Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy* 
Cuando pienso en una de esas maravillosas películas americanas que han contribuido a moldear la cultura popular, veo un escenario bañado por la luz del sol filmado en una resolución contaminada, carente del refinamiento y nitidez de las tomas actuales: la imagen de un desierto de arenas rojas y danzarinas, una sequedad que corta los labios y rasga la garganta, llanuras infinitas intercaladas con profundos cañones, tierras agrestes bajo dominio de los indios americanos.  

Pero si vemos más allá, si escrutamos todo aquel cuadro tan irrefrenablemente clásico, hay una presencia silenciosa y discreta, observable en cada rincón y que, no obstante nuestra tendencia a ignorarla, termina de armonizar un mundo fascinante.  
Son los caballos.  
Animales gigantes cuyos ojos inescrutables revelan un profundo conocimiento, como si estuvieran repletos hasta los bordes de secretos universales que a los humanos nos ha tomado milenios descifrar.  

No es de extrañar que la mitología hindú represente los cinco sentidos como cinco caballos desbocados en principio pero que, con práctica y disciplina pueden llegar a ser domados. Así, una lenta huida de los caballos simboliza para el hinduismo un tránsito hacia la quietud eterna de la muerte. Un descanso sin final.  

Es una metáfora preciosa.  

Uno de los grandes pilares de la filosofía griega, cuya voz resuena aun hoy procedente del eco de las edades, concibió una alegoría brillante que implicaba dos caballos para explicar el funcionamiento del alma. Uno blanco que representa las pasiones nobles y otro negro que simboliza los deseos más bajos. Había también un auriga bastante serio y razonable en teoría que precisaba dominar a estos caballos opuestos para conducir el carro hacia la contemplación de las ideas sublimes, alejándolo lo más posible de la vulgaridad de lo material. Platón llamó a su ingeniosa propuesta “el mito del carro alado” y durante milenios ha servido como base para perfeccionar el entendimiento de la naturaleza humana. 
Uno de los pocos seres a quien el joven Alejandro Magno entregó su corazón sin reservas y por quien pensaba que valía la pena derramar infinitas lágrimas e incluso morir sin vacilar, fue su caballo Bucéfalo. Alejandro jamás habría de olvidar la primera vez que lo vio, indomable y agotadoramente salvaje.  

Su padre, el rey Filipo II de Macedonia, profundamente decepcionado y desesperado por la mala inversión, deseaba venderlo cuanto antes.  

Pero Alejandro, tras largas noches sin conciliar el sueño, aferrándose al último resquicio de energía que le quedaba y haciendo gala de su carácter temerario, una mañana descubrió que aquel portentoso caballo sólo le temía a su propia sombra y en consecuencia lo montó de cara al sol.  

Su mansedumbre fue total. Hombre y animal en una de las simbiosis más célebres de la historia. Un indomable para un magnánimo.  
Se dice que el gran Alejandro amaba leer La Ilíada de Homero, pues se identificaba con el héroe Aquiles y que incluso dormía con una daga y un ejemplar de esta obra bajo su almohada.  

En La Ilíada, Homero da nuevamente protagonismo al caballo con tanta fuerza y pasión que su relato permanece en el imaginario popular hasta hoy.  

Héctor, uno de los dos príncipes de Troya y heredero al trono, tenía la excepcional habilidad de doblegar a cualquier enemigo en el campo de batalla. Cuenta Homero que en verdad no había en la Tierra alguien que pudiera sustraerse a su espíritu hipnótico y a su solemne maestría en el arte de la guerra. Por eso tenía un honorable epíteto: “Héctor, domador de caballos”.  

Pero él no podía imaginar que más tarde su propia ciudad, a la que tanto amaba, sería arrasada por un numeroso grupo de griegos armados y ocultos en un caballo de madera de proporciones colosales.  

Aquí ningún artificio suyo era válido. Lamentablemente, para entonces Héctor ya había muerto en medio de un baño de sangre a manos de Aquiles.  

El relato del caballo de Troya constituye incluso hoy la perfecta imagen de una herida infligida desde dentro. Una ofrenda de paz convertida en estocada mortal. Solo de este modo consiguieron los griegos que Troya cayera. Y esa fatídica noche, la ciudad fue consumida por las llamas.  
Miles de años hubieron de transcurrir desde Homero para que otro mago de las palabras, don Miguel de Cervantes Saavedra diera nombre y porte a uno de los personajes más queridos y comentados de la literatura universal: don Quijote de la Mancha quien perdió la cabeza por entregarse a la lectura excesiva de libros de caballería y que, deseando imitar aquella noble vida, se lanzó a los caminos de una España antigua y perfumada de rosas a lomos de un flaco rocín.  

Escribió Cervantes: “[…] y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar “Rocinante”, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.”  

Ya dentro de la patria, en nuestras llanuras, montañas y valles de colores apelmazados, podríase decir que la vida sin caballos simplemente no puede ser entendida. No en un país en el que la charrería fue entretejida y convertida en el deporte insignia, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.   

La libertad fue defendida sobre sus lomos. Músculos confiables y lealtad a prueba de muerte. Su sangre regó los campos mezclada con la sangre humana pero en silencio.  

Se dice que “el Siete Leguas” era realmente una yegua llamada “la Muñeca” y que si alguien vio llorar alguna vez a don Pancho Villa, fue por ella, esgrimiendo una profunda tristeza como bien le corresponde a un confidente.  
El “Moro de Cumpas” y el “Zaino de Agua Prieta” se batieron en una legendaria carrera el 17 de marzo de 1957 y con sus hazañas inspiraron canciones, libros y películas que más de uno disfruta con el vello erizado.  

Y es que, frente a un caballo, todo México contiene el aliento con el corazón henchido pues evocan tiempos en que las armas nacionales se han cubierto de gloria.

Hoy hablamos de corazones gigantes y de un rítmico galopar que compone una dulce canción.   
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