Por: Ximena Monroy*
“Canta por los bellos días que se han ido,
Canta por mañana,
Canta buen amigo…canta”
Víctor Heredia
A lo largo de las edades, hemos tropezado incesantemente con la molesta piedra del sufrimiento, un guijarro considerablemente doloroso y perturbador pero que contra todo pronóstico nos conduce siempre a caminos menos tortuosos.
Después de una tormenta de proporciones considerables, el espíritu humano emerge tembloroso, algo asustado pero capaz, pacifico. Confiado.
Es un hecho comprobable que, al cabo de un aparentemente eterno estado de dolor, se emerge con la contundencia de haber podido soportarlo. Milenios de experiencia existencial nos lo dicen.
Pero hay un ingrediente que añade un intenso sabor y aroma incluso a las horas de mayor malestar, un don, una capacidad que viene incluida en el paquete que se le entrega a cada persona al nacer. Me gustaría profundizar en este concepto, el protagonista que he elegido hoy: LA ESPERANZA.

Innumerables veces me ha invadido la convicción de que nadie aparece por aquí sin más, desarmado, desvalido o solamente al amparo de lo que pueda proveerle un pobre espíritu y un corazón hecho de papel.
Nacemos frágiles, sí. Inexpertos, con la piel proclive a las alergias y un cuerpecito tan delicado y ligero como el de una abeja. Somos solo plumas.
Esta naturaleza en esencia permanece invariable, pero existen mecanismos infalibles y aplicables a todos sin excepción que introducen sutiles cambios:
- El crecimiento
- El sufrimiento
Con ellos vendrá el momentáneo fortalecimiento corporal y mental, después la debilidad y eventualmente la muerte cuya sola mención estremece y congela a menos que se aprenda a aceptarla como compañera inevitable de vida y proveedora de perspectiva.
Hay una expresión en latín que resume este apunte:
“Memento mori”, recuerda que vas a morir.
Así por supuesto la vida tendrá sentido en su insoportable brevedad.
Pero volviendo a la esperanza, me atrevo a aseverar que esa ligera barca que nos ayuda a navegar a salvo a través de mares embravecidos, no es nuestra, como nuestro no es el poder de decidir sobre los destinos, sino que es un obsequio. Un regalo que nos viene de otro lugar.

Ya lo habían esbozado los antiguos griegos en su fascinante mitología repleta de caprichos y nobles propósitos a partes iguales.
Epimeteo –de quien se podía decir todo menos que fuera precisamente listo- estaba soltero aun.
Una esposa le vendría demasiado bien. Así pues, Zeus le otorgó a Pandora, una mujer que él mismo había creado. Tenía una mirada penetrante, angelical pero la jugada maestra del dios radicaba en la enorme cantidad de curiosidad que depositó en su interior.
Con ocasión de la boda de Epimeteo y Pandora, Zeus encargó a Hefesto –dios de la forja- la creación de una perfecta caja. En ella depositó toda clase de sufrimientos y oscuridades, el dolor, la impotencia, la bruma de la confusión: todo aquello que torturaría el alma de la humanidad.
Hefesto, sabiendo lo que contenía la caja, no estaba tranquilo. Jamás volvería a conciliar el sueño si no hacía algo aquí y ahora. Entonces en un súbito rapto de valentía, nobleza y amor, acomodó la semilla de la esperanza en el fondo de la caja, discretamente oculta bajo el manto de desgracias.
-He aquí mi regalo de bodas –dijo Zeus. –Pero nunca debes abrirlo- y miraba con aquella picardía divina a Pandora quien pensaba -¿Qué clase de regalo de bodas es este, que está diseñado para no abrirse nunca?
Y al estar su espíritu repleto hasta los bordes de curiosidad, la abrió liberando así lo que constituye hasta hoy el punto débil de todo hombre y mujer: el sufrimiento.

Sin embargo, e insospechadamente también liberó en aquella ocasión la semilla luminosa e inquebrantable de la esperanza, colocada a hurtadillas por el misericordioso Hefesto.
La palabra “esperanza” proviene del latín “sperantia” que a su vez deriva del verbo “sperare”. Se relaciona directamente con la raíz indoeuropea *spe- que significa “expandirse, tener éxito” sugiriendo hermosamente que la esperanza expande el espíritu y con esperanza tenemos éxito ya desde el alba de los tiempos.
En la Biblia se pueden leer algunas de las percepciones más hermosas que se conocen acerca de la esperanza, independientemente de que se sea creyente o no.
En hebreo la palabra para “esperanza” es la misma para la agrupación o reunión de las aguas: “mikvé”. Por tanto, se usa esta palabra cuando Dios reúne las aguas en la Creación:
[…]Dios llamó a la tierra seca “tierra” y a la reunión (mikvé) de las aguas Él llamó “mares” […][1]
Así pues, esperanza es también reunión, la agrupación de la consciencia de un pueblo que espera en el agua viva que es Dios, el pueblo de Israel como más adelante expresaría Jeremías.
Ya en las páginas del Nuevo Testamento, particularmente en las Epístolas, hay anotaciones de una profundidad digna de reflexión. En Romanos 5:3-5 se dice:
[…]También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia prueba, la prueba esperanza y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones […]

Concluimos entonces que a lo largo de la creciente distancia que la humanidad viene recorriendo desde aquellos sus primeros destellos de joven sol, la esperanza ha sido sobretodo su bandera, una bandera que acompaña, que guía y que por encima de todo sirve para caminar a través de las brasas ardientes del sufrimiento al amparo de una pequeña seguridad, una ínfima certeza de paz y bienestar que jamás se enarbola en vano.
Porque es verdad, la esperanza no defrauda, spes non confundit, una máxima, pero un regalo que nos viene de algún lugar más allá del entendimiento y que se recrea en su propia grandeza y majestuosidad.

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[1] Génesis 1:10




