Columna: CANDELABRUM
Por: Ximena Monroy*

¿A dónde van las palabras que no se quedaron?

¿Adónde van las miradas que un día partieron?

Acaso flotan eternas como prisioneras de un ventarrón

O se acurrucan entre las rendijas buscando calor,

Acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar,

Acaso nunca vuelven a ser algo,

Acaso se van 

¿Y a dónde van?…

Son los primeros versos de una canción escrita por Silvio Rodríguez titulada ¿A dónde van? Me hace reflexionar acerca del carácter esencial que para las personas han tenido siempre los mensajes. En este mundo moderno en el cual feliz o infelizmente habitamos, existe una rapidez casi arrolladora a la hora de enviar y recibir mensajes.

Incluso los hemos llamado “mensajes instantáneos” pues aniquilan por completo las barreras del tiempo y el espacio, hacen polvo los largos momentos de espera e intriga ante el desconocimiento de su contenido. Por eso puede resultar difícil y hasta asombroso pensar que los primeros hombres garabateaban sus ideas convertidas en sencillos dibujos en las superficies rocosas de las cuevas con la esperanza de que fueran vistas e interpretadas por alguien más.
Las pinturas rupestres consiguen fascinarnos incansablemente y constituyen una de esas grandes y mágicas maravillas que abundan en nuestro mundo. Por ello creo que después de todo, aquellos lejanos hombres consiguieron su objetivo: dejaron un mensaje claramente descifrable actualmente que permite una aproximación a un mundo inhóspito y salvaje, diferente al que todos conocemos.

Ciertamente a lo largo de nuestra vasta historia como civilización han existido mensajeros dignos de mención, guardianes del fuego de las palabras, cuidadosos de que se perdiera lo menos posible del sentido original o de que éste llegara a las manos adecuadas en el menor tiempo posible  entregando como ofrenda su propia vida si fuera necesario en nombre de una misión noble y a menudo olvidada.

Por tanto no es de extrañarse que las diversas mitologías otorgaran un lugar central a los mensajeros.

Los griegos -formidables narradores de historias- no fueron la excepción y se encargaron de hilar pacientemente una mitología compleja pero inspiradora.

Entre los doce dioses que habitaban el Monte Olimpo había uno que gozaba de particular deferencia y respeto. Su nombre era Hermes, hijo de Zeus y de la pléyade Maya. Era el mensajero olímpico oficial, por tanto se encargaba de comunicar al panteón entero con destreza y prontitud.
Los griegos solían invocarlo a la hora de enviar sus cartas para que estas llegaran a su destino con la mayor rapidez posible y sin sufrir daño alguno. Podemos inferir la enorme importancia de este método –el único que existía entonces- para mantener comunicación a la distancia, con todo lo que ello implica.

Pero Hermes además era el dios de las fronteras y los viajeros, del ingenio y la astucia, del comercio, de los ladrones y mentirosos y era el encargado de guiar a las almas al inframundo, al Hades.

Estaba siempre tan ocupado que apenas tenía tiempo para respirar pero sabía que su función era indispensable para el buen hacer del proyecto universal.

Muy adecuadamente era representado con alas en sus sandalias o en el gorro para simbolizar su agilidad y capacidad de moverse al compás del viento.

Los romanos -que posteriormente se hicieron con el control del mundo hasta entonces conocido-admiradores de la deslumbrante cultura griega, copiaron su panteón y sus costumbres. Es en ese momento cuando Hermes comenzó a ser conocido como Mercurio.

Es preciso cruzar el Atlántico y situarnos cientos de años más tarde para comprender el siguiente pasaje de nuestra historia: en el centro de un continente aún sin nombre, se levantaba una ciudad majestuosa y pujante. Su nombre era Tenochtitlán y se cuenta que nadie nunca había visto nada igual. Se trataba de un mundo surreal y repleto de maravillas, el hogar de los aztecas: una civilización poderosa, vibrante e inquietantemente avanzada.

Conocedores de la importancia de un correo efectivo, crearon un riguroso sistema que se basaba en una red de relevos de formidables corredores llamados “painanis” que corrían entre estaciones de posta ubicadas cada 10 km logrando así que los mensajes recorrieran hasta 400 km en un solo día.
Estos mensajeros, que llevaban desde órdenes militares hasta noticias y bienes, eran entrenados desde la infancia. Era una especie de correo express.

Se sabe por ejemplo que gracias a este sistema, Moctezuma supo de la llegada de los españoles a las costas de Yucatán ya en 1517, dos años antes de que hicieran su arribo a Tenochtitlán. Sabía que una nueva era se aproximaba.

Plenamente adentrados en el siglo XX, en medio del caos y los ríos de sangre espesa de la Segunda Guerra Mundial, tenemos otra historia insólita.

Entonces un aterrador número de seres humanos se debatían entre la vida y la muerte y todo lo que podían ver a su alrededor era sufrimiento. Podría pensarse que lo que menos importaba eran las cartas así que había miles de ellas sin entregar.

Particularmente las tropas de los Estados Unidos estaban desmoralizadas por esta causa, de modo que los altos mandos asignaron al batallón 6888 para organizar la mensajería. Lo hicieron de una manera tan efectiva que sorprendentemente la moral de las tropas comenzó a subir pues ahora podían enterarse de las noticias procedentes de sus hogares, además de recibir paquetes y saberse apoyados a la distancia.

Hoy se sabe que éste fue un factor crucial para la victoria sobre el fascismo.

El 6888° Batallón Central de Directorio Postal mejor conocido como “Seis triple ocho” estaba formado por 855 mujeres afroamericanas lideradas por la Mayor Charity Adams que enfrentaron la discriminación y la desconfianza dentro del propio ejército norteamericano demostrando que lo impensable podía, de hecho, lograrse.
En 2020 recibieron la Medalla de Honor del Congreso de manera póstuma por sus servicios excepcionales en la guerra.

Todo esto conduce a pensar que los humanos nos alimentamos de las palabras que recibimos de los demás, que nos sustentan como si fueran leche materna y a veces son lo único que realmente nos queda.

Todos tenemos vocación de palomas mensajeras.    
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