Columna: LA LIBRETA DE JACK
Por: Jacobo Gregorio Ruiz Mondragón*
Desde tiempos antiguos, los pueblos han mirado al cielo para encontrar sentido en las estrellas y compañía en la luna. Dicen los ancestros, que la luna de octubre brilla más que cualquier otra del año, y tal vez no se trate de la intensidad de su luz, sino de la intensidad de nuestra mirada. La luna de este mes, no es un simple astro que ilumina la noche, también es un espejo redondo donde la memoria se contempla y el tiempo se detiene; el mundo parece menos áspero y el alma encuentra un espacio y un respiro en el calendario. 

Esta luna suele ser un abrazo suspendido en el firmamento o una caricia en la frente de los que esperan, pero quizá, como el año comienza a envejecer, sea como un faro antiguo que guarda secretos, encuentros o despedidas. Bajo ella, los amantes se prometen eternidad, los viajeros encuentran compañía y los poetas hallan inspiración para los versos que parecían dormidos o extraviados.  

Más que un fenómeno astronómico, la luna es un estado del alma, una invitación a dejar que la luz más clara del año, nos recuerde que, incluso en la oscuridad, siempre hay una luz que nos guía, justo ahí, flotando en la bóveda nocturna, vigilando los campos esmeraldas y las ciudades insomnes.  

La luna como la vida, no pueden entenderse sin metáforas. La cara visible de la luna es la sonrisa que ofrecemos, la palabra amable, los gestos que permiten a los demás reconocernos. Pero la cara oculta, puede ser el murmullo de las dudas o las cicatrices que no confesamos y se deslizan en la intimidad de las noches, y aun así, no hay contradicción en esa abstracción: La luna no sería la luna sin su rostro oculto, y nosotros no seríamos humanos sin nuestras contradicciones, pues la plenitud de la vida se encuentra en ello: brillar hacia afuera sin negar la oscuridad que nos habita. 

En esencia, con la luz de la luna caminamos, en su sombra nos reconocemos, y tal como nosotros, una mitad es claridad; la otra, misterio. Como la luna, no brillamos por ser perfectos, sino por aceptar que en nuestra esencia convergen la luz que mostramos y la sombra que nos moldea. Porque al final, el ser humano es un ciclo eterno de fases, de introspección y resplandor, de ocultamiento y revelación. Y en ese vaivén, encontramos lo más auténtico de nosotros mismos. 

Así, Octubre se convierte en un puente entre el verano que se despide, el otoño que llega y el invierno que se aproxima, y en ese tránsito, la luna parece brillar con una intensidad particular, digamos especial, como si supiera que su luz nos resulta más necesaria que nunca, y mientras el mundo gira en su rutina, no hay que olvidar que todo lo vivido «lo dulce y lo amargo», suele tener su reflejo en el cielo. 

En suma, como Rabindranath Tagore, decía: «Tal vez la luna creciente sonría con duda al saber que es un fragmento a la espera de la perfección».  
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