ofrendas
Son empeño y recuerdo
Mole y cañas
Un rebaño de azúcar y algodón
Calabaza en tacha
Jícamas, naranjas, limones
Y el cempaxúchitl para guiar a los deudos.
¿Y aquí qué falta?
¡El zarape del abuelo!
Los retratos de los Tatas
La sal y el agua pa’ los sedientos.
Pan y chocolate para los niños
Y para la abuela.
¡Su natilla de vainilla!
Y el canto del jilguero…!
… nada falta en mi pueblo
cuando se trata de festejar a los muertos…

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